Vadim Rogovin y la sociología del estalinismo.

Por Andrea Peters¹.

El 18 de septiembre se conmemoraron los 20 años de la muerte del historiador y sociólogo marxista soviético Vadim Zakharovich Rogovin. Si todavía estuviera vivo, tendría 82 años.

A partir de 1990, Rogovin comenzó a publicar la que se convertiría en una serie de siete volúmenes sobre el estalinismo y la oposición socialista dirigida por León Trotsky a la degeneración burocrática de la URSS. Llevaba el título, ¿Hubo una alternativa? Esta serie es una obra de insuperable erudición en historia, y una gran contribución a la lucha contra la falsificación de la historia. Mucho de esto fue escrito cuando Rogovin estaba luchando contra un cáncer terminal.

¿Hubo una alternativa?, con dos volúmenes disponibles en inglés publicados por Mehring Books (con otro que se publicará en breve), demuestra que las Grandes Purgas de 1933-1938 fueron una forma de genocidio político, cuyo objetivo principal era exterminar a Trotsky, el trotskismo y todas esas figuras políticas, intelectuales y trabajadores con vínculos con el legado socialista del país.

Rogovin insistió en que sin comprender el Terror –sus orígenes y sus consecuencias— era imposible dar sentido a la naturaleza de la sociedad soviética y a la disolución final de la URSS a manos del Partido Comunista durante la última década del siglo XX. Para él, 1936-1938 y 1989-1991 fueron períodos indisolublemente conectados de la historia soviética. La restauración del capitalismo exigió nuevas falsificaciones de la historia soviética.

Durante la implementación de la perestroika, se afirmó ampliamente que el mercado representaba una forma superior de socialismo, que era intrínsecamente democrática, antiburocrática y antiestalinista. Esta mentira era necesaria porque no había una base de apoyo masivo para las reformas procapitalistas dentro de la URSS. Por el contrario, como señalaron los investigadores Peter Reddaway y Dmitri Glinski, en el período previo a la perestroika “la disidencia era generalizada, se refería sobre todo a la brecha entre gobernantes y gobernados, y a la obtención de justicia social más que a la contención y menos aún al desmantelamiento de la economía socialista”.

En la introducción al segundo volumen de su serie, El Estado y la Oposición, Rogovin señaló: Una peculiaridad de la contrarrevolución realizada por Stalin y sus cómplices fue que tuvo lugar bajo la cubierta ideológica de una fraseología marxista e interminables declaraciones de lealtad a la Revolución de Octubre … Naturalmente, tal contrarrevolución exigía conglomeraciones de mentiras y falsificaciones históricamente sin precedentes, la fabricación de mitos cada vez más nuevos…

Antes de escribir ¿Hubo una alternativa?, Rogovin trabajó durante muchos años, aunque en circunstancias muy difíciles, en el análisis sociológico del estalinismo. En 1977 se convirtió en investigador en el prestigioso Instituto de Sociología en Moscú, después de haber estudiado y enseñado estética durante las dos primeras décadas de su carrera. Rogovin ingresó al campo de la sociología para encontrar un entorno en el que pudiera investigar el problema de la desigualdad social.

Trotsky insistió en que Stalin estaba a la cabeza de una reacción nacionalista y burocrática contra la revolución de octubre. Trotsky advirtió que a menos que la clase obrera derrocara a la burocracia, el capitalismo sería restaurado y las conquistas de la Revolución de Octubre liquidadas. Esta crítica convenció a Rogovin de que la desigualdad era clave para comprender la naturaleza de la burocracia soviética. Por lo tanto, centró su investigación sociológica en la estratificación de los estilos de vida y el consumo, en un esfuerzo por establecer la relación entre la política gubernamental y la diferenciación social. Creía que esto revelaría la forma en que la defensa de la burocracia de su propia posición deformó a la sociedad soviética.

Lo más significativo es que el régimen estalinista había exterminado físicamente a Trotsky y la Oposición de Izquierda. Asesinó a los viejos bolcheviques y reprimió violentamente a todos los que tenían una conexión con el legado socialista revolucionario del país. Las dificultades de Rogovin estaban enraizadas en la historia. Era imposible declararse abiertamente simpatizante con el trotskismo, y mucho menos declarar que la agenda de investigación de uno estaba enraizada en el análisis de la URSS desarrollado por Trotsky.

A fines de los años setenta y principios de los ochenta, él y otros sociólogos llevaron a cabo una serie de estudios sobre las condiciones de vida en el país que revelaron profundas contradicciones dentro de la estructura socioeconómica de la URSS. En un aspecto, la desigualdad había disminuido en la Unión Soviética; la llamada nivelación salarial restringía la diferenciación en los ingresos oficiales –particularmente en comparación con el alto nivel que había alcanzado durante los años treinta y cuarenta bajo Stalin— para la mayoría de la población. Al mismo tiempo, sin embargo, un vasto sistema secundario de distribución legal, semilegal e ilegal de bienes, servicios y riqueza estaba creando una serie de desigualdades entre ocupaciones, industrias, afiliación partidista, ubicaciones geográficas, grupos de edad, etc. Porciones significativas de la población sufrían de abyecta necesidad. En 1983, una encuesta representativa a nivel nacional con un tamaño de muestra de 10,000 descubrió que un tercio de los encuestados carecían de acceso a al menos uno, y en muchos casos a todos, los servicios básicos. Los datos sobre los ingresos de la burocracia del Partido Comunista no fueron publicados.

En su trabajo, Rogovin insistió en que la manera irracional e injusta en que los recursos eran asignados a las distintas capas sociales estaba alimentando los esfuerzos individuales para mejorar los niveles de vida a través de otros medios, es decir, la economía clandestina, los sobornos y la corrupción. Esto causó una mayor diferenciación social y crecientes resentimientos sociales.

En 1983, Rogovin escribió un informe que terminó en manos del Partido Comunista de Moscú. En este trabajo, Rogovin argumentó que el problema fundamental que enfrentaba la URSS era “una profundización de la diferenciación social injustificada de los ingresos y las comodidades de la vida”. “Los trabajadores encuentran regularmente casos de enriquecimiento no devengado a través del engaño y la estafa del estado y la gente. […] Ciertos grupos de la población tienen los medios para satisfacer sus necesidades a una escala que va más allá de cualquier norma razonable y fuera de su relación con la producción social. […] No existe un control sistemático de las fuentes de ingresos y la adquisición de bienes valiosos”, escribió.

En una notable afirmación, la desigualdad, insistió, no en la nivelación salarial, expresada “en esencia, en la estructura social de la sociedad [soviética]”. Rogovin pidió la implementación de declaraciones de ingresos, por lo que las personas deberían informar el volumen de sus ingresos totales, no solo de salarios oficiales, para que el gobierno y los investigadores puedan conocer la distribución real de las ganancias. Abogó por el establecimiento de un “ingreso máximo garantizado socialmente” para combatir la “desigualdad injustificada”.

En otros lugares, Rogovin argumentó además que la desigualdad estaba en el centro de la caída de la productividad laboral de la URSS. En una obra en coautoría con Nina Naumova, Desarrollo social y moral social, sostuvo que la crisis socioeconómica que enfrentaba la URSS se derivaba del hecho de que la desigualdad estaba creciendo en la sociedad soviética; la gente trabajaba mal en la Unión Soviética, noporque su trabajo fuera remunerado inadecuadamente en relación con otros, sino porque su compromiso con la producción social se había erosionado al intensificarse la estratificación social que no estaba registrada en las estadísticas oficiales.

En 1983, el mismo año en que Rogovin escribió su informe crítico sobre el estado de la desigualdad en la URSS que terminó en manos de las autoridades de Moscú, otra socióloga, Tatyana Zaslavskaya, emitió un informe, mantenido en secreto al principio, pero luego filtrado a la prensa occidental, abogando por una transición hacia “métodos de gestión económica”, en otras palabras, reformas basadas en el mercado. Un aspecto central de esto fue la política enfocada en el aumento de la desigualdad en la compensación laboral para estimular la producción. Zaslavskaya señaló en su momento que tales reformas se verían contrarrestadas por lo que describió como “los grupos de trabajadores más apáticos, más ancianos y menos calificados”.

En unos pocos años, Zaslavskaya se convertiría en una asesora líder de Mijaíl Gorbachov y en una de las principales arquitectas de las reformas promercado de la perestroika. En 1986, fue nombrada directora de la Asociación Sociológica soviética. Sus posiciones fueron ampliamente aceptadas por la disciplina.

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Mijaíl Gobarchov y Tatyana Zaslavskaya.

En contraste, los puntos de vista de Rogovin fueron con frecuencia, y cada vez más, el objeto de una aguda crítica. En 1985, se produjo una discusión en el Instituto de Sociología sobre un informe producido por Rogovin y su equipo de investigación sobre los estilos de vida soviéticos. En él, Rogovin hizo comentarios abiertamente críticos sobre el impacto antiigualitario de la economía clandestina y la transferencia de riqueza a través de la herencia.

A medida que transcurría la década, Rogovin comenzó a adoptar una postura cada vez más crítica sobre la perestroika, cuyas devastadoras consecuencias económicas se mostraban cada vez más. En lugar de traer prosperidad a las masas, las reformas de Gorbachov crearon una crisis total en el sector estatal de la economía, exacerbando la escasez generalizada de alimentos, ropa y otras necesidades básicas. El crecimiento económico disminuyó desde 1986 en adelante. En 1989, la inflación alcanzó el 19 por ciento, erosionando las ganancias que la población había obtenido en ingresos durante los años anteriores.

Como señaló el académico John Elliot, “cuando se toman en cuenta los costos adicionales, es probable que disminuyeran el ingreso real per cápita y los salarios reales, en particular para la mitad más pobre de la población. Estos costos incluyeron: el deterioro de la calidad de bienes y su falta de disponibilidad; la proliferación de canales de distribución especiales; líneas más largas y más lentas; un racionamiento prolongado; precios más altos y mayores tasas de inflación en tiendas no estatales (por ejemplo, los precios del mercado agrícola colectivo eran casi tres veces mayores que en las tiendas estatales en 1989); un virtual estancamiento en la provisión de salud y educación; y la expansión del trueque, la autarquía regional y el proteccionismo local”.

Las empresas privadas recientemente establecidas tenían un gran margen de maniobra para fijar los precios porque enfrentaban poca o ninguna competencia del sector estatal. Cobraban lo que creían que soportaría el mercado, lo que llevó a aumentos sustanciales en la desigualdad de ingresos y la pobreza, con los estratos más vulnerables de la población viéndose más afectados. Los cambios fueron tan severos que Elliot insiste en que “las desigualdades de ingresos en realidad se volvieron mayores en la URSS que en los EUA”. A fines de la década de 1980, dos tercios de la población soviética tenían un ingreso inferior al recomendado oficialmente como “un nivel decente”, de 100 a 150 rublos por mes. Al mismo tiempo, se estima que solo la economía clandestina produjo entre 100,000 y 150,000 millonarios a fines de la década de 1980. A principios de la década de 1990, una cuarta parte de la población o 70 millones de personas eran indigentes según las estimaciones oficiales soviéticas. Las huelgas de los mineros y otros signos de descontento social estallaron en todo el país.

Los sociólogos estaban íntimamente conscientes del creciente descontento popular. La burocracia del Partido Comunista los llamó a ayudar a manejar la situación. En 1989, el director del Instituto de Sociología recibió una solicitud de las capas más altas del Partido Comunista. Se le pidió que respondiera a una carta de un miembro del partido de base que expresaba extrema hostilidad hacia las “élites” del país. El escritor de la carta describía el partido como una organización dominada por un “núcleo oportunista” y pedía que se llevara a cabo una “guerra de clases” por parte de las masas trabajadoras contra sus políticas. La división de ideología del Comité Central del Partido Comunista quería que el director del Instituto respondiera a la carta porque los sentimientos expresados en ella eran “generalizados (representativos) [sic] en la clase trabajadora”.

Los desacuerdos entre Rogovin y otros investigadores sobre la perestroika se convirtieron en una disputa feroz sobre la historia soviética y la naturaleza del estalinismo. Rogovin identificó una relación entre los fanáticos de las reformas promercado y las falsificaciones históricas. Hubo un esfuerzo cada vez más extendido para vincular el igualitarismo con el estalinismo, la lucha por la igualdad con la represión política. En ¿Hubo una alternativa?, Rogovin frecuentemente mencionó el hecho de que el avance hacia una economía de mercado fue acompañado por la propagación de mitos sobre la historia soviética. Este fue uno de esos mitos.


¹ Andrea Peters. Socióloga encargada del Comité de la Cuarta Internacional (CI) y el World Socialist Website (WSWS).

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