Las milicias, un reto fundamental de la reconstrucción política de Iraq.

Por Sylvain Mercadier¹ y Araz Muhamad Arash².

Las Hachd Al-Chaabi (Unidades de Movilización Popular), que se formaron en 2014 tras una fetua del ayatolá Ali Al-Sistani, permitieron contrarrestar el avance de la Organización del Estado Islámico (OEI) en Iraq, oficialmente derrotado en diciembre de 2017. Actualmente su futuro está en el centro de todos los debates, sobre todo ante la perspectiva de las elecciones legislativas previstas para el próximo mes de mayo.

El confesionalismo, cínicamente instrumentalizado por Saddam Hussein, el gobierno estadounidense e Irán, exacerbó las tensiones de las principales comunidades de Iraq, que son las poblaciones árabes sunníes y chiíes atrapadas en el gran juego de Oriente Próximo, ahí donde se oponen potencias regionales e internacionales. A medida que aumentaban las tensiones se debilitaban las instituciones iraquíes, hasta el advenimiento de un “califato” islámico en más de una tercera parte del territorio. En este contexto el gran ayatolá Al-Sistani enunciaba su fetua 2 el 13 de junio de 2014, apenas unos días después de la caída de Mosul y tras la masacre del campo de Speicher donde los yihadistas ejecutaron a más de 1.600 chiíes. Varias milicias chiíes respondieron inmediatamente a su llamamiento. Paralelamente en las diferentes facciones se enrolaron masivamente voluntarios.

Entre las principales unidades están sobre todo las organizaciones Badr, la más antigua de las cuales, fundada en 1982 y dirgida Hadi Al-Ameri, es la rama armada del Consejo Supremo Islámico de Iraq, un partido iraquí chií conservador. También están Asaib Ahl Al-Haq, las Brigadas del Jorasan, el movimiento de Hezbolá Al-Noujaba y las brigadas de Hezbolá. Estas dos últimas facciones son diferentes del Hezbolá libanés aunque cercanas ideológicamente. Todas estas milicias, que están entre las fuerzas militares más poderosas en el seno de las Hachd Al-Chaabi, dependen de las fuerzas militares iraníes para su adiestramiento y financiación. También tienen una ideología “jomeinista” debido a su lealtad a las instancias religiosas iraníes y a su voluntad más o menos clara de imponer en Iraq el modelo político iraní. Se inspiran en la versión del Velayat al-Faqih impuesta por Jomeini. La influencia de Irán está aún más encarnada por Qassem Soleimani, oficial de los cuerpos de Guardianes de la Revolución Islámica que supervisa directamente las operaciones militares de varias milicias chiíes iraquíes y sirias en la lucha contra la Organización del Estado Islámico (OEI).

Tras estas fuerzas vienen organizaciones como la división Abbas y la brigada Ali Al-Akhbar, ambas afiliadas al ayatolá Sistani y financiadas, armadas y adiestradas por las fuerzas iraquíes. Además, son multiconfesionales y entre un 15 % y un 20 % de sunníes forman parte de sus filas. A continuación están la unidades cercanas al imam Muqtada Al-Sadr, la principal de las cuales es Saraya Al-Salam, la Brigada de la Paz. La corriente sadrista se caracteriza por su visión quietista del chiísmo y su voluntad de reforzar el poder central y las instituciones de Iraq incluyendo a las demás comunidades del país. Este abanico ofrece una idea de las diferencias ideológicas entre los grupos de las Unidades de Movilización Popular (UMP): entre la corriente proiraní y el sadrismo se oponen unas visiones antinómicas, que llevan a veces a la confrontación directa.

Una difícil unidad nacional

Conscientes de que las Hachd representaban insuficientemente a las demás comunidades del país, las autoridades iraquíes animaron a varias milicias no chiíes a unirse a la coalición. Entre ellas estaban la milicia cristiana Brigadas de Babilonia, la Guardia de Nínive, la Brigada de Saladino y las Fuerzas de Movilización Tribales, que son sunníes. También hay facciones que representan a minorías más pequeñas, como los yezidis (Unidades de Resistencia del Sinjar) o la Brigada Chabak (Lioua Al-habak). Según nos indicaba en un entrevista Abou Mustafa Imami, comandate adjunto de la UMP en el frente del norte de Iraq, en total las UMP contaban en aquel momento con unos 90.000 combatientes activos, repartidos entre diferentes unidades.

A pesar de las muchas acusaciones de violaciones de derechos humanos e incluso de crímenes de guerra de las que son objeto las UMP, su eficacia llevó a la coalición internacional (Combined Joint Task Force, CJTF, dirigida por Estados Unidos) que lucha contra la OEI a adiestrar, armar y pagar a varias milicias paralelamente a una restructuración del ejército iraquí. Aprovechando el vacío político-militar dejado por el poder central, las UMP se convirtieron rápidamente en la más potente fuerza disuasoria militar terrestre contra los yihadista, sin que ello deje de suscitar muchas preguntas respecto a su relación con el Estado. En efecto, si se considera la definición del sociólogo Max Weber según la cual “el Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio (el “territorio” es elemento distintivo), reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima” (Le Savant et le Politique, 1917), una organización paramilitar que está compuesta de facciones con ambiciones transnacionales amenaza la unidad y cohesión del Estado, gravemente mermadas ya por la inestabilidad que reina ahí desde la invasión estadounidense. Muchos observadores están preocupados por el sectarismo de varios grupos y, sobre todo, su relación ambigua con Irán.

No obstante, la elección de Haider Al-Abadi como primer ministro iraquí en septiembre de 2014 permitió reforzar las instituciones del país y desmentir los pronósticos que preveían una implosión de Iraq, incluso una redefinición de las fronteras de Oriente Próximo. Por medio de un decreto de 2016 que integra a las UMP en el ejército afirmó su voluntad de retomar el control y de hacer que la campaña con la OEI fuera una operación militar nacional y no una guerra interconfesional. No obstante, esta lealtad de fachada no impide que algunas unidades, sobre todo las que colaboran con Teherán, no pierdan nunca la ocasión de demostrar su independencia y de tratar por todos los medios de librarse de la tutela del gobierno.

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Después de la victoria contra la OEI

Conscientes del peligro de ver a las milicias excederse en su mandato, que debía acabar con la victoria contra la OEI, el gobierno de Abadi y las instancias religiosas chiíes, seguidos por varios actores como Moqtada Al-Sadr, insistieron en la necesidad de que todas las milicias depusieran las armas una vez derrotados los yihadistas, aunque sin resultado concluyentes por el momento. La victoria anunciada el 9 de diciembre de 2017 no ha mermado la voluntad de algunas milicias de seguir operando libremente sobre el terreno con el pretexto de la presencia de células durmientes y la aparición de nuevas organizaciones terroristas. El representante de las Hachd Al-Chaabi Abou Mustafa Imami insiste, por otra parte, en el hecho de que solo una nueva fetua del gran ayatolá puede hacer que se desmovilicen las milicias.

Por otro lado, varias milicias quieren asegurarse antes de entregar su equipamiento al gobierno de que sus hombres serán integrados en las fuerzas regulares o se beneficiarán de pensiones para veteranos en caso de que decidan volver a la vida civil. Debe haber una compensación y una política seria de integración para evitar un escenario catastrófico como el que llevó a la guerra civil tras la invasión estadounidense en 2003. Es indudable que el desarme, la desmovilización y la reintegración de los milicianos son los retos cruciales que esperan al Iraq de mañana. Deben ir acompañados de una política de reconciliación y de mecanismos judiciales en los casos de graves violaciones de los derechos humanos. En 2004-2005 el fracaso de un proceso similar llevó a los sangrientos enfrentamientos que han marcado Iraq durante estos últimos doce años.

Cuando los jefes de la milicia se reconvierten

Mientras tanto, algunas milicias apoyadas por poderosos partidos políticos siguen tratando de interferir en la política interna del país para garantizar su supervivencia, estrategia que se inició en 2014 a través del nombramiento de un ministro del Interior que servía a sus intereses. Actualmente las UMP tienen la vista puesta en las elecciones parlamentarias previstas para el próximo 12 de mayo. Legalmente las milicias no pueden presentar candidatos, por eso muchos de sus jefes con ambiciones políticas han dimitido para poder participar en las elecciones y han formado una importante coalición inicialmente denominada “de los muyaidines” y después llamada Alianza del Fatah (la conquista) que puede tener un peso considerable en el Parlamento.

“Las UMP esperan a ver de qué lado sopla el viento para alinearse con el candidato que tenga más posibilidades de representarlas en el Parlamento”, explica a Orient XXI Dylan O’Driscoll, investigador del Humanitarian and Conflict Response Institute. En efecto, algunos actores están fuertemente tentados de interferir en la política de refuerzo de las instituciones del primer ministro Haider Al-Abadi. Dentro de su propio partido, el movimiento Dawa, el ex primer ministo Nouri Al-Maliki (al que muchos consideran responsable de la exacerbación de las tensiones interconfesionales que llevaron al desastre de 2014) cuenta con el apoyo de la milicia Asaib Ahl Al-Haq contra su rival. Maliki se basa también en una vasta red clientelista caracterizada por su corrupción y su sectarismo.

Mientras tanto los sunníes, desorganizados por los combates que han marcado sus zonas de poblamiento, piden que se aplacen las elecciones para que puedan participar en ellas las personas desplazadas. Según Dylan O’Driscoll, algunos de sus representantes también desearían ver a Haider Al-Abadi escindir el partido Dawa en dos para unirse a él en un partido verdaderamente multiconfesional.

Desde hace algunos meses las coaliciones políticas se forman y se deshacen regularmente, lo que lleva a situaciones improbables: dos líderes de un mismo partido se enfrentan en listas diferentes, movimientos chiíes conservadores se alían con los comunistas… Últimamente la coalición de Haider Al-Abadi, que basa su campaña en la idea de la representatividad de todas las comunidades iraquíes, de la soberanía y de la lucha por la justicia y contra la corrupción, había obtenido paradójicamente el apoyo de la Alianza del Fatah, en perjuicio de Moqtada Al-Sadr, pero esta alianza solo se pudo mantener tres días y ha demostrado los límites de la popularidad de Haider Al-Abadi. En medio de estas intrigas el reto es saber si la unión entre los grupos de presión de las milicias y los políticos va a favorecer su integración en las instituciones iraquíes, sobre todo militares, o, por el contrario, va a engendrar una instrumentalización de estas por parte de los actores que están bajo influencia extranjera.

Actualmente las Hachd Al-Chaabi son una pieza fundamental en el tablero político iraquí y aún más en las luchas de poder entre los diferentes actores políticos chiíes. El vencedor de este pulso estará en condiciones de determinar el Iraq post-OEI, es decir, si este país va a perpetuar las diferencias comunitarias que le caracterizan actualmente o va a lograr desmovilizar sus milicias confesionales y reforzar sus instituciones de forma inclusiva. El cese de las injerencias extranjeras sería el primer paso hacia ese desenlace.


¹ Sylvain Mercadier. Periodista independiente; y Araz Muhamad Arash². Periodista, Kurdistán iraquí.

Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos.

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