Autoritarismo, liderazgos fuertes y las demandas de los jóvenes.

Por Marc Vanderpitte¹.

El domingo 14 de octubre de 2018 hubo elecciones en Bélgica. Esta ocasión debería haber sido una celebración de la democracia, pero no ha sido así porque para muchos de los jóvenes el interés y el gusto por la democracia están en decadencia.

Falta de conocimientos y desconfianza

De un importante estudio se destaca que solo el 11 % de los jóvenes de la generación del milenio están “muy interesados” por la política y el 32 % “bastante interesados”. La mitad de esta generación se interesa menos por la política que sus padres o abuelos.

Ese desinterés por la política de partidos se manifiesta en una falta de conocimientos. Así, apenas la mitad de los jóvenes sabía que el 14 de octubre tenía que ver con las elecciones municipales y solo el 12 % que se trataba de los consejos municipales y los provinciales. Más o menos la mitad sabe quién es el burgomaestre y a qué partido pertenece. Los demás partidos del consejo municipal son mucho menos conocidos. Solo el 8 % de los jóvenes es capaz de nombrar todos los partidos de su municipio. La falta de interés también se refleja en la poca disposición para ir a votar. Si el voto no fuera obligatorio, sólo el 17 % iría realmente a votar.

Ese desinterés se traduce también en que cada vez confían menos en la democracia e, incluso peor, en que desean un líder autoritario. Una cuarta parte de los nuevos votantes –de entre 18 y 23 años– no cree que la democracia sea la mejor forma de gobierno. El 26 % prefiere un líder autoritario y entre los jóvenes que cursan formación profesional la cifra alcanza el 57 %. Otros estudios señalan que se trata de una tendencia en alza.

¿De dónde provienen las dudas?

Este fenómeno no se da exclusivamente en Bélgica. Esta tendencia se está dando en varios países. Y hay diferentes factores que explican esas dudas respecto de la democracia.

La generación del milenio es la principal víctima de la crisis económica y de la correspondiente política de austeridad; el continuo desmantelamiento del estado de bienestar les produce incertidumbre en relación con el futuro. Es cada vez más difícil encontrar un alquiler accesible o un trabajo de jornada completa. Los jóvenes tienen el temor de que se acabe con las jubilaciones. Los partidos tradicionales no se hacen cargo de estas preocupaciones y problemas; antes bien, parecen escapar de ellos.

Los parlamentarios son prisioneros de las órdenes que reciben de su partido y además su poder se desliza cada vez más hacia el poder ejecutivo y Europa. Por lo tanto, ya no tienen la posibilidad de ser portavoces de los jóvenes; en pocas palabras, de ser sus “representantes”. Los jóvenes han entendido muy bien esto.

Los políticos dicen cada vez con más frecuencia que “no hay otra alternativa”. Cierre de grandes empresas, recortes de los gastos, normas más rigurosas en la Unión Europea, miles de millones de euros que fluyen hacia los paraísos fiscales, fraude fiscal de las grandes empresas… y los políticos no paran de repetir que no tienen control alguno sobre ello. Es evidente que el poder no está en las manos de los “cargos electos” sino en las de una poderosa oligarquía de banqueros, directivos de empresas, tecnócratas y políticos de alto rango. En este contexto los jóvenes se preguntan para qué sirve votar.

Además, perciben que las elecciones tienen menos que ver con contenidos que con juegos de poder menores y el reparto de cargos. Los políticos siguen otorgándose pensiones enormes e incluso se jubilan a los 55 años mientras que el ciudadano de a pie debe trabajar unos cuantos años más para tener una paga mucho más reducida.

Y existe, además, una cultura rapaz de enriquecimiento personal. Aparte de sus generosos ingresos como políticos, una buena parte de ellos tiene un ingreso complementario gracias a los numerosos mandatos de los que disponen. Los jóvenes ven que esos mismos políticos cenan con la mafia de la construcción. Las grandes empresas consiguen que se “arreglen” sus suculentos proyectos y que casi no deban pagar impuestos por ellos. En compensación, los políticos pueden sentarse en consejos de administración y mejorar su situación.

Todo esto erosiona la credibilidad de la política. Por consiguiente, para los jóvenes la política de partidos no es la herramienta que permitiría cambiar la sociedad.

La caja de resonancia de las redes sociales

Las redes sociales son otro factor importante. Son la fuente de información más popular entre los jóvenes de 18 a 24 años. La televisión está en segundo lugar. En otras palabras, las redes sociales tiene una fuerte influencia en su conciencia política o en la ausencia de esta.

Las redes sociales no solo difunden noticias, también añaden una dimensión al debate político. Uno de los criterios de buena salud de una democracia es que las personas puedan estar en contacto con otros puntos de vista y argumentos, y puedan determinar su propio punto de vista sobre esta base. Justamente, esta diversidad es el punto peliagudo en las redes sociales. En Facebook es literalmente posible crear un círculo de amigos integrado por personas que por lo general tienen la misma mentalidad, lo que define y limita intensamente la información recibida.

Además, los algoritmos de Facebook y Google muestran unas noticias que se acercan mucho a las propias preferencias. Se crea así una caja de resonancia en la que no se ve ni se escucha otro argumento ni otras opiniones que los de las personas que piensan como uno mismo; la consecuencia es que uno se aferra todavía más a su propia opinión. Las redes sociales crean una burbuja que presenta esencialmente unas noticias que no llevan a dudar.

Por otra parte, las informaciones que circulan en las redes sociales son breves, tienen fuerza y son atrayentes, mientras que la política tiene más que ver con el largo plazo y las cuestiones complicadas, que requieren una aproximación matizada y equilibrada. La curva de atención de quienes utilizan Internet ha caído a ocho segundos. Así ya no hay lugar para una argumentación matizada y equilibrada. Esto provoca una polarización y unos debates cada vez más ásperos y encrespados. Todo esto hace perfectamente el juego a los políticos que emplean un lenguaje categórico y se definen como hombre o mujer fuerte.

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Goebbels en un mitin del partido nazi.

Sin embargo, hay algo aun peor. Las redes sociales navegan con cada vez más frecuencia en la estela de las “fake news”*. Ciertas fuerzas políticas difunden deliberadamente informaciones tergiversadas con la finalidad de introducir su visión política en el gran público. He aquí un buen ejemplo: “… estamos inundados por una marea de emigrantes”.

Debido a la superabundancia de informaciones y al efecto de reverberación, es cada vez más difícil diferenciar la desinformación de la verdad. Por lo tanto, ahora los dirigentes políticos ya no tiene que preocuparse por la realidad desde el momento en que aparecen con fuerza y con bastante frecuencia en las redes sociales. Ya no hay necesidad de matices, lo que cuenta es la potencia de fuego. Esto también está hecho a la medida de los líderes fuertes o autoritarios.

Democracia en crisis

Es posible que todavía no tengamos plena conciencia, pero nuestra democracia está en peligro. Nuestros jóvenes son un espejo de la sociedad. La elección de Trump en Estados Unidos, la de Orban en Hungría, la de Erdogan en Turquía y la de Salvini en Italia muestran que nos deslizamos a situaciones similares a las de los años treinta del pasado siglo.

Esta peligrosa tendencia solo se podrá detener si ponemos freno al permanente desmantelamiento del estado de bienestar y si se ejerce un control democrático del algoritmo que gobierna la difusión de información en las redes sociales. Pero eso no es suficiente. También se necesita una nueva cultura política. Debemos acabar con la cultura de la rapacidad, con el clientelismo en la distribución de los cargos y con la colusión entre la política y los poderosos grupos de interés.

Hay que recuperar la democracia de manos de la élite. Las principales decisiones de la sociedad se deben tomar mediante la democracia directa. Los ciudadanos no pueden seguir siendo tratados como ganado electoral pasivo, deben volver a participar en la toma de decisiones. Más que nunca se dan las condiciones: en este momento las personas están mejor formadas que antes y la tecnología hace posible esta democracia de concertación.

Democracia de concertación o un líder fuerte… es el momento de reflexionar seriamente sobre ello antes de que sea demasiado tarde.


¹ Marc Vanderpitte. Filósofo y economista belga, nacido en Gante en 1959, formado en las Universidades de Gante y Lovaina, donde también estudió la teología, Marc Vandepitte es el autor de numerosos libros sobre las relaciones Norte-sur, América Latina, Cuba y China.

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