El #MeToo mexicano y la justicia 3.0

Por Ariadna Estévez¹.

El último fin de semana de marzo surgió en Twitter las campañas #MeTooMusicosMexicanos, #MeTooActivistasMexicanos, #MeTooCineMexicano, #MetooMúsicosMexicanos, #MeTooAcadémicosMexicanos, #MeTooPeriodistasMexicanos, #MeTooTeatroMexicano y #MeTooCreativosMexicanos, con el fin de visibilizar el acoso sexual en esos sectores. Decenas de nombres de hombres importantes y no tan importantes salieron a relucir. Muchos negaron las acusaciones y se quejaron de que el anonimato es un parapeto para denuncias falsas. Otros emplazaron a las denunciantes a interponer la denuncia legal. Los menos perdieron su trabajo.

El asunto tomó un giro inesperado cuando Armando Vega Gil, bajista de la veterana banda de rock mexicano Botellita de Jerez decidió suicidarse tras la acusación anónima de haber abusado sexualmente de una mujer que en aquel entonces tenía 13 años. En su Twitter dejó dicho que no se culpara a nadie de su muerte, pero implícitamente culpaba a la denunciante y al movimiento #MeToo en general. Después de asegurar que tenía un alma altruista y de negar la acusación, dijo:

“En fin, es un hecho que perderé mis trabajos, pues todos ellos se construyen sobre mi credibilidad pública. Mi vida está detenida, no hay salida. Sé que en redes no tengo manera de abogar por mí, cualquier cosa que diga será usada en mi contra, y esto es una realidad que ha ganado su derecho en el mundo, pues las mujeres, aplastadas por el miedo y la amenaza son las principales víctimas de nuestro mundo… Debo aclarar que mi muerte no es una confesión de culpabilidad, todo lo contrario, es una radical declaración de inocencia; sólo quiero dejar limpio el camino que transite mi hijo en el futuro”.

Por supuesto que en ese momento el debate y el enfoque ya no estuvieron en cuestiones como la violencia de la que somos objeto las mujeres, sino en que una denuncia anónima había orillado a la muerte a un hombre adorado por muchas y muchos. Mujeres periodistas importantes –de una edad similar, de esa generación que vivió su juventud con el lamentable playlist de esta banda y otras similares- se lamentaron del curso que estaba tomando un movimiento en un principio legítimo. Hubo lamentos por la decisión racional de un hombre maduro, y atrás quedó la indignación o simplemente reflexión sobre las decenas de niñas y mujeres que se han suicidado por haber sido violadas por amigos, padres, hermanos, amigos e incluso ídolos del rock.

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Armando Vega Gil y Beatriz Rivas.

Si bien el #MeToo en Estados Unidos había dejado ya mucho material para la reflexión, el #MeToo mexicano nos deja mucho qué pensar en materia de justicia. Cada una de nosotras puede tener un punto de vista sobre los discursos radicales e incluso importados defectuosamente de EU que envuelven al #MeToo mexicano, se puede estar o no de acuerdo en que el acoso sexual se defina de una u otra forma y que se defina como acoso la violencia laboral, política y social de género, como lo ha planteado Marta Lamas y Lucía Núñez, por ejemplo. Sin embargo, las implicaciones para la justicia merecen una interpretación analítica y no política ni visceral. Ese análisis radica en el hecho de que estamos ante una suerte de Justicia 3.0 que se basa en el litigio digital: Como sabemos la web ha tenido un desarrollo tecnológico que implica una mediación diferente en cada una de sus etapas. Al parecer, al menos de forma utópica, estamos ante la Web 7.0, una basada en una red sensorial y emotiva, que pueda operar incluso en collares y lentes, pero para efectos digamos que estamos en la Web 3.0.

La primera, La Web 1.0, fue la más básica, de acceso vertical y fijo en una computadora; la Web 2.0 es la que incorpora la socialización en redes como Twitter y YouTube, y plataformas en streaming como Netflix y Amazon Prime. La Web 3.0 es la que lleva esta socialización a una mediación móvil e inmediata a través de apps, es decir, interactuar a través de Facebook con nuestros celulares, tablets y otros dispositivos móviles. Una Justicia 3.0 sería aquella que litiga casos en las redes sociales de manera móvil, una justicia en la que un caso se hace viral en las redes y de forma inmediata a través de los dispositivos móviles y se obtienen fallos inmediatos, sumarios. La Justicia 3.0 tiene dos vertientes que no podemos pasar por alto.

La primera es la naturaleza bioalgorítmica de esa justicia, y la otra que no es como su versión gringa porque surge, no como denuncia, sino en sustitución de la justicia misma. En primer lugar, respecto de la naturaleza bioalgorítmica, la vemos en el caso de Vega Gil. Hay un caso en litigio (el hashtag), todo mundo sube al podio a dar su testimonio (los tuits) y la sentencia surge de un juicio sumario performado como juez y parte por parte del acusado mismo. Fue sentenciado por un juez sin rostro (el tuit anónimo) y no se preocupó en defenderse sino que se dio a sí mismo un fallo y se aplicó la pena máxima: se sentenció a muerte. Se inmoló y la reacción machista tuvo a su mártir, con esto, el sujeto en cuestión se volvió parte biológica de su juicio digital, similar a la forma que el consumidor digital se vuelve una pieza más de la economía Amazon.

En segundo lugar, a falta de justicia funcional, la 3.0 entra en operación y la sustituye. En México, a diferencia del #MeToo de EU, en el que los tuits operan en una suerte de naming and shaming, el hashtag es casi en sustitución de justicia porque el sistema judicial opera no sólo con impunidad casi total (99%) sino respondiendo a imperativos misóginos o en el mejor de los casos sexistas. Escribí en mi último libro que dos ideologías dan forma al sistema judicial mexicano: el formalismo jurídico y el machismo.

Por un lado, todos los pactos internacionales de derechos humanos se firman y hay leyes que castigan todo y reivindican todas las luchas sociales. Simultáneamente nada se castiga y ningún derecho se garantiza.

Por otra parte en un país donde el símbolo nacional es el mariachi borracho, mujeriego y violento, la misoginia y el machismo trascienden el folklor y migran a las instituciones. En ellas las mujeres somos vistas como sujetos subordinados y de uso sexual comercial o privado, por extraños y familiares.

En este sentido, el #MeToo en México está surgiendo en sustitución de un sistema de justicia completamente disfuncional y misógino. Porque aun cuando la impunidad es un fenómeno sistemático y generalizado en toda la administración de justicia nacional, estatal y local, para los crímenes que afectan específicamente los derechos humanos de las mujeres, la ideología machista es fundamental en el sistema judicial mexicano. El machismo es una ideología que da forma a la identidad nacional promovida en la formación del Estado posrevolucionario según el experto en estudios culturales y masculinidad Héctor Domínguez Ruvalcaba. Él asegura que en su construcción temprana el Estado mexicano usó diversas expresiones culturales de la masculinidad hegemónica mexicana tales como el soldado revolucionario, el charro, el obrero, el mujeriego, el borracho, para dar cohesión a la identidad nacional. Estas imágenes reforzaron la identidad y sirvieron para folklorizar y así normalizar la dominación y la violencia hacia las mujeres y las niñas y niños, que ahora es común y hasta tomado como un rasgo cultural en escenarios nómicos tales como los juzgados, las agencias investigadoras y las cortes, que inciden en elevados índices de impunidad en delitos sexuales, feminicidio y la mercantilización del cuerpo de las mujeres con fines sexuales.

En resumen, el #MeToo en México surge en sustitución de un sistema de justicia completamente disfuncional. Por ello es por lo que también se cuelan testimonios de violencia laboral, política y cultural por razones de género que no tiene necesariamente tintes sexuales. Sin donde denunciar y en un régimen de impunidad total, la Web 3.0 es no sólo un medio de desfogue, de socialización de la rabia y de visibilización de la violencia sexual, sino de búsqueda de justicia. Por eso también muchas twitteras celebraran el suicidio de Vega Gil. No era ánimo revanchista sino una sensación de que, en su martirologio machista, el rockero les hizo justicia a quienes nunca son escuchadas ni tomadas en serio. Sus casos los litigan en las redes en búsqueda de una Justicia 3.0. Tan es así que Inmujeres llamó a “respetar la presunción de inocencia” de los aludidos. Si la institucionalidad habla como si Twitter fuera un mecanismo jurisdiccional, las afectadas con más razón.

Evidentemente la Justicia 3.0 no puede ser un sustituto real, institucional o material de la justicia legal. Sin embargo, es un hecho que con el machismo institucional las mujeres no tenemos acceso efectivo a esta justicia. Cuando las víctimas de violencia denuncian son violadas nuevamente en venganza, mutiladas o incluso perseguidas al grado de terminar asiladas fuera de México. Esto es lo que ignoran o pasan por alto quienes muy prestos/as juzgan virulentamente el #MeToo. Si no queremos que la violencia sexual se litigue digitalmente en busca de una Justicia 3.0, todas y todos, como sociedad debemos exigir un sistema de justicia funcional, que no sólo acabe con la impunidad, sino que no humille y maltrate a las mujeres. Efectivamente, es un proceso largo, así que mientras sucede, es prudente no dar materia para el litigio digital, es decir, los hombres sobre todos aquellos en posiciones de poder deben abstenerse de hostigar, acosar, manosear, molestar e incluso abusar y violar a sus amigas, colegas, grupis, alumnas, hermanas, primas, sobrinas, etc.

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