Los anarquistas españoles en el exilio francés: entre la memoria del pasado y la necesidad de la renovación.

Por Óscar Freán Hernández¹.

Los anarquistas fueron el grupo más numeroso entre los refugiados y exiliados españoles en Francia desde el invierno de 1939. Algunas estimaciones indican que de los 450.000 españoles residentes en Francia en marzo de 1939, 80.000 eran anarquistas. Estas cifras irían descendiendo considerablemente en los años siguientes; pero el colectivo libertario mantuvo una representación considerable entre la colonia española instalada en Francia (Herrerín, 2004).

La presencia de anarquistas españoles en Francia no era un fenómeno nuevo. Desde sus orígenes, la presencia de militantes libertarios españoles en este país o de anarquistas franceses en España fue una constante. El fenómeno vivido a partir de 1939 se inscribe pues en la continuidad de una tradición histórica de relaciones, de contactos y de trabajo en común entre anarquistas de ambos países (Freán, 2016). Lo que resultaba excepcional en este momento era, por un lado, el elevado número de anarquistas españoles en Francia y, por otro lado, la larga duración de esta estancia que se iba a prolongar durante años. Se produce en ese periodo una situación paradójica, y era que el número de anarquistas españoles en Francia era ampliamente superior al de anarquistas franceses. Estos últimos eran, ciertamente, un grupo poco numeroso que comprendía alrededor de 2.500 afiliados a las diferentes organizaciones libertarias francesas. El movimiento anarquista francés era el heredero de la importante tradición libertaria de su país, pero numéricamente era muy débil y además, a partir de 1950, estaba fuertemente dividido en diferentes grupos y corrientes (Maitron, 2011: 89-113).

La división no era exclusiva de los franceses, ya que el anarquismo español sufría también unas fuertes fracturas internas. Por un lado entre los militantes que se habían quedado en España y los que se habían marchado a otros países. Por otro, por la orientación estratégica general de las organizaciones libertarias entre los partidarios de una colaboración con las otras fuerzas antifranquistas y los defensores de una acción exclusivamente libertaria. La división del Movimiento Libertario Español (MLE) va a existir, de hecho, durante todo el periodo del exilio; pues aunque en 1961 se recupera la unidad orgánica, esta unidad fue más aparente que real y las divergencias profundas continuaron en los años sucesivos. Éste fue uno de los factores que contribuyó a debilitar progresivamente las organizaciones anarquistas españolas. Además, la CNT española en Francia asumió un carácter más político que sindical, pues los sindicatos cenetistas en el exterior no eran más que espacios de unión de los militantes y simpatizantes, sin ninguna capacidad para organizar a los trabajadores en los lugares de trabajo y sin poder intervenir en los conflictos laborales en territorio francés. El rol “político” de la CNT no era tampoco algo novedoso en su historia, sin embargo ahora este papel va a dominar por la práctica imposibilidad de actuar en el terreno sindical en Francia.

Otro problema que debieron afrontar los anarquistas españoles y franceses fue la adaptación a la evolución de la economía, de la sociedad y de las mentalidades de posguerra. Las dificultades en ese sentido fueron muy grandes y son otro de los elementos que explican el declive del anarquismo en estas décadas de postguerra. En el caso español, hubo también una pérdida de militantes en razón del cansancio y de la represión. Esto hacía que la renovación de los cuadros dirigentes fuese cada vez más complicada. Además, el control ejercido por el sector “ortodoxo” –en particular por el tándem formado por Federica Montseny y Germinal Esgleas– limitaba la renovación y la propia pluralidad interna del movimiento libertario. Las expulsiones de numerosos y veteranos militantes en los años sesenta son una muestra de una nueva crisis de un movimiento libertario cada vez más aislado y fracturado en el que el centralismo se imponía al tradicional federalismo anarquista. Incluso los militantes más jóvenes y activos organizados en la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias (FIJL) se alejaron del MLE por las críticas que suscitaba su acción y por la falta de apoyo de su dirección.

A estos problemas de orden general, se sumaba la fuerte tendencia al aislamiento que tenían los anarquistas españoles en Francia, hasta el punto que Jordi Gonzalbo –activista en Perpiñán– considera que el Movimiento Libertario Español “vivía en autarquía, muy (y demasiado) focalizado sobre el problema español (…) [transformándose] en una comunidad replegada sobre ella misma que no había sabido o querido adaptarse a las duras condiciones del exilio”(Gonzalbo, 2013: 44-46). Esta situación, que no era exclusiva de la colonia libertaria, se prolongó durante la década de los cuarenta y los cincuenta.

Federica_Montseny
Federica Montseny.

La lengua fue un obstáculo mayor para la integración, pues muchos españoles eran incapaces de comunicarse en francés, o lo hacían con mucha dificultad. Esta limitación complicaba la vida cotidiana de los exiliados, y fue una de las razones que explican el repliegue de la colonia española sobre sí misma. Esto era especialmente evidente en las ciudades que albergaban una numerosa colonia de españoles, pues la práctica de la sociabilidad podía hacerse en español o en catalán entre compatriotas. En los lugares donde los españoles eran menos numerosos, la dificultad para vivir en la lengua propia era mucho más importante (Freán, 2018). La falta de dominio de la lengua francesa hacía también que las actividades de los españoles exiliados fuesen poco visibles para la población francesa (Hiard, 2014: 118).

Más tarde, en los años sesenta, ya se percibe una mayor apertura y una integración más fácil en la sociedad francesa, operada, en gran medida, por los jóvenes exiliados llegados muy niños a Francia o nacidos ya en suelo francés. Éstos, al haber sido escolarizados en Francia, pudieron acceder al dominio de la lengua francesa y a romper este obstáculo a la integración sufrido por sus mayores.

Uno de los aspectos que debemos destacar de la acción del movimiento libertario español en Francia es el de la dinámica acción cultural y recreativa. La cultura siguió siendo un terreno privilegiado de la acción de los anarquistas. No era esto una novedad, pues ya era una actividad arraigada en las filas libertarias en las décadas anteriores en España. La cultura y la educación siempre fueron concebidas por los anarquistas como armas para la liberación de las conciencias. En el contexto del exilio, a esta función se le añadió la del refuerzo de la identidad anarquista y española. La integración en un colectivo, la práctica de la solidaridad y la ayuda mutua fueron esenciales para conservar los lazos personales, ideológicos y nacionales, así como para evitar el aislamiento y la pérdida de la memoria y de las referencias militantes por los compañeros y sus familias.

La publicación de periódicos, de libros y folletos continuó igualmente durante el exilio, sin embargo “la oralidad y la imagen” siguieron siendo privilegiadas a la hora de divulgar “los grandes principios [y] valores del idealismo y de la libertad” a la base militante y simpatizante anarquista de origen popular (Alted y Domergue, 2012: 51). De ahí la organización constante de festivales de música, representaciones teatrales, espectáculos de variedades, exposiciones, actividades deportivas, excursiones, etc. También debemos citar los mítines y las asambleas conmemorativas, en particular la celebración del 19 de julio, aniversario de la revolución de 1936. El carácter identitario de estas reuniones se completaba también con el interés material por la colecta de fondos para la organización, los compañeros en prisión y para continuar la lucha contra el franquismo.

La lucha contra la dictadura en España fue, desde finales de los cincuenta, un elemento que generó fuertes diferencias en el interior del MEL; en particular por la acción de los jóvenes de la FIJL, apoyados por algunos veteranos militantes, que denunciaban la parálisis y la inacción de los dirigentes anarquistas. En la práctica, la resistencia armada había sido abandonada por el MLE, y los únicos que habían continuado esta vía –Sabaté, Facerías y Caracremada principalmente– lo hacían por su propia iniciativa y el sostén de su red de apoyos. Los militantes de la FIJL quisieron reactivar la lucha contra el franquismo recurriendo a la acción directa, entendida ésta como el recurso a las armas –bombas y petardos básicamente– para contestar la persistencia de una dictadura antidemocrática y represiva en España. Los jóvenes anarquistas españoles recibieron el apoyo y la colaboración activa de otros jóvenes libertarios franceses –también italianos, británicos, suizos y de otras nacionalidades– lo que muestra una permeabilidad y una porosidad organizativa que contrastaba con el aislamiento característico de los “viejos anarquistas”. Una parte de esos jóvenes españoles eran hijos de las primeras generaciones de exiliados, impregnados de anarquismo desde niños por el ambiente libertario del exilio. Otros jóvenes, llegados a Francia en el marco de la emigración económica, se integraron también a los anarquistas por afinidad ideológica, amical o por la dinámica contestataria de ese periodo. La contribución de jóvenes de otros países al combate contra el franquismo y contra el capitalismo, le dio a esta lucha un carácter transnacional. La respuesta de la dictadura franquista fue la represión, siendo las ejecuciones de Delgado y Granado en 1963 el ejemplo más dramático de la misma.

La vida del exilio anarquista en Francia estuvo marcada por el recuerdo mítico de la revolución de 1936 y por el progresivo declive organizativo del movimiento libertario. Mayo del 68 fue una especie de paréntesis momentáneo de este proceso, un momento dulce para las ideas anarquistas en el que participaron jóvenes españoles descendientes de los exiliados libertarios y también algunos veteranos militante que revivieron, aunque fuera de manera efímera, el ideal de sus luchas de 1936. A pesar de sus problemas, los anarquistas españoles mostraron su capacidad para sobrevivir y para mantener activo el movimiento libertario en unas condiciones difíciles y hostiles. La renovación del anarquismo y su adaptación a la evolución del mundo fue operada por unos jóvenes cada vez más alejados del MLE. Por otro lado, gran parte de los veteranos dirigentes siguieron pilotando la CNT hasta el final del franquismo y la transición a la democracia actual; siendo éste otro momento en el que se siguieron manifestando tanto la represión como las divisiones en el anarquismo español.


¹ Óscar Freán Hernández. Centre Lucien Febvre. Université de Bourgogne – Franche-Comté (Francia).

Bibliografía:

Alted Vigil, Alicia y Domergue, Lucienne, 2012, La cultura del exilio anarcosindicalista español en el sur de Francia, Madrid, Cinca.
Freán Hernández, Óscar, 2016, “Les exiles anarchistes espagnols en France. Un paradigme de militantisme transnational”, Modern & Contemporary France, vol. 24, n°. 2, pp. 127-142.
Freán Hernández, Óscar, 2018, « Militancias en un país extranjero. Sociabilidad y socialización libertarias en el exilio francés », Marta García Carrión y Sergio Valero (coord.), Tejer identidades : socialización, cultura y política en época contemporánea, Valencia, Tirant lo Blanch, pp. 190-213.
Gonzalbo, Jordi, 2013, Itinéraires Barcelone-Perpignan. Chroniques non misérabilistes d’un jeune libertaire en exil, Lyon, Atelier de Création Libertaire.
Herrerín López, Ángel, 2004, La CNT durante el franquismo. Clandestinidad y exilio (1939-1975), Madrid, Siglo XXI.
Hiard, Olivier, 2014, Aymare 1939-1967. Une collectivité anarchosyndicaliste espagnole dans le Lot, Saint-Georges-d’Oléron Les Éditions Libertaires.
Maitron, Jean, 2011, Le mouvement anarchiste en France, París, Gallimard.

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