¿Es posible un feminismo cristiano en la España del siglo XXI? Algunas reflexiones históricas

Por Raúl Mínguez Blasco¹.

El pasado 8 de marzo de 2018 marcó un antes y un después en la evolución reciente del feminismo en España. El éxito de la huelga feminista en sus diferentes modalidades – laboral, de cuidados, de consumo y educativa – y la afluencia masiva a las manifestaciones de aquella tarde son dos claras muestras de que el feminismo se ha convertido en el movimiento social con mayor capacidad de convocatoria de la actualidad. Aunque pasaron un poco desapercibidas, también numerosas mujeres cristianas autoidentificadas como feministas tomaron parte activa en los actos del 8-M. Ese mismo día, la Asociación de Teólogas Españolas (ATE) publicó un manifiesto al que se adhirieron treinta colectivos y asociaciones cristianas. En él se reivindicó la igualdad en la diferencia de hombres y mujeres, no solo en la sociedad sino también en la Iglesia, y se criticó la ambigüedad o incluso la justificación hacia la violencia de las mujeres por parte de algunos discursos ideológicos y religiosos. Desde luego, la publicación y el contenido de este manifiesto no es fruto de la casualidad sino de una trayectoria de ya varias décadas en las que el feminismo cristiano y sus demandas han pujado por buscar su sitio en la sociedad, en el movimiento feminista y en la propia Iglesia.

Tanto en el plano social como en el académico ha predominado hasta fechas bastante recientes lo que se ha denominado una doble ceguera entre la religión y el feminismo. Por un lado, tanto la jerarquía eclesiástica como muchos estudiosos del hecho religioso se han mostrado muy recelosos a la hora de incorporar la categoría de género a su visión del mundo. De esa manera, no se han reconocido ni la importante labor desarrollada por numerosas mujeres en todas las confesiones religiosas ni tampoco la responsabilidad de muchas religiones en la perpetuación de relaciones desiguales de género. Por otro lado, el feminismo de base laica, hegemónico en Occidente durante el último siglo, ha percibido con cierta desconfianza las acciones y reivindicaciones de algunas mujeres si estas partían de una confesión religiosa. En el caso de España, esta situación es comprensible por la presencia de una dictadura, la franquista, y de una ideología, el nacionalcatolicismo, que durante casi cuarenta años asociaron la religión católica con un régimen totalitario, represivo y antifeminista. Sin embargo, es evidente que en las últimas décadas la situación ha cambiado ostensiblemente y en el marco de una sociedad que pretende ser abierta, tolerante y democrática, los muros que hace no demasiado tiempo parecían separar a la religión y al feminismo se están transformando en puentes cada vez más sólidos.

La recuperación de las vidas de las mujeres en un relato histórico que casi siempre se ha declinado en masculino ha sido y sigue siendo una de las iniciativas políticas más destacadas del movimiento feminista. La denominada historia de las mujeres, que ha experimentado un gran desarrollo en las últimas décadas, ha mostrado interés por las biografías de mujeres religiosas que, como Hildegarda de Bingen o Teresa de Jesús, buscaron con sus palabras o sus acciones alcanzar una mayor autonomía en contextos poco o nada favorables para ellas. De hecho, la consideración que amplios sectores de la jerarquía eclesiástica tuvieron del sexo femenino durante gran parte de la Edad Media y de la Edad Moderna no fue nada halagüeña. A excepción de una minoría de mujeres santas, identificadas con las virtudes de la Virgen María, las mujeres eran, a ojos de obispos, monjes y sacerdotes, inferiores por naturaleza a los hombres aunque también extremadamente peligrosas porque podían utilizar sus encantos y malas artes para conducir a los varones a la perdición.

Esta imagen de las mujeres como Evas seductoras y desobedientes se modificó en parte con la llegada de la contemporaneidad. Durante el siglo XIX se produjo un fenómeno que especialistas en Historia y Sociología han denominado feminización de la religión. Varios aspectos caracterizaron dicho proceso en el mundo católico: la mayor presencia de mujeres en los ritos religiosos, una piedad que adoptó rasgos emotivos y sentimentales vinculados a la figura de María Inmaculada o un notable incremento de las congregaciones femeninas de vida activa. Pero, por encima de todo, la feminización del catolicismo se caracterizó por un importante cambio en el discurso oficial de la Iglesia con relación a las mujeres. Aunque no desaparecieron totalmente las consideraciones anteriores de las mujeres como sujetos inferiores y potencialmente peligrosos por su carácter tentador, el catolicismo acabó adoptando la concepción de origen ilustrado-liberal de la diferencia sexual. Bajo este paradigma, las mujeres no eran teóricamente inferiores a los hombres sino biológicamente diferentes y, en virtud de estas diferencias, debían desarrollar funciones distintas para la buena marcha de la sociedad. Ante la pérdida de poder e influencia de la Iglesia como consecuencia de las revoluciones liberales y del tímido pero progresivo proceso de secularización de la sociedad española, un sector destacado de la jerarquía eclesiástica comenzó a percibir a las mujeres católicas como sujetos potencialmente útiles en su proyecto de recristianización de la sociedad. Así, no solo se pasó a sostener públicamente en sermones, tratados o novelas que las mujeres eran más religiosas que los hombres sino que la propia Iglesia católica pasó a definirse a sí misma con los mismos rasgos – paciencia, humildad, caridad, abnegación – que debían caracterizar a la mujer católica.

Esta feminización simbólica del catolicismo no se tradujo, ni mucho menos, en un reconocimiento práctico de la igualdad de mujeres y hombres en la sociedad ni en la Iglesia pero sí tuvo algunos efectos no deseados o, al menos, no esperados. La insistencia eclesiástica en la necesidad de que las esposas y madres católicas acercaran a sus maridos a la senda de la religión y transmitiesen a su descendencia las creencias católicas, o de que incluso se manifestaran públicamente en defensa del catolicismo si este se encontraba en peligro acabó derivando a principios del siglo XX en lo que en ese momento se llamó un “feminismo católico” o un “feminismo sensato”. En contraposición a algunos de los principios defendidos en aquella época por el feminismo laico y siempre desde un ideario social católico, este particular feminismo, representado por Acción Católica de la Mujer, reivindicó una serie de derechos sociales, cívicos y políticos para las mujeres, entre los que se acabó incluyendo el acceso al sufragio. Sin embargo, durante los últimos años de la II República y especialmente en el primer franquismo, los líderes confesionales despojaron de cualquier carácter feminista la presencia de mujeres católicas en las calles y solo toleraron dicha presencia pública femenina en la medida que contribuyese a recatolizar la sociedad.

Vida Nueva, 765, 16.01.1971 (5)
Vida Nueva, 765, 16.01.1971

Los nuevos aires de cambio que se adivinaban en el catolicismo desde los años cincuenta y que tuvieron al Concilio Vaticano II (1962-1965) como principal impulsor supusieron un punto de inflexión en la percepción que de sí mismas tenían muchas mujeres católicas. Pilar Yuste, teóloga y profesora de Religión en un instituto, afirmó en un encuentro celebrado en 2013 con motivo de la conmemoración de los cincuenta años del Concilio que, gracias a él, “nos vivimos católicas y mujeres distintas, descubrimos otro modo de ser lo que éramos”. La verdad es que las escasas referencias en los documentos conciliares dirigidas específicamente a las mujeres no mostraban una transformación radical respecto a la visión que la Iglesia había tenido hacia ellas desde hacía más de un siglo. Fue, sin embargo, el cambio de concepción de la Iglesia lo que realmente impulsó, sin pretenderlo expresamente, un cambio de actitud en muchas mujeres católicas. A través del concepto de Pueblo de Dios, que apela al sacerdocio universal de los fieles por el mero hecho de estar bautizados, se rompió con la idea de una Iglesia fuertemente jerarquizada, dominada exclusivamente por el clero, y se revitalizó el papel de los laicos, sin distinción de sexo.

Vida Nueva, 765, 16.01.1971 (6)
Vida Nueva, 765, 16.01.1971

La religiosidad en la que muchas mujeres españolas se habían socializado durante el primer franquismo, caracterizada por el miedo, la culpa y la monotonía del culto externo, se transformó en otra religiosidad más reflexiva, más intimista y que incitaba a la acción. Muchas mujeres católicas sintieron esta llamada a transformar la realidad en que vivían y se integraron en Acción Católica y en sus múltiples ramas especializadas, como la Juventud Obrera Cristiana (JOC) o la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC). En colaboración con sus compañeros varones y a través de la revisión de vida, un método que incitaba a hacer un diagnóstico crítico de la realidad para después promover iniciativas concretas para cambiarla, estas mujeres descubrieron que existía otra manera de ser cristianas. El acercamiento de estas organizaciones a posturas marxistas y el temor de la jerarquía eclesiástica a perder el control de los laicos desembocaron en la denominada crisis de Acción Católica (1966-1968), que impulsó a muchos de sus miembros a abandonar la organización e involucrarse en partidos y sindicatos claramente opuestos a la dictadura. No obstante, hubo mujeres que decidieron continuar colaborando en estas organizaciones cristianas a la vez que se unían a las emergentes asociaciones de vecinos, que contribuyeron enormemente en el tardofranquismo y la transición a mejorar y dignificar los nuevos barrios urbanos surgidos de la emigración masiva procedente del campo. Aunque en estos momentos fueron la clase y la religión los principales marcadores identitarios de estas mujeres, su colaboración mutua en acciones reivindicativas de todo tipo y su insatisfacción con el modelo de mujer propio del primer franquismo contribuyeron a fraguar en ellas una conciencia feminista cada vez más nítida.

Aunque todavía es necesario investigar mucho más al respecto, la irrupción de un renovado feminismo de base cristiana en España puede remontarse a principios de los años ochenta. Varios factores lo favorecieron. En primer lugar, el legado del Vaticano II que, como hemos visto, implicó un cambio de religiosidad y de percepción del mundo y de sí mismas por parte de numerosas mujeres católicas. En segundo lugar, el resurgimiento del feminismo laico durante los años setenta. Muchas mujeres católicas participaron junto a las feministas laicas en manifestaciones, asambleas y reuniones aunque hubo algunas cuestiones, como la reivindicación del derecho al aborto, donde mantuvieron algunas discrepancias. Por último, el giro conservador de la jerarquía eclesiástica, que ha reaccionado en los últimos años con especial virulencia hacia lo que ha denominado “ideología de género” y que ha cerrado cualquier puerta al acceso de las mujeres a cargos eclesiásticos, incluido el sacerdocio. La manera en que un número nada despreciable de mujeres católicas, incluidas algunas religiosas, ha respondido a esta posición antifeminista de la jerarquía ha sido, cuanto menos, imaginativa ya que se ha hecho desde dentro, desde el mismo núcleo de la doctrina católica. A través de los estudios bíblicos y de la teología feminista, organizaciones y comunidades de base surgidas en todo el territorio español desde los años ochenta han cuestionado seriamente los fundamentos patriarcales en los que se ha basado desde hace siglos la interpretación de la Biblia y han mostrado que existe otra manera de ser y de hacer Iglesia, siempre desde el reconocimiento de la igualdad de la persona por encima de cualquier diferencia de sexo o condición.

Volvemos así a la pregunta que da título a este artículo: ¿Es posible un feminismo cristiano en la España del siglo XXI? Desde luego, hay un factor externo que dificulta su continuidad. El acelerado proceso de secularización que, desde los años sesenta, se ha producido en la Europa cristiana en general y en la España católica en particular ha afectado especialmente a las mujeres, en otro tiempo gran esperanza de la Iglesia en la pervivencia y transmisión de las creencias cristianas. A efectos prácticos, este progresivo y, de momento, imparable desinterés de las mujeres jóvenes hacia la religión ha provocado, por ejemplo, que una organización cristiana feminista como Arnasatu, radicada en el País Vasco desde 1996, se haya disuelto recientemente, entre otras razones, por la imposibilidad de encontrar un relevo generacional a las mujeres que fundaron la asociación. Por otro lado, a pesar de algunos gestos alentadores del papa Francisco, no parece que la Iglesia como institución esté dispuesta a atender casi ninguna de las reivindicaciones de las cristianas feministas. Además de la pretensión evidente de la jerarquía eclesiástica de mantener su monopolio de poder masculino, quizá la clave esté en que la Iglesia no solo sigue concibiéndose a sí misma como esposa de Jesucristo sino también como madre de todos los creyentes y virgen por mantener la fe a su esposo de forma pura y no contaminada. La fuerte simbiosis entre la Iglesia y este concreto modelo de feminidad hace que nos planteemos hasta qué punto los cambios recientes en los papeles tradicionales asignados a las mujeres pueden afectar a la propia identidad de la Iglesia y explica, en gran parte, la oposición eclesiástica a dichos cambios. En todo caso, la activa presencia de mujeres cristianas, tanto a nivel colectivo como personal, en las masivas movilizaciones del pasado 8 de marzo demuestra que el feminismo cristiano sigue luchando activamente por conseguir una situación justa para las mujeres en la sociedad y en la Iglesia.


¹ Raúl Mínguez Blasco es investigador posdoctoral Juan de la Cierva-incorporación en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) y especialista en género y religión durante los siglos XIX y XX.

Bibliografía básica:
BLASCO HERRANZ, Inmaculada (ed.): Mujeres, hombres y catolicismo en la España contemporánea. Nuevas visiones desde la historia. Valencia, Tirant Humanidades, 2018.
DE DIOS FERNÁNDEZ, Eider y MÍNGUEZ BLASCO, Raúl: “De la obediencia a la protesta: laicas católicas ante el Vaticano II”, Feminismo/s, 28 (2016), pp. 213-233.
MARTÍNEZ CANO, Silvia (ed.): Mujeres desde el Vaticano II: memoria y esperanza. Estella, Verbo Divino, 2014.
MÍNGUEZ BLASCO, Raúl: Evas, Marías y Magdalenas. Género y modernidad católica en la España liberal (1833-1874). Madrid, CEPC / AHC, 2016.
MORENO, Mónica: “Cristianas por el feminismo y la democracia. Catolicismo femenino y movilización en los años setenta”, Historia Social, nº 53 (2005), pp. 137-153

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s