Ética y consumo digital

Por Ariadna Estévez¹.

La aparición de plataformas como Netflix, Amazon Prime, Vevo o Hulu, entre otros ha hecho más accesible y flexible el consumo de programas y películas, y ha cambiado incluso la oferta de la televisión tradicional, de tal forma que el consumidor las agota rápidamente y exige más producciones. Este consumo permite que se produzcan programas de calidades diversas y para distintos públicos de forma simultánea y rápida, y la oferta de plataformas y variedad de contenidos han modificado al consumidor en sus exigencias, algunos pueden permanecer igual pero es un hecho que estamos teniendo un público más informado y educado que exige calidad en producción y contenidos.

Asimismo Twitter, YouTube y Facebook son plataformas que nos sirven para comunicarnos con otros, expresar ideas y opiniones, emprender negocios e incluso autopromocionarse. El papel de los medios digitales de este tipo nos ha transformado sustancialmente, tanto en la expresión de nuestra conciencia y deseos, como en nuestra socialización y acercamiento a la cultura. Estas plataformas permiten que las personas seamos empresarios de nosotros mismos, es decir, el hipster creativo, el periodista freelancer, el académico super-star, el conferencista de TED-Talks, el YouTuber y el twittero trendy, e incluso las amas de casa que venden productos de belleza y manualidades en Facebook y las personas que ponen sus casas a rentar en el Airbnb. Recientemente se han hecho estudios de las diversas instanciaciones del sujeto neoliberal o biopolítico, como aquel que se hace sujeto de derechos humanos o el que se endeuda, o el que se hace un promotor del mercado del fitness.

Por supuesto que surge la duda acerca de si todo esto es bueno o malo para los individuos y la sociedad en su conjunto. Este cuestionamiento no es nada nuevo. Como cada vez que surge un nuevo medio de comunicación, en la era digital nos preguntamos las repercusiones que tienen estas nuevas plataformas, y ya hay más que estudios empíricos, de hecho existen diversas reflexiones teóricas al respecto. Hay posturas muy optimistas e irreales que ven estos nuevos medios como una revolución cultural y económica. Por el contrario, las posturas estructuralistas son lapidarias. Algunos autores en esta tradición dicen que los nuevos medios permiten la explotación del trabajo inmaterial en espacios que son o deberían ser de esparcimiento y no de lucro; este trabajo produce bienes intangibles que son centrales a la economía neoliberal tales como información, conocimiento, ideas, imágenes, relaciones y afectos, y en ese trance convierten a los sujetos que los producen en parte integral de la economía.

Las posturas posestructuralistas son más conciliadoras y sugieren que la tecnología de los medios de comunicación siempre ha sido parte del sujeto social, y cumple la función de mediar su relación con la vida económica, social y cultural. Para analizar esto Kember y Zylinska proponen el concepto de mediación, que entraña el supuesto axiomático de que desde que empezó a usar tecnología, el sujeto social se ha transformado a sí mismo con su uso, forma y contenidos. Mediación es el proceso originario del surgimiento de los medios, en el que las tecnologías son estabilizaciones en marcha de los flujos mediáticos. La mediación sirve para hablar de los nuevos medios en el contexto de continuidad y cambio, y no en un trayecto lineal de antecedentes. El punto de la mediación es analizar lo que emerge de los procesos de cambio tecnológico y lo que está siendo mediado . Estas posturas están más en sintonía con lo que dice el filósofo camerunés Achille Mbembe en el sentido de que los nuevos medios y el sujeto son la misma cosa: “La era computacional (la era de Facebook, Instagram, Twitter) está dominada por la idea de que hay pizarras limpias en el inconsciente. Los nuevos medios no solo han levantado la tapa que las épocas culturales anteriores habían puesto en el inconsciente. Los nuevos medios se han convertido en las nuevas infraestructuras del inconsciente”.

Impression

Una ética del consumo digital.

Para valorar de manera más práctica, funcional y moral cómo dejamos que los medios nos medien, estas autoras sugieren una perspectiva ética del análisis de la mediación, que yo considero una perspectiva ética del consumo digital. Las autoras dicen que para evaluar si el consumo de productos digitales es ético, hay que observar dos cosas. En primer lugar, hay que ver si hay una apropiación de lo que los politólogos Antonio Negri y Michael Hardt denominaron el “trabajo inmaterial”, es decir, el trabajo que produce bienes intangibles que son centrales a la economía neoliberal tales como información, conocimiento, ideas, imágenes, relaciones y afectos, y en ese trance convierten a los sujetos que los producen en parte integral de la economía.

El segundo es la política económica de los nuevos medios, la cual se refiere a la ubicación de los sujetos humanos y no humanos en el proceso económico. Otros la llaman la economía Uber o de Concierto, por su centralidad en la creación y uso de apps que conectan en línea a consumidores, negocios y trabajadores, y por ser como un concierto de rock en el que el artista da un show y no tiene mayor compromiso con sus espectadores después de él. En esta economía, como si se tratara de una lucha de clases 2.0., las clases medias y altas usan apps para comprar servicios, pero esos servicios son los mismos sujetos precarizados que operan la tecnología y producen los algoritmos que aquellos adquieres; esto constituye una paradoja porque los sujetos-servicio son también los sujetos-trabajadores.

Además de estos dos elementos, yo agregaría dos más que tienen que ver con la exaltación y glamurización mediáticas de estilos de vida violentos y de formas de ser hombre (masculinidades) depredadoras y nocivas. El consumo digital ético debe reparar en la producción y patologización de subjetividades violentas para su criminalización y eventual conducción a momentos y prácticas de muerte; y la legitimación y glamurización de sujetos hiperviolentos, como son los narcos y otros sujetos similares. Respecto de la criminalización y patologización de subjetividades violentas, como las de los jóvenes pandilleros y los niños sicarios, a quienes las redes sociales les gusta linchar como si fueran artífices de su propio actuar sin mediación alguna de sus circunstancias económicas y sociales. En ves de llamar a la justicia y la atención de estos sectores, los medios recurren a una pedagogía de la crueldad en la que se promueve el odio y condena social y jurídica.

Sobre la legitimización de masculinidades violentas, cada vez más programas de televisión, películas, videojuegos, moda y diseño exaltan la violencia industrial, la subjetividad del Endriago y el necropoder. Las series de televisión que idealizan la vida de los narcontraficantes tales como Narcos, El señor de los cielos y diversas versiones de la vida del Chapo Guzmán son un claro ejemplo, lo mismo que películas como Barry Seal y los diferentes docudramas sobre la vida de Pablo Escobar. Los gánsteres y los sicarios se convierten en celebridades y por consiguiente, modelos a seguir. No se trata de no consumir estos productos, sino de adquirir conciencia de que los estilos de vida que promueven no pueden ser modelos a seguir y que han conducido a la muerte a miles de personas.

Esta perspectiva ética es clave si queremos entender las consecuencias e implicaciones sociales que tienen los medios digitales en la producción de sujetos sociales que se vuelven biopartes del engranaje neoliberal y ejecutores privados de la soberanía.


¹ Ariadna Estévez. Universidad Nacional Autónoma de México, Centro de Investigaciones sobre América del Norte. Doctora en Derechos Humanos (Sussex University, Inglaterra).

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