Notas sobre la actualidad de “El capitalismo como religión” de Walter Benjamin.

Por Micaela Cuesta¹.

La sociología, desde sus inicios, ha interrogado el vínculo entre capitalismo y religión. Lo
describió con distintos términos: alienación (Feuerbach), abstracción (Simmel), afinidad
electiva (Weber), “correspondencia estructural” de sus respectivas operaciones (Marx), entre los más significativos. Pero para esta ocasión quisiéramos interrogar la actualidad y el modo de esta articulación tal y como lo elaboró Walter Benjamin en un breve ensayo, de fecha incierta, titulado “El capitalismo como religión”.

I

Benjamin afirma: “el capitalismo es una pura religión de culto, quizás la más extrema que jamás haya existido. En él todo tiene significado de manera inmediata en relación al culto; no conoce ningún dogma especial, ninguna teología”. Comencemos por señalar los sentidos asociados a la dimensión cultual del capitalismo. Recordemos que, en Benjamin, en particular en “La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica” la gravitación de la obra de arte hacia el polo cultual en detrimento del polo exhibitivo –algo que muta con la reproducibilidad técnica, transformando su función y fundamento– operaba en el sentido de la realización de una función predominantemente mágica o religiosa. Luego, si la subordinación del valor cultual en la esfera artística en manos del exhibitivo –gracias a su reproductibilidad técnica– podía producir efectos democratizadores, en el sentido de avanzar sobre una práctica restringida a una elite, circunscripta a lo sagrado y, en cierto sentido, profanarla, ¿qué ocurre, nos preguntamos, cuando este valor ya no está subordinado sino que impregna transversalmente todas las prácticas culturales, políticas y económicas? ¿Qué sucede cuándo, como es el caso del capitalismo –y quizás más aún del neoliberalismo– todo asume la forma de un culto?

En la “religión capital”, el culto no reconoce ya instancia supra: se canoniza al individuo, se ritualiza el consumo, se sacraliza el dinero, se responsabiliza a cada quien de su suerte y destino. Si lo que caracterizaba a la dimensión cultual de una obra de arte era el “aquí y ahora” –su autenticidad y aura–, cuando llega al límite de la extenuación el carácter exhibitivo, sólo resta la pura sucesión de “aquí y ahora”, mutando, luego, su naturaleza. Siguiendo estos pastos, en las prácticas normadas por el capital ya no se dejan ver las marcas o índices de historicidad, por el contrario, cada momento devienen la superficie lisa de una serie indiferenciada de instantes. No hay experiencia allí impresa, ni memoria susceptible de ser narrada. Una suerte de disecación temporal inhibe la elaboración de narraciones colectivas; resta el puro ritual, la repetición mecánica y maquínica de un hacer que desconoce su sentido y orientación, la manifestación cruda –aunque opaca– de una violencia.

II

El segundo aspecto mítico estructural del capitalismo es definido por Benjamin con las siguientes palabras: “El capitalismo es la celebración de un culto ‘sans [t]rêve et sans merci’. No hay ningún ‘día de semana’ que no sea festivo en el pavoroso sentido del despliegue de toda su pompa sagrada”. Sin tregua (sin sueños) y sin misericordia, la lógica del capital avanza incluso sobre aquellos “días de semana” que deberían sustraerse a su imperio. Adorno y Horkheimer –antes también Sigfried Kracauer– habían dado cuenta ya en su Dialéctica del iluminismo de los mecanismos a través de los cuales se “racionalizaba” el placer, se lo administraba de modo tal de nunca dejar de disciplinar al trabajador. Los sueños consumidos por la masa de empleados y obreros consumían sus posibilidades de generar otros, distintos, capaces de conducirlos a la transformación de sus condiciones de existencia. La fuga hacia las imágenes y el encandilamiento causado por el brillo del espectáculo –decían– los fugaba del único punto desde el cual poder fundar su resistencia y emancipación. La indistinción entre tiempo libre, ocio y trabajo descrita por estos autores, parece también ser subrayada en este texto benjaminiano.

Esta misma tendencia inscripta en el capitalismo industrial no hizo más que agudizarse bajo el capitalismo “post industrial” neoliberal. En el mundo flexible y flexibilizado en el que vivimos, lo que se valora, como demostraron Boltanski y Chiapello es la pura “actividad”, así, sin más. Mostrarse activo, ocupado, en movimiento, no importa en qué, ni bajo qué condiciones, ni cómo (si asalariado o voluntario, si vocacional o no, si productivo o improductivo). Esta actividad sin pausa ni descanso, sin gracia, torna casi imposible diferenciar entre aquellas prácticas que interrumpen la reproducción de la violencia del sistema, y aquellas otras que, en cambio, se realizan siguiendo el mandato de “invertir” en nuestras destrezas para valorizarnos en un mercado que casi no conoce fronteras.

III

“Ese culto es, en tercer lugar, gravoso. El capitalismo es, presumiblemente, el primer caso de un culto que no expía la culpa, sino que la engendra”. Recordemos que en alemán el vocablo “Schuld” [culpa] significa también deuda. Benjamin juega con esta “ambigüedad demoníaca” que encuentra un antecedente insoslayable en el “Tratado segundo: «culpa», «mala conciencia» y similares” de La genealogía de la moral de Friedrich Nietzsche. Allí Nietzsche evidencia el origen genealógico de la conciencia (moral) de la culpa: ella proviene del concepto material de tener deudas y encuentra su campo de emergencia en la relación contractual entre acreedor y deudor. La culpa se vincula con un perjuicio cuya compensación/expiación es siempre inconmensurable.

En el capitalismo que Benjamin analiza y, todavía más en el actual, universalización de la culpa, imposibilidad de expiación y desesperanza, pulsan el ritmo de este culto sin dogma. Con el fin de la escatología, entendida como una instancia inaudita que redime y salva, el estrechamiento del mundo devino un ambiente irrespirable. En un mundo financiarizado, la deuda funciona como combustible del sistema. A nivel individual, bajo el ropaje de la culpa, ella obliga a trabajar más y más para nunca poder ser saldada; a nivel de los Estado- nación somete a los deudores –no a todos, en especial a los periféricos en relación a los centros de poder– a seguir las reglas de las agencias acreedoras de deuda. En ambos casos, aún con diferencias insoslayables, lo que se duplica es la opresión y la continuidad de las medidas y prácticas que perpetúan al sistema.

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IV

Un último rasgo señala Benjamin “su Dios debe ser mantenido oculto”. Al igual que toda ideología, la del capitalismo debe su eficacia al carácter ininteligible de sus mecanismos. Eficacia que se refuerza en su faz contemporánea toda vez que el capitalismo se autoproclama más allá de toda ideología y allende toda mistificación. Hoy colaboran en esta opacidad dos procesos desarrollados por autores contemporáneos: en primer lugar, la incorporación de elementos de la “crítica artística” (reivindicación de autonomía y creatividad) a la valorización del capital –según afirman Boltanski y Chiapello–; e institucionalización de la autorrealización individual como exigencia de mercado, en la perspectiva de Axel Honneth.

Quizás podemos hacer dialogar este rasgo con el señalado en el primer apartado: el capitalismo como culto sin dogma. Si en el capitalismo industrial el Dios –su dogma– podía aparecer bajo la idea de progreso, la creencia en que industria, conocimiento y desarrollo en su traducción a crecimiento, técnica y tecnología, traerían bienestar a todos los sectores, generando mayor igualdad y justicia social; en el momento presente del capital ya no hay Dios ni dogma. El culto ininterrumpido al capital, la repetición sin pausa de un ritual al que se le ha sustraído la meta, la destrucción del dogma y el carácter no expiatorio del mismo, son sus fenómenos significantes recursivos.

El capitalismo se presenta como único modo de vida posible e imaginable. De allí su carácter post utópico. Sin enemigo inmediato y visible luego de la caída del muro de Berlín, construye blancos difusos y descarga su furia contra las víctimas de su propio sistema: desclasados, pauperizados, inmigrantes, refugiados. No siendo ninguno de ellos merecedores de gracias, cada uno “tiene lo que se merece”. La culpabilización, seguida de la auto-rresponsabilización de la suerte de cada quien, opera a niveles insospechados en este capitalismo “parásito del cristianismo” que Benajmin avizoró con agudeza a comienzos del siglo pasado y cuyas tendencias no hacen más que profundizarse.

V

Un último tópico sobre el modo en que el capitalismo refuerza su potencia simbólica y práctica emerge del fragmento de Benjamin: la relación entre sufrimiento, felicidad y narrativas “redentoras”. La tarea de postular en una serie de máximas –más o menos explícitas– los caminos que, evitándonos el sufrimiento, nos conducirían a la “felicidad” es, en la actualidad, desarrollada por el capitalismo con las fuerzas que extrae de la vacancia de la religión. Así, según el autor: “el capitalismo sirve esencialmente a la satisfacción de los mismos cuidados, tormentos y desasosiegos a los que antaño solían dar una respuesta las llamadas religiones”. Sólo que lo hace, como ya señalamos, de un modo, en apariencia, no mistificado.

El capitalismo, como la religión, es una máquina de producir interpretaciones de potencia inabarcable, de establecer sentidos autoevidentes, de erigir principios y normas prácticas que operan, al decir de Benjamin, como autómatas, verdaderos habitus. Él, en su amplia gama de matices, se encarga no sólo de ofrecer caminos hacia la “felicidad” sino de administrarlos. Estos caminos hacia una felicidad administrada se multiplican con la misma rapidez con la que el capitalismo, como horizonte pretendidamente absoluto de la experiencia colectiva, suscita preocupaciones o penurias. Ellas, sostiene Benjamin, “son el índice de la conciencia de culpa de esta falta de recursos […] a nivel comunitario, no ya individual”. Las preocupaciones emergen del miedo o, mejor, de la desazón ante la ausencia, podríamos decir hoy, de una imaginación de futuro comunitaria capaz de orientarnos en la construcción de lazos sociales más solidarios y menos injustos entre los hombres.

Este desamparo, no obstante, llevó al mismo Benjamin a ensayar una respuesta: “En el ser de este movimiento religioso, que es el capitalismo, reside la perseverancia hasta el final, hasta la completa inculpación de Dios, el estado de desesperación mundial en el que se deposita justamente la esperanza”. Palabras que re versionan el transitado pasaje de Las afinidades electivas de Goethe: “Sólo por mor de los desesperados nos ha sido dada la esperanza”. Sólo en virtud de ellos (y de ella) puede la práctica política disputar un lugar y producir una diferencia en este mundo.


¹ Micaela Cuesta. Doctora en Cs. Sociales (UBA) y Magister en “Comunicación y cultura” (UBA). Actualmente desarrolla sus actividades de investigación y docencia en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) y en el Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES, UNSAM).

Referencias:

BENJAMIN BENJAMIN, Walter. “El capitalismo como religión”. Trad., notas y comentario de Enrique Foffani y Juan Antonio Ennis, Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (IdIHCS) UNLP-CONICET [Online: https://goo.gl/02g7CQ%5D.
BENJAMIN, Walter: “El capitalismo como religión”. Op. cit..
Nos referimos a Kracauer, Sigfied, Los empleados, Barcelona: Gedisa, 2008.
BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Éve, “La formación de la ciudad por proyectos”, en El nuevo espíritu del capitalismo, Madrid, Akal, 2010.
BENJAMIN, Walter: “El capitalismo como religión”. Op. cit..
BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Éve, op. Cit.
HONNETH, Axel, “Realización organizada de sí mismo. Paradojas de la individualización” en Crítica del agravio moral. Patologías de la sociedad contemporánea. Buenos Aires: FCE, 2009
BENJAMIN, Walter. “El capitalismo como religión”. Op. cit.
BENJAMIN, Walter. “El capitalismo como religión”. Op. cit.
BENJAMIN, Walter. “El capitalismo como religión”. Op. cit.
BENJAMIN, Walter. “Las afinidades electivas de Goethe”, en Obras. Trad. Alfredo Brotons Muñoz, Madrid: Adaba, 2006. Libro I. Vol. I. Pág. 216.

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