España y Teruel: cruce de caminos a nivel trasatlántico.

Por David Alegre Lorenz¹.

En tanto que realidad político-cultural, los territorios que hoy en día componen lo que conocemos como España tuvieron y tienen una dimensión transatlántica innegable, ya sea por su particular posición geoestratégica, volcados al océano; por determinadas decisiones puntuales; o también por los caprichos de la contingencia. Así pues, la Península Ibérica ha sido uno de esos escenarios que a modo de metáfora denominaríamos cruce de caminos, por la gran cantidad de procesos históricos que han confluido en ella, pero también por los múltiples virajes que la historia ha experimentado en o a partir de unas tierras a caballo entre Europa, África y América. Es a partir de aquí que podemos explicar el carácter universal de la cultura hispánica, y no lo digo ni mucho menos en un sentido nacionalista o esencialista, sino valorando la proyección real que esta ha tenido y tiene en el mundo a nivel político-cultural.

Muchas de las razones de dicha influencia son de sobra conocidas, y buena parte de ellas tienen que ver con la historia de guerra y expansión feudal de los condados y reinos cristianos septentrionales sobre la parte sur de la Península Ibérica, dominada por diferentes poderes musulmanes desde principios del siglo VIII hasta finales del XV. De algún modo, esa política expansionista de las coronas cristianas peninsulares tuvo continuidad tanto en el Mediterráneo, a manos de la Corona de Aragón, como en la América central y meridional, por iniciativa de Castilla y Portugal. En torno a estos hechos y a los conflictos europeos por la hegemonía continental que tuvieron lugar entre los siglos XVI y XVII, acompañados por las violencias de todo tipo, las disputas religiosas y la lucha político-cultural por la legitimidad, se generaron toda una serie de mitos y leyendas que más tarde serían destilados y explotados en plena época romántica durante el siglo XIX. En muchos casos, la España decimonónica acabó por convertirse en un paradigma del atraso y el exotismo, un país donde el tiempo parecía haberse congelado. Aquí encuentra su sentido el tremendo poder de atracción de la España contemporánea como destino de turistas, intelectuales y hombres de cultura de diferentes lugares del orbe.

Sin embargo, muchos de esos relatos, como la llamada leyenda negra, han sido ampliamente debatidos y puestos en cuestión por la historiografía. Hoy en día, los historiadores e historiadoras españolas nos batimos con más o menos éxito para demostrar que la historia de las tierras peninsulares no es tan diferente a la del resto del continente, algo que se impone por la evidente continuidad territorial y los contactos constantes que las mantenían y las mantienen unidas a este. Sin embargo, existe una opinión pública y un sector muy visible de la intelectualidad española que insiste en destacar muchos de los mitos que giran en torno al carácter de los españoles y su pasado, como por ejemplo el de su supuesta naturaleza inherentemente fratricida. El mejor representante de esta corriente, y que además hace fortuna como creador de opinión, es sin duda alguna Arturo Pérez-Reverte. No obstante, si en algún momento se hizo evidente la brecha entre España y Europa fue a partir del año 1945, cuando la derrota militar de los fascismos europeos no tuvo su correlato en ninguno de los dos países peninsulares, que aún habrían de sufrir sendas dictaduras durante tres décadas más. Hasta ese momento las guerras civiles, acompañadas de tasas de violencia cada vez mayores contra la población civil, habían sido una realidad intermitente pero omnipresente en todo el continente, con un momento clave en la década de los 70 del siglo XIX marcado por la Comuna de París y la salvaje represión militar contra los revolucionarios o la última guerra carlista y el aplastamiento del cantonalismo en España (Canal, 2012). A partir del periodo final de la Gran Guerra los conflictos internos de distinta intensidad acabaron por formar parte del horizonte experiencial de los europeos, con periodos de paz más o menos largos entre medio, pero llegando a caracterizar la vida de las sociedades continentales durante ciertos periodos y, también, contribuyendo de forma decisiva a dar forma a nuestras sociedades e instituciones actuales. De hecho, en algunos escenarios de Europa oriental o en Grecia los conflictos derivados de la Segunda Guerra Mundial se dejaron sentir con fuerza en forma de guerras civiles hasta finales de los años 40. Así lo intentamos demostrar con diferentes iniciativas científicas de alcance internacional que han tenido como plasmación obras colectivas ya publicadas y otras que están por venir (Rodrigo, 2014; Alegre, Alonso y Rodrigo, 2018). En este sentido, hasta 1945, con sus propios tempos y particularidades el país peninsular había pasado por procesos de modernización político-social, por el ascenso de las masas y por implantación del capitalismo de un modo muy similar a muchos países de su entorno (Santirso, 2008).

Sin embargo, como decía, la española (pre-española, si pensamos en el periodo anterior al surgimiento de las narrativas nacionalistas en el siglo XIX) es una historia transatlántica en todos los sentidos. Esto se pone de manifiesto en la particular posición política de algunos países mediterráneos como Portugal, España y Grecia durante la Guerra Fría, que tuvo mucho que ver con las políticas de contención de la amenaza comunista por parte de los Estados Unidos hasta bien entrados los años 80. Y aquí vuelven a entrar en escena los lazos que unen al conjunto de Iberoamérica, muy evidentes en el siglo XIX, y con paralelismos y procesos político-sociales similares o compartidos a ambos lados del Atlántico en la segunda mitad del siglo XX. Durante este periodo, la España franquista llegaría a ser un referente político-cultural más que evidente en la creación y ordenación de la amplia red de dictaduras del Cono Sur latinoamericano, por mucho que sus tácticas contrainsurgentes vinieran inspiradas por las más modernas experiencias francesas y estadounidenses y el apoyo logístico financiero procediera de Washington. Desde el otro lado del Atlántico se alargaba la sombra del caudillo militar como garante de las esencias patrias, el catolicismo como ordenador de la vida en comunidad y la violencia como instrumento para la supresión de la amenaza revolucionaria y la resolución de los conflictos sociales. En este marco histórico-temporal tuvo lugar el establecimiento de la dictadura de Stroessner en Paraguay en 1954, favorecido por una fuerte violencia contrarrevolucionaria y un golpe de estado; la sucesión de golpes de estado cívico-militares en Argentina desde 1955, que culminaría con el establecimiento de la dictadura autodenominada como Proceso de Reorganización Nacional, impulsada y gobernada por los militares entre 1976 y 1983; la dictadura militar brasileña implantada en 1964, que se extendería hasta 1985; los diversos gobiernos militares de Bolivia y sus conflictos internos entre 1964 y 1982; el golpe de estado de 1973 y la posterior represión puestos en marcha por el comandante en jefe del ejército Augusto Pinochet o, también, el surgimiento en paralelo de la dictadura cívico-militar que rigió los destinos de Uruguay entre 1973-1985.

Así pues, esta larga disquisición previa tiene por fin entender no ya solo qué hizo de la guerra civil –a priori un simple conflicto doméstico en un país pobre y periférico respecto a las principales cancillerías– un enfrentamiento con un seguimiento universal y una implicación internacional sin precedentes, sino también indagar en las causas de su impacto mediático-cultural muchos años después de finalizada. En ello tuvo mucho que ver esa posición de España como cruce de caminos, pero no menos el desarrollo de los acontecimientos en un continente donde la izquierda revolucionaria y la democracia habían sido progresivamente desmanteladas desde principios de los años 20 sin apenas oposición. Cuando estalló el golpe de estado de julio del 36, la experiencia hacía que todos los actores supieran lo que estaba en juego e intuyeran lo que podía pasar, de ahí la respuesta contundente de las clases populares y las organizaciones político-sindicales ante el intento de los militares y sus apoyos políticos por tomar el poder en toda España durante el día 18 y sucesivos. Esto mismo es lo que hizo posible que la batalla de Teruel, ocurrida en un entorno particularmente aislado de la península, intrascendente desde el punto de vista estratégico-económico, acabara siendo el acontecimiento militar decisivo de la guerra civil y alcanzara una repercusión mediática mundial.

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Todo lo dicho queda bien probado por la presencia y el papel de individuos como Harold Kim Philby en el entorno de la capital del Aragón meridional durante aquellos fatídicos días del invierno de 1937-1938. Este agente doble de origen británico, que trabajaba para los servicios secretos británicos y soviéticos bajo el paraguas de las crónicas favorables al bando sublevado que publicaba como corresponsal del The Times, estuvo a punto de morir la tarde-noche del 31 de diciembre de 1937, cuando el avance imparable de las tropas sublevadas hacía presagiar que la recuperación de la plaza sitiada por los republicanos tendría lugar al día siguiente. La historia de la guerra civil española no habría sido la misma si los insurgentes hubieran entrado esa misma Nochevieja en una ciudad que había quedado prácticamente desguarnecida ante la desbandada y el pánico que cundió entre las tropas republicanas.

Pues bien, esa misma tarde un exceso de confianza de las autoridades golpistas hizo posible que el propio Philby y otros tres periodistas angloamericanos, Edward J. Neil, Bradish Johnson y Ernest Sheepshank, que cubrían la guerra en el lado sublevado para Associated Press, la revista Newsweek y Reuters, fueran autorizados bajar de Cerro Gordo a la primera línea de combate, entre Caudé y Concud. Desde el principio de la batalla de Teruel aquella zona del frente, situada unos diez kilómetros al noroeste de la capital, se había convertido en uno de los escenarios más disputados, con concentraciones de fuego muy densas y gran cantidad de bajas por ambos lados. De ahí que no resulte sorprende que un obús caído a un metro del coche en el que se desplazaban los corresponsales descargara su metralla sobre el utilitario, matando al instante a Johnson; hiriendo de suma gravedad a Neil y a Sheepshank, que morirían con pocas horas de diferencia tras ser evacuados; y causando algunos rasguños superficiales a Philby en la cabeza, que se salvó de forma milagrosa. Como bien apunta Vicente Aupí, el conflicto español en tanto que guerra total con una amplia cobertura internacional introdujo al enviado especial o al reportero de guerra en una nueva dimensión, y fue justamente en ese decisivo 31 de diciembre cuando se pusieron de manifiesto los peligros a los que se expondrían a partir de entonces en su afán por cubrir las noticias al pie del terreno.

Efectivamente, Teruel fue una hito puntual pero importante en la larga historia de la guerra por muy diversas razones, sobre todo porque fue allí donde la guerra civil devino total, con la movilización de todos los recursos humanos y materiales, la búsqueda de la derrota incondicional del enemigo, la conversión del civil en enemigo y el desprecio por las condiciones meteorológicas. Aquella minúscula ciudad de provincias fue el centro del mundo durante nueve semanas, observado por los militares de ambos lados del Atlántico como un laboratorio de pruebas de cara a una guerra europea que se prefiguraba en el horizonte y por los líderes políticos como el enésimo escenario donde se dirimía la lucha entre revolución y contrarrevolución. Allí decantó el bando sublevado a su favor la guerra civil española de forma definitiva. A pesar de que aún quedaban por delante once meses de guerra las fuerzas republicanas nunca volvieron a recuperarse de lo que fue una batalla de desgaste clásica agravada por un invierno sin precedentes. El propio Franco lo tenía muy claro, y así lo hizo saber en la ceremonia de entrega de condecoraciones del 2 de marzo donde Philby recibió la Cruz al Mérito Militar por sus servicios a favor de la causa rebelde: «La guerra está ganada. La victoria en Teruel ha sido una demostración de la superioridad tecnológica, militar y material del ejército nacional. Los rojos han sido derrotados en un terreno que ellos mismos habían escogido y en el que habían acumulado todos los hombres y materiales a su disposición» (Aupí, 2017: 168). Sin embargo, lejos de la fría visión racional y triunfalista de lo acontecido al sur de Aragón nos encontramos con el testimonio del enviado francés Bertrand de Jouvenel el día 6 de enero, muy poco antes de rendirse los últimos reductos sublevados en el interior de la ciudad. Este reflejó una realidad de la guerra a sus lectores del Paris-Soir y Candide con la que se debieron de identificar muchos veteranos franceses de la Gran Guerra: «¿Con qué voy a escribir mi artículo? […] Estamos en la batalla más importante de la guerra y no vemos nada. ¡Qué ironía! […] La guerra moderna no es ya una lucha pintoresca, sino de hombres pequeños y perdidos, que sin ver nada esperan su destino» (Bocanegra, 2017).

La imagen no podía ser más plástica: en ese tipo de guerra la diferencia entre la vida y la muerte ya no dependía tanto de la costumbre o la habilidad de los combatientes y los civiles como de la estadística y la contingencia, es decir, de la suerte. El combatiente era un ser indefenso, aislado y la mayor parte de las veces aterrorizado, carente de cualquier conocimiento sobre la situación general. Así pues, como en tantos otros casos antes o después, la guerra pasó como un vendaval dejando miles de muertos de ambos bandos y de diferentes procedencias abandonados para siempre en fosas comunes y brechas naturales del paisaje estepario e irregular del sur de la provincia turolense. En los meses y años siguientes la guerra entre revolución y contrarrevolución se desplazaría a nuevos escenarios, y durante un tiempo pareció que iba a decantarse a favor de los partidarios de la segunda. Sin embargo, Teruel y los pueblos que sufrieron la batalla quedaron sumidos en el silencio y el terror de una posguerra atroz y en el abandono al que fue sometida toda la España rural a manos del régimen, que hicieron de la vida en el campo una constante lucha por la supervivencia. Empujadas prácticamente a la extinción, las tierras turolenses quedaron cubiertas por el tupido velo de un olvido tan solo roto de vez en cuando por la prensa del franquismo al celebrar sus efemérides, por los historiadores que hemos dado cuenta de lo ocurrido allí y por una ciudadanía que no se ha resignado nunca a ver morir su lugar en el mundo.


¹ David Alegre Lorenz. Doctor Europeo en Historia Comparada, Política y Social por la Universitat Autònoma de Barcelona y desde el año 2014 es coeditor de la Revista Universitaria de Historia Militar.

Referencias:
Alegre, D., Alonso. M., y Rodrigo, J. (2018): Europa desgarrada: guerra, ocupación y violencia, 1900-1950. Zaragoza. Prensas de la Universidad de Zaragoza.
Aupí, V. (2017): Crónicas de fuego y nieve. La Guerra Civil Española y los corresponsales internacionales en la Batalla de Teruel. Teruel. Dobleuve Comunicación.
Bocanegra, E. (2017): Un espía en la trinchera: Kim Philby en la Guerra Civil española. Barcelona. Busquets [edición electrónica].
Canal, J. (2012): “Guerras civiles en Europa en el siglo XIX o guerra civil europea”, en Canal J. & González Calleja, E.: Guerras civiles. Una clave para entender la Europa de los siglos XIX y XX. Madrid. Casa de Velázquez.
Rodrigo, J. (2014): Políticas de la violencia: Europa, siglo XX. Zaragoza. Prensas Universitarias de Zaragoza.
Santirso, M. (2008): Progreso y libertad: España en la Europa liberal (1830-1870). Barcelona, Ariel.

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