Las mujeres durante el Franquismo

Por Dra. Isabel Pérez Molina¹.

La II República representó para las mujeres un cambio lleno de esperanza. Con espíritu transformador, los gobiernos republicanos de centro-izquierda aprobaron el principio de igualdad de género en la constitución, el matrimonio civil fundado en la igualdad entre los sexos, la igualdad en la familia, el divorcio, que muchas mujeres tramitaron, la protección de la maternidad, el derecho de las mujeres al trabajo remunerado, etc. Todos estos cambios se verían frustrados con el franquismo, que supuso un importante retroceso para las mujeres en todos los aspectos de sus vidas justo cuando empezaban a vislumbrar nuevos horizontes.

Con el franquismo se instaura una dictadura de carácter nacional-católico con estética fascista. Las mujeres fueron de nuevo recluidas dentro del hogar, pues se consideraba que esta era la esfera apropiada para ellas, limitándose su rol al de esposas y madres. La política de género se asimila a la de los estados fascistas como Italia y Alemania, aunque con una impregnación religiosa más considerable. No hubo ningún inconveniente en transformar el lema nazi “kinder, küche, kirche” en “casa, cocina, calceta” y aplicarlo a la realidad española.

De esta manera, y siguiendo esta misma línea de encuadramiento ideológico, se estableció una organización específica para mujeres, la Sección Femenina, dependiente de Falange y liderada por Pilar Primo de Rivera, que estuvo a cargo de adoctrinar a las mujeres en su papel subordinado en la sociedad ideal del régimen dictatorial. A través de la Sección Femenina, las mujeres hacían un curso llamado “servicio social”, que incluía aprender a coser o aprender labores relacionadas con el trabajo doméstico, al tiempo que significaba una prestación de trabajo gratuito, por lo general durante seis meses. Las mujeres solteras necesitaban tener el “servicio social” para poder trabajar, para poder acceder a un certificado de estudios o al carnet de conducir, o para tener un pasaporte. Esta institución también se encargaba de instruir a las mujeres dentro de la ideología del régimen. Con el tiempo, Acción Católica competiría con la Sección Femenina en el logro de este objetivo, aunque no pretendió organizar a las masas como hacía ésta y reclutaba sobre todo mujeres de clase alta, aunque no exclusivamente. El modelo educativo del régimen franquista se atenía a esta orientación, articulándose para la “misión patriótica” de las mujeres en el hogar, y es por ello que las propias autoridades educativas señalaron en ocasiones que las mujeres no deberían tener estudios universitarios excepto en casos muy excepcionales. Como corolario, las cifras de analfabetismo femenino fueron mucho más altas que las del masculino, particularmente en las zonas rurales, ya que si alguien tenía que estudiar, se daba preferencia al niño.

El franquismo restituyó el código civil de 1889, que mantenía a las mujeres en una situación de tutela y subordinación, la cual se mantuvo en reformas y leyes posteriores, como la ley de 24 de abril de 1958. Las mujeres, particularmente las casadas, eran tratadas como menores de edad permanentes, estaban bajo la autoridad de sus maridos, a quienes debían obediencia, estaban obligadas a seguir la residencia y la nacionalidad del marido, y no eran tutoras legales, con plena custodia de sus hijos, a menos que hubiesen enviudado. Aún en este caso, hasta 1958, si la viuda se volvía a casar, perdía la custodia, a no ser que el marido difunto hubiera dispuesto lo contrario en su testamento. Las mujeres casadas no podían contratar sin permiso del marido, y, en este sentido, el código civil equipara las mujeres a los locos o dementes y a los menores de edad. Necesitaban el permiso del marido para trabajar, para ejercer el comercio, para hacer trámites oficiales, para hacer contratos de compra-venta o asumir cualquier otro tipo de contrato comercial, para tener una cuenta bancaria. El marido era el administrador de los bienes de sus esposas y éstas no podían disponer de ellos sin su permiso. A partir de 1958, los maridos no podían vender o alienar los bienes matrimoniales sin el consentimiento de ésta, la cual podía administrar sus bienes parafernales necesitando “autorización judicial para los actos que excedan de la administración ordinaria”. Por otro lado, las mujeres solteras debían permanecer en la casa paterna a pesar de haber cumplido mayoría de edad (a los 21 años a partir de 1943) y no podían marchar sin permiso paterno a no ser que se casaran, ingresaran en un convento o hubieran cumplido los 25 años. Este requisito de edad no fue abolido e igualado a los hombres hasta 1972.

Esta sumisión de la mujer al marido fué reforzada por la jerarquía eclesiástica católica, que afirmaba, de igual manera que el fascismo de Falange, que la sociedad y la familia eran naturalmente jerárquicas, y por ello el padre recibía la autoridad de Dios, mientras que la mujer y el resto de la familia debía obedecer. Este hecho se refleja en el matrimonio canónico, el único aceptado y legal, quedando el matrimonio civil solamente para quien demostrara documentalmente pertenecer a otra religión y no haber sido bautizado por la iglesia católica. Los matrimonios civiles de la época de la república fueron anulados y así mismo los divorcios, dándose la incongruencia de que los hijos e hijas nacidos de segundas nupcias civiles fueron considerados ilegítimos, y los cónyuges divorciados volvían a estar casados legalmente con su ex pareja si contrajeron matrimonio canónico.

Se reforzó una doble moral que controlaba la sexualidad de las mujeres y castigaba a las que tenían relaciones sexuales extramatrimoniales. Las mujeres casadas podían ser condenadas a prisión por adulterio, mientras que los hombres podían tener a la esposa y a la “fulana” sin grandes repercusiones. La moral cristiana nacionalcatólica prohibió los métodos anticonceptivos y el aborto, al tiempo que condenaba al oprobio a las mujeres solteras que tenían relaciones sexuales, sobre todo si se quedaban embarazadas. Las madres solteras quedaron en situación de marginalidad, como pecadoras y mujeres caídas.

Existían diversas formas de violencia simbólica contra las mujeres que no sólo estaban autorizadas por el régimen sino que formaban parte de su esencia, por lo que la violencia doméstica durante el franquismo estuvo muy extendida, pero nunca fue considerada un delito. Al contrario, las esposas podían ser penalizadas si abandonaban el hogar -frecuentemente a causa de maltrato- quedando privadas de ver a sus hijos e hijas a través la figura jurídica llamada “abandono del hogar”, que constituía delito. Así, las mujeres no podían denunciar la violencia de sus maridos pues se las podía culpabilizar de los hechos además de considerarse una parte de su propiedad, de aquí la recomendación de añadir la partícula “de” y el apellido del marido al nombre y apellido de la mujer.

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Esta doble moral se reforzó a partir de la creación en 1942 del Patronato de Protección a la Mujer, para “proteger la moralidad femenina” y “castigar la prostitución”, según su propio articulado. El patronato sirvió de arma de castigo hacia las mujeres, sobre todo jóvenes, que se salían del rol establecido, por ser rebeldes o familia de “rojos”, siendo encerradas en reformatorios o preventorios, donde sufrían vejaciones. La acusación de prostitución también se usaba, junto al hurto, como cargo contra mujeres republicanas, no reconociendo su carácter de presas políticas, sin olvidar que la falta de trabajo y el hambre, además de la falta de oportunidades -sobre todo para las republicanas- obligó a muchas mujeres a dedicarse a la prostitución para poder sobrevivir. Las mujeres republicanas sufrieron vejaciones, humillaciones y torturas diferenciadas con respecto a los hombres, como raparles el cabello o las violaciones. El psiquiatra del régimen, Antonio Vallejo Nágera, fue iniciador del plan de robo de niños y niñas de familias republicanas, principalmente los que las presas tenían en las cárceles y los de las mujeres de los presos, en este caso a través del Auxilio Social. Unos 30.000 niños y niñas fueron robados a sus madres republicanas.

Las razones ideológicas por las que se pretendía acentuar de nuevo la subordinación femenina reduciendo su ámbito al doméstico tenían también un trasfondo económico. Al terminar la guerra la situación económica en España era precaria y la política autárquica franquista no ayudó a mejorar las cosas, experimentándose durante la inmediata posguerra un brusco descenso de la renta per cápita y un nivel de producción agrícola e industrial inferior a los niveles de pre-guerra o de principios de la República e incluso anteriores a 1914. A partir de aquí podemos ver que las funciones a las que quedan relegadas las mujeres obedecen a intereses ideológicos con trasfondo económico que tienen como objetivo mantener la disciplina de la clase trabajadora. Relegar a las mujeres a las tareas domésticas “libera” puestos de trabajo para los hombres, al tiempo que se niega el derecho de las mujeres al trabajo remunerado, pasando a ser este secundario respecto al trabajo masculino, con el subterfugio de que el marido es el que sostiene a la familia aunque los bajos salarios obligaron a las mujeres a trabajar subsidiariamente. Por otra parte, la función femenina de reproducción de la fuerza de trabajo era alentada, como es típico en los fascismos, porque interesaba aumentar la población, de aquí los premios a la natalidad.

Esto significa que las mujeres tuvieron que trabajar en peores condiciones, generalmente en actividades poco cualificadas, mal retribuidas y etiquetadas como “femeninas”. Este hecho no era nuevo en la sociedad española, ni en las sociedades capitalistas en general, pero se agudizó de manera considerable, sobre todo en comparación con el periodo de la II República. Varias leyes y normativas, entre ellas el Fuero del Trabajo, tendieron a excluir a las mujeres del mercado laboral. No se trataba de un objetivo secundario, ya que en esta primera ley fundamental del régimen franquista, se indicaba que el estado “liberará a la mujer casada del taller y la fábrica”. La Ley de Subsidios Familiares (1938) y el Plus de Cargas Familiares (1945), era percibido por el marido en caso de que la mujer no trabajara y se introdujeron disposiciones directamente limitadoras del trabajo femenino, como las restricciones para la inscripción de mujeres en registros de colocación (1939), la necesidad del permiso del marido para que la mujer pudiera ser contratada o la posibilidad de que el marido percibiera su sueldo (1945).

Las mujeres prácticamente tenían que dejar el trabajo cuando se casaban a cambio de una pequeña indemnización que no desapareció hasta 1962. Hubo un buen número de puestos de trabajo que a las mujeres no se les permitió ocupar. Fueron expulsadas de diferentes sectores, particularmente en la administración pública, por ejemplo en el ministerio de Justicia, donde las mujeres no podían ser abogados del estado ni magistrados, entre otros. Sus sueldos representaban un 70% de los salarios masculinos para la misma categoría y trabajo, pero frecuentemente eran inferiores a este porcentaje. La dependencia marital se agravó a partir de leyes como la Ley de Contratos de Trabajo de 1944, que impuso a las mujeres casadas el permiso del marido para firmar un contrato de trabajo. También existía una cláusula por la que, para trabajar en los sectores industrial o comercial, una mujer tenía que probar que estaba vacunada y no padecía ninguna enfermedad contagiosa, una exigencia que no se pedía a los hombres. La población activa femenina se redujo drásticamente, concentrándose en las edades de 15 a 25 años, es decir, antes de casarse. La mayoría de las mujeres trabajaban en el servicio doméstico y en el comercio. Un número importante de mujeres clasificadas como “amas de casa” trabajaban en el hogar, haciendo labores por encargo en casa para alguna empresa, una tarea dura y mal remunerada. En el sector agrícola las mujeres trabajaban como siempre en todos los procesos agrícolas pero sólo figuraban como “amas de casa”. En el sector industrial predominaban en el sector textil. En el sector de servicios predominaban las dependientas de comercio y, con mayor cualificación, las maestras de primaria, con condiciones precarias. A pesar de que la ley de 22 de julio de 1961 y otras posteriores (1962 y 1970) abren perspectivas laborales a las mujeres, particularmente en la administración pública, éstas seguirán teniendo muchas limitaciones, como por ejemplo, la necesidad de la autorización marital, aún más expresa en esta ley.

A pesar de todos los problemas, las mujeres fueron protagonistas e incluso iniciaron y lideraron, al menos en un principio, protestas y reivindicaciones que en varias ocasiones supusieron un despertar de los movimientos de oposición al franquismo. Las primeras huelgas de la dictadura fueron protagonizadas por mujeres, como la huelga de la fábrica Bertrand y Serra de Manresa en 1946. También tuvieron un papel importante en las huelgas de 1962, por la paridad salarial y se integraron en organizaciones de oposición al franquismo como CCOO y el PCE. A principios de los años sesenta, mujeres del partido comunista iniciaron el Movimiento Democrático de Mujeres, que supuso el inicio de un movimiento feminista que culminaría en 1976 con las primeras “Jornades Catalanes de la Dona”.


¹ Isabel Pérez Molina. Licenciada en Historia Contemporánea por la Unv. de Barcelona, Máster en Historia de las Mujeres y Doctora en Historia Moderna por la Unv. de Barcelona.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:
MORCILLO GÓMEZ, Aurora. “Españolas con, contra, bajo, (d)el franquismo”, Revista Desacuerdos, nº 7, 2012, págs. 42.63.
NASH, Mary (Ed.). Represión, resistencias, memoria. Las mujeres bajo la dictadura franquista, Granada, 2013.

Un comentario en “Las mujeres durante el Franquismo

  1. Isabel, te felicito por este trabajo, voy a comprar el libro que entiendo ya has publicado, seguro que es interesante y aunque todo lo relacionado con la ll republica y como fue dinamitada por los fascistas y todas las barbaridades e injusticias que se llevaron a las mejores mujeres y hombres, y tantos inocentes, y que todavia arrastramos, me provoca siempre, entre otras emociones, dolor en el corazon

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