Las movilidades forzadas en América Latina: realidad y memoria.

Por Enrique Coraza de los Santos¹.

Introducción.

El presente texto es una recopilación de fragmentos de publicaciones derivadas de diversos trabajos de investigación desarrollados a lo largo de los últimos veinte años en diferentes contextos y referidos a caminos de ida y vuelta, sobre todo en la relación entre España y América Latina o entre regiones de esta porción del continente americano. Los casos de estudio, se refieren al exilio republicano español, en concreto en Uruguay en la segunda mitad del siglo XX, los exilios uruguayos del último cuarto del siglo pasado como parte de las dictaduras y terrorismos de Estado en el Cono Sur y, finalmente un tercer abordaje que son las migraciones forzadas actuales desde el norte de Centroamérica a México. Lo que une estos tres casos es la línea de las movilidades forzadas producidas por diferentes formas de violencia ya sea ejercida por el Estado –en forma de violación de los derechos humanos- como la perpetrada por particulares que, en estos primeros años del siglo XXI se ha convertido, a partir de la forma de violencia social a manos del crimen organizado, las maras, el narcotráfico o la delincuencia común, en el gran elemento causal para estas movilidades, sobre todo en Centroamérica.

Los exilios como mirada a la historia traumática reciente.

Entre aquellos y aquellas que trabajamos los exilios, especialmente los del Cono Sur, consideramos que éstos comienzan a formar parte de las memorias sociales o históricas de la Historia reciente de nuestros países. Sin embargo, también reconocemos que, además de seguir profundizando en su estudio, es necesario dar un paso más allá y comenzar a verlos en una dimensión comparativa, tanto a nivel sincrónico como diacrónico.
A lo largo del siglo XX los movimientos de población entre Europa en general, España en particular y América han sido, y siguen siendo, constantes. Lo que durante buena parte de este siglo se dio con destino a América a fines del mismo, a partir del último cuarto y con fuerza en su última década, se invirtió, y se dirigió hacia Europa y España. Hoy, con nuevos procesos económicos y políticos, especialmente a partir de la crisis global desatada en 2008, nuevamente los flujos se invierten, y desde Europa en general, pero especialmente desde España, nuevamente mira hacia América y nuevos contingentes llegan a Argentina, México, Brasil, Colombia, Panamá y en mayor o menor medida en una buena parte de los países del sub continente. Estos contactos entre personas generaron y siguen generando un amplio capital humano, real y simbólico que se integra y forma parte de un conjunto de relaciones históricas. A su vez, este capital no es algo inmóvil, sino todo lo contrario, es de un gran dinamismo, es cambiante, se alimenta y retroalimente en forma permanente y sostenida aumentando su valor real y potencial. El mismo, se puede ver como un conjunto de recursos que pasan de lo potencial a lo funcional cuando se convierte en objeto de una estrategia para conseguir una serie de fines.

Dentro de los recursos generados hemos hecho hincapié en la generación de una serie de redes que son las que han mantenido y mantienen vivo ese capital, es como un gran puente que une el presente con el pasado.
Analizando los casos particulares de los exilios se pueden observar una serie de elementos comunes que en algunos casos conscientemente, y en otros de forma inconsciente establecen ciertas lógicas que han perdurado en el tiempo más allá de los espacios concretos, es más desconociendo los viejos paradigmas de circunscripción como pueden ser las concepciones de límite, frontera o estado-nación.

Una mirada histórica a las movilidades forzadas en América Latina.

Si observamos la historia del siglo XX en América Latina, podemos considerarla como el siglo de los exilios, pensando tanto en términos de recepción como producción de movilidades forzadas. El siglo XIX, habría sido el de los desplazamientos forzados debido a las consecuencias de las revoluciones independentistas y la consolidación del estado nación que, en algunos países, se puede extender hasta las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, se pueden observar algunas diferencias, mientras en el siglo XIX, cierto tipo de movilidades como los exilios (como fenómeno de exclusión política) afectaron a personas reconocidas y reconocibles dentro de los liderazgos, sobre todo políticos (Roniger y Sznajder, 2008), en el siglo XX, las violencias y amenazas afectaron a porciones importantes de las poblaciones de los países, transformando las movilidades forzadas (sobre todo exilios y migraciones) en fenómenos masivos, los más importantes dentro de sus historias políticas y sociales.

La realidad hoy, es que los cambios socio económicos, medio ambientales y políticos completan un panorama de aumento de las vulnerabilidades sobre las personas, haciendo que las movilidades forzadas no sólo se mantengan, sino que aumenten, tanto en diversidad como en complejidad. Esta característica, hace que mirar las movilidades forzadas no sea un tema solamente del pasado, sino también, del presente por lo que, analizar comparativamente pasado y presente de estas movilidades, se convierte en un punto central para comprenderlas y explicarlas.
En términos de recepción de grandes grupos de migrantes forzados extra continentales América Latina fue protagonista de uno de los exilios considerados como paradigmáticos, el de los republicanos españoles y, en cierta medida sigue siéndolo a tal punto que no ha permitido ver otras experiencias exiliares. Una de ellas, es la judía que, en países como México, ha llevado a que la investigadora Daniela Gleizer (2011) las denomine como el “exilio incómodo”.
En términos de exilios, las sociedades latinoamericanas vivieron casos significativos en la segunda mitad del siglo XX como los provocados por las dictaduras asociadas a la Doctrina de la Seguridad Nacional que revistieron formas represivas de “terrorismo de estado” y que afectaron, sobre todo a Sudamérica. En las décadas siguientes, conflictos, armados como el colombiano, provocaron el mayor desplazamiento interno forzado de toda la historia de ese país. Algo similar había ocurrido en Perú, como consecuencia de la violencia política, sobre todo durante el período autoritario y dictatorial de la presidencia de Alberto Fujimori (1990-2000). En los países centroamericanos, también tenemos ejemplos de desplazamientos internos, durante buena parte del siglo XX, resultado de la industria extractiva de productos tropicales de las empresas de origen estadounidense con algunos casos de exilios, como durante la denominada “Guerra del Fútbol” entre Honduras y El Salvador (1969). Pero, los hechos que más desplazamientos produjeron en Centroamérica, fueron los conflictos armados y las guerras civiles de las últimas décadas del pasado siglo, a veces en forma de desplazamientos forzados, y otras de exilios.

Actualmente, si seguimos esta mirada sobre las consecuencias de las violencias, asistimos a nuevas formas de migración forzada, sobre todo desde Honduras, El Salvador y Guatemala, como resultado de un clima generalizado de inseguridad pública y ciudadana asociada a múltiples motivos, pero sobre todo a la acción de las pandillas, las maras y el crimen organizado. Asimismo, es importante la acción del estado, o más bien la omisión al no generar las condiciones para que las personas encuentren mecanismos de defensa o de seguridad que garantice sus derechos, desde los más básicos, como el de la vida, hasta otros, como la dignidad y el acceso a oportunidades de vida de las personas. Hoy, asistimos a una complejidad mayor respecto a las movilidades, resultado de la suma de vulnerabilidades, apareciendo actores, públicos o privados, factores de violencia estructural y simbólica tanto en el origen, en el tránsito, en el destino y hasta en el retorno. De esta forma, encontramos aspectos asociados a la pobreza, la falta de oportunidades, la discriminación, el machismo, la homofobia y otras lacras sociales que afectan a colectivos como las mujeres, los pueblos originarios o quienes están dentro del abanico de la diversidad sexual. Así, podemos observar y determinar, que un acto violento representa el desencadenante final que puede llegar a motivar la salida en los términos que definimos como forzada, pero, los demás elementos que conforman su entorno personal, grupal, barrial, social en general, también pueden llegar a ser disparadores de otro tipo de movilidades.
Igualmente, hoy América Latina vuelve a ser destino de movilidades forzadas extra continentales, tanto bajo modalidades de tránsito hacia el norte, como de destino, dados los cambios en las políticas migratorias, sobre todo en Estados Unidos. Así, observamos colectivos de haitianos o de personas que llegan desde diferentes países de África o incluso, Siria.

 

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Militares argentinos en una acción represiva. Tucumán, 1975

 

La memoria como derecho.

Una situación de movilidad forzada representa un fenómeno de exclusión (Gatica, 2015) que, a su vez, genera múltiples sentimientos asociados al despojo, a enfrentar y vivir con el hecho de haberse visto obligado u obligada a salir para salvar la vida o evitar una afectación a la integridad física, tanto personal como familiar, es decir de aquellas personas que pueden conformar su entorno afectivo o relacional. Cuando hablamos de exclusión, no sólo nos referimos a los casos donde esto se ha producido en un contexto de violencia política y por tanto se puede hablar de exclusión en términos de ciudadanía, de participación política, sindical o social en procesos de oposición, resistencia o transformación. Sino que, toda forma de migración forzada excluye a las personas de sus lugares de pertenencia, de sus redes y grupos de afectividad, de participar de las dinámicas sociales de su entorno y de mantener sus cotidianeidades, en definitiva, de la vida social. Pero también, como expulsados, dejan de estar presentes en las historias locales y, en muchos casos son excluidos de los relatos históricos nacionales o regionales, o simplemente se los engloba en un colectivo de flujos de población migrante, sin reparar en sus experiencias personales, en sus espacios micro sociales.
Las sociedades se construyen a partir de distintos elementos que conforman sus dinámicas en diferentes campos de la vida, insertas en procesos que pueden ir, como lo estableciera Braudell, desde la larga, a la corta duración. Es decir, las dinámicas son resultados de procesos que permanentemente enlazan el pasado con el presente y tienen/construyen, expectativas y proyectos de futuro. En este sentido, el tiempo y la vida de las personas y de las sociedades están llenas de experiencias, de recuerdos y de olvidos, en definitiva, de memorias. Las memorias ordenan y dan sentido a los procesos en todos los planos, desde los individuales a los colectivos y hasta los históricos representados a través de relatos. El recuerdo y el olvido, se mantienen en una tensión permanente, en un conflicto, donde existen desde procesos conscientes hasta inconscientes y terapéuticos, necesarios. Pero, en definitiva, las personas, las sociedades no pueden vivir sin memorias. Consideradas así, por tanto, las memorias no sólo debemos verlas como constitutivas, sino como un derecho, tanto a tener memoria, decidir qué recordar y qué olvidar; como a estar en las memorias.
Cuando las personas son excluidas de sus sociedades también son excluidas de sus memorias, no sólo de ser parte de su construcción y vivencia, sino también de construir las propias, dentro de un espacio memorial de pertenencia elegido. Al ser expulsadas, o verse obligados a irse, se convierten en víctimas producidas por una situación de amenaza o de inseguridad. Por tanto, existen actores humanos representados en instituciones a las que les cabe la responsabilidad de haber generado víctimas, por acción u omisión, en forma de movilidades forzadas. Es por ello, que es a esos actores a quienes cabe la responsabilidad de actuar frente a las víctimas, estableciendo medidas de reparación, de generar oportunidades para poder recuperar o reconstruir los espacios y dinámicas sociales de donde las personas fueron excluidas.
De esta forma, señalamos el derecho que tienen las personas a que se les reconozca la memoria como un derecho cultural –además de político-, tanto en el plano jurídico como en el plano social e histórico. Por tanto, si consideramos las movilidades forzadas como un acto de exclusión, debemos reclamar como uno de los componentes necesarios para la reparación, el reconocimiento de sus memorias traumáticas individuales (las de la expulsión) como algo constitutivo de los procesos sociales de sus sociedades de origen, pero también, el derecho a recuperar formar parte de la construcción de las memorias colectivas, a la vez que estar insertos en las memorias históricas tanto locales como nacionales y regionales. En la medida que la reparación no exista, las personas serán revictimizadas –por el no reconocimiento del daño- manteniéndose su situación de víctima. Luther (2010) establece tres actos como necesarios para que se pueda dar este ejercicio del derecho a la memoria:

1. el de la libertad individual interior de recordar u olvidar libremente cualquier cosa;
2. el de la libertad individual, que puede ejercerse también colectivamente, de recordar algo a otros mediante informaciones;
3. el del derecho individual o colectivo de ser recordado o no ser recordado/a o por algo.

Mientras los dos primeros perfiles se presentan como derechos fundamentales del hombre, el tercero, sobre todo, que se ocupa más de cerca de la memoria histórica de víctimas y héroes, pecadores y perdedores, puede suponer para la ciudadanía «deberes de la memoria», cuya regulación estaría reservada a la ley. (: 45)
En muchas circunstancias, los hechos que produjeron las movilidades forzadas tienen que ver con actos de violencia, experiencias de ruptura institucional como dictaduras, regímenes autoritarios o guerras civiles dando lugar a esa diversidad: desplazamientos forzados, migraciones forzadas o exilios. Uno de los actos necesarios para superar estas situaciones y recuperar la convivencia social, la estabilidad democrática y la vida ciudadana, es el de legislar para construir ese espacio de reparación necesario que permita alcanzar la reconciliación. En este sentido, el acto de reparación puede ser material o simbólico, pero en ambos casos, debe contemplar lo que la víctima necesita como acto reparador para salir de su situación.

Un elemento más a considerar, es que el derecho a la memoria como ejercicio y como reclamo, debe tener, como resultado, la inserción en las memorias históricas, en los relatos históricos sobre los procesos que viven las sociedades. En este sentido, deben estar presente los sujetos sociales de las movilidades forzadas reflejados en los relatos no sólo de los países de origen, sino también en los de tránsito y destino, es decir, deben ser parte de la Historia. Una de las formas de poder acceder a esta dimensión, no es solamente a partir de la generación de conocimiento desde la academia, sino también en los relatos destinados a la enseñanza de las historias locales y nacionales, así como universales. Las movilidades forzadas, quienes las han sufrido, y las continúan sufriendo, deben tener un lugar en los conocimientos que se trasmiten a las nuevas generaciones como forma de construir memoria colectiva. De esta forma, no sólo quienes son parte de estas movilidades, sino sus descendientes, se sentirán identificados y considerados por las sociedades de las que ellos y sus antecesores forman y han formado parte.


¹Enrique Coraza de los Santos. Investigador Titular. Grupos de Investigación de Migración y Procesos fronterizos. El Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR-CONACYT).

Referencias:
Coraza de los Santos, Enrique, 2017, “Cómo estudiar y representar las movilidades forzadas en América Latina”, en, Erica Sarmiento, Alicia Gil Lázaro y María José Fernández Vicente. Migrações Atlánticas no mundo contemporáneo (séculos XIX-XXI): novas abordagens e avanços teóricos. Sao Paulo (Brasil).
Coraza de los Santos, Enrique, 2015, “Migraciones forzadas en América Latina en perspectiva comparada”. Projeto Historia. (53).
Coraza de los Santos, Enrique, 2011, “Un destino casi invisible y una memoria viva, la del exilio republicano español en Uruguay”, en, Migraciones y Exilios. Revista de la Asociación para el Estudio de los Exilios y las Migraciones Ibéricas Contemporáneas (AEMIC).
Coraza de los Santos, Enrique y Gatica, Mónica, 2017, “Los exilios políticos y la dimensión comparada: contribuciones a un campo en construcción”, en, Nóesis. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, 27 (53)
Gatica, Mónica, 2015, “Cuando las especificidades y los rasgos singulares nos permiten repensar las categorías y las conceptualizaciones. Notas a partir de un caso de exilio obrero”, en Historia, Voces y Memoria /8 (2015), págs. 99-109
Gleizer, Daniela, 2011, El exilio incómodo. México y los refugiados judíos. 1933-1945. México, El Colegio de México /Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa.
Luther, Jörg, 2010, “El derecho a la memoria como derecho cultural del hombre en democracia”, en Revista Española de Derecho Constitucional, núm. 89, mayo-agosto, págs. 45-76
Luis Roniger y Mario Sznajder, “Los antecedentes coloniales del exilio político y su proyección en el siglo XIX”, en Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, 18, 2 (2008): 31-51.

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