De Compiégne a Pearl Harbour, el porqué de la neutralidad estadounidense en el mundo de entreguerras.

Por Juan Carlos Merino Morales¹.

Entre el 11 de noviembre de 1918, firma del armisticio de la I Guerra Mundial y el 7 de diciembre de 1941, día del ataque japonés a la base militar en Pearl Harbour, los Estados Unidos de América se mantuvieron en una estricta neutralidad que en momentos rozó el aislacionismo internacional. Por la Casa Blanca pasaron todo tipo de presidentes, tanto demócratas como republicanos, con distintas políticas económicas, sociales e internacionales, pero no variaron un ápice su neutralidad.

La Historia nos ha contado que Estados Unidos no entró en la I Guerra Mundial hasta la intercepción del telegrama Zimmerman por los servicios de inteligencia de la Corona Británica. En él, Alemania invitaba a México a luchar contra los Estados Unidos a cambio de ayuda logística y económica para que recuperaran los territorios perdidos en Texas, Nuevo México y Arizona. Este hecho provocó una sacudida en la opinión pública estadounidense que llevó a dar un paso más al Presidente Wilson y llevar la posibilidad de entrar en la I Guerra Mundial, tal y como acabó produciéndose.

Con la firma más tarde de la Paz de París y la llegada de los llamado “felices años 20” a los Estados Unidos, donde el ocio, los avances tecnológicos en el hogar, el desarrollo del modelo de trabajo en cadena, el sueldo de un dólar la hora trabajada, no se miró más allá de las fronteras. Ellos eran felices mientras Europa se reconstruía, se formaron repúblicas débiles, como la de Weimar, o se llevaba una política de rencor y odio, como Francia a Alemania, en el país de las barras y la estrellas todo era optimismo y felicidad. Optimismo y felicidad hasta el “crack del 29” que cambió los pilares del país e hizo mirar al pasado para analizar cómo y por qué se habían hecho determinadas cosas.

Cuando el descenso en los niveles del consumo de los estadounidenses ya era una cuestión clara y meridiana, las diferentes industrias y el gobierno de Hoover no vieron ni hicieron nada para frenar la sobreproducción que se estaba generando. Ante la inacción la bola de nieve se fue haciendo cada vez más y más grande, llegando hasta el martes negro, 20 de octubre de 1929, cuando las pérdidas acumuladas en una semana ascendían al veinticinco por ciento, perdiendo todos los beneficios desde un año y medio antes. Todo el sector comercial y económico de los Estados Unidos cayeron en esta crisis, pero sobre todo hay uno que tiene un papel fundamental en el tema que se trata en estas líneas, la banca. Bajo el paraguas del Banco Morgan, ya no contaba con el fundador, fallecido en 1913, se intentaron agrupar todos los sectores financieros con el fin de minimizar pérdidas. Para ello se negaron créditos tanto a particulares como a empresas, lo que provocó el inmediato despido y aumento del desempleo entre la clase obrera estadounidense. De esta forma comienza una nueva etapa, que no deja de ser la continuadora de la anterior, del mirar hacia dentro del propio país olvidando lo que ocurría fuera de las fronteras.

Mientras en Estados Unidos, Roosevelt se hacía con la presidencia del país centrando todas sus energías en su New Deal, en Europa los autoritarismos estaban creciendo. En Italia Mussolini ya se había hecho con el poder desde hacía unos años, llevando su política fascista a península Itálica. En Alemania por su parte Hitler ya asediaba el poder, forzando al cada vez más vetusto Hindenburg a que le nombrara canciller sin poder frenar el ascenso hacia el poder del partido nazi. Aunque parezca obvio, estos dos hechos marcarán la política tanto interior de los Estados Unidos, sobre todo en la segunda mitad de la década de los treinta.

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De vuelta a Norteamérica, la clase política una vez que se habían establecido las líneas básicas del New Deal, empezó a abordar temas de distinta índole a la económica. La actividad periodística creció de sobremanera a la hora de analizar qué había ocurrido durante la I Guerra Mundial. La tónica de las informaciones se centraron en las distintas presiones e intereses que movieron al gobierno del demócrata Wilson a entrar en la Gran Guerra. Éstas se centraron en motivaciones de la banca y la industria armamentística que temían que los países aliados no pudieran hacer frente a los pagos. Estas noticias contradecían la versión oficial de posible agresión externa de México con la ayuda de los germanos. Para hacer frente a estas noticias, el Congreso abrió una comisión de investigación que fue presidida por el senador por Dakota del Norte, el republicano Gerald P. Nye. La comisión cuyo nombre fue concretamente Special Committee to Investigate the Munitions Industry, y se prolongó desde el 12 de abril de 1934 hasta febrero de 1936. Durante este tiempo se celebraron más de doscientas entrevistas a personajes tan importantes en la sociedad estadounidense como J.P. Morgan junior o Pierre Du Pont, magnate en la época de la empresa con su mismo nombre encargada de la fabricación de explosivos.

La Comisión sentenció que hubo una conexión clara entre las empresas de armamento y la banca y la entrada en la guerra, dejando sin validez los mensajes épicos de la lucha por la democracia y sus valores en todo el mundo, mensajes que por cierto comenzaban a calar en la sociedad estadounidense. Ahora bien, lo que sí que provocaron esta comisión y sus investigaciones fueron el nacimiento de una corriente de aislacionismo internacional entre todos los sectores de la sociedad norteamericana. Siguiendo con el contexto internacional, es pertinente recordar que ya en 1935 Alemania era un estado autoritario bajo la directriz de Hitler y su Partido Nacionalsocialista, y en Italia ya se había dado la invasión italiana de Etiopía, en consonancia con la idea que tenía Mussolini de formar un nuevo Imperio romano. Ante esta situación se formuló la primera de una serie de leyes, llamadas de neutralidad que iban en la línea aislacionista que estaba cuajando paralelamente a la Comisión Nye.

La Neutrality Act de 1935 fue la primera ley de otras tres más en las que expresamente se prohibía la venta de cualquier tipo de material armamentístico a cualquier país que estuviese en guerra. A su vez se prohibía a los ciudadanos estadounidenses viajar a estos países. En 1936 se prorrogó la ley anterior ampliando además la prohibición de conceder créditos y cualquier tipo de ayuda económica. De esta forma Roosevelt se enfrentaba a las elecciones que a la postre le darían su segundo mandato al frente de la Casa Blanca con una política internacional, aunque convulsa, blindada desde el Departamento de Estado y el Congreso, gracias a las ya citadas leyes. Pero en España se dio un golpe de Estado cuyo fracaso desencadenó una guerra civil. Desde el primer momento el Secretario de Estado, Cordel Hull, tuvo constancia que la ley de neutralidad en vigor no era válida para el caso español, ya que no se contemplaba una guerra civil, por lo que legalmente tanto rebeldes como leales al gobierno legítimo de la República podían comprar armas y material bélico a cualquier empresa estadounidense.

Para frenar esta posibilidad, el propio Hull llamó de forma personal a los directores y presidentes de las principales empresas para que estableciendo un “embargo moral”, no vendiesen armas a España. En un primer momento este directriz fue aceptada por estas empresas, pero en los últimos días de 1936, una empresa llamada Hanover Sales, cuyo presidente era Robert Cuse, vendió un cargamento al gobierno republicano para ser enviado al frente del norte de España, a bordo del barco Mar Cantábrico. Este hecho enfureció al Presidente Roosevelt que no quiso esperar a la renovación de la ley de neutralidad en mayo de 1937, sino que en el mismo mes de enero durante su discurso anual en el Congreso, que de forma inmediata se aprobaba la Joint Resolution, por la que se establecía un embargo completo a España mientras expiraba la ley de neutralidad del año anterior. Además a este conflicto habría que añadir la Segunda Guerra Chino-Japonesa.
Pero aquí no terminaban los problemas para Roosevelt y su recién reelegido gobierno, sino que la situación en Europa se recrudecía, con el Pacto de Múnich de 1938, la ocupación de los Sudetes y el posterior acuerdo germano-soviético. Esta serie de hechos propiciaron la cuarta ley de neutralidad.

Una vez que Hitler ordenó el internamiento en el corredor de Danzig y dio así comienzo la II Guerra Mundial, los Estados Unidos se mantuvieron al margen siguiendo su legislación, su línea aislacionista y en tercer lugar una política exterior siguiendo los patrones marcados por el Reino Unido. Esta política cambió en agosto de 1941, momento en el que Alemania iba ganando la guerra, cuando se firmó la Carta del Atlántico entre el Primer Ministro del Reino Unido, Winston Churchill, y el Presidente Roosevelt. En este documento se acordó la neutralidad de Estados Unidos en la guerra, al menos hasta que Alemania no les atacase además de los pilares de la sociedad mundial posbélica basada en la paz y en la desconfiguración del mundo colonial existente hasta ese momento.

Solo unos meses después, el emperador japonés ordenó el ataque de la base militar de Pearl Harbour, y entonces los Estados Unidos entraron en la II Guerra Mundial.


¹Juan Carlos Merino Morales. Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid.

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