El Exilio de 1939 en los países socialistas. Una deuda más con nuestro pasado.

Por Matilde Eiroa¹.

Las implicaciones internacionales de la Guerra Civil española y una de sus secuelas más dramáticas, el exilio, conforman una temática de gran interés por cuanto trasciende el cosmos de la historia de España para trasladarse a otros escenarios internacionales, especialmente europeos. Cuando hablamos del exilio de 1939, de sus trayectorias y destinos, hablamos no sólo de las políticas dictatoriales del Nuevo Estado franquista que les expulsó, sino también de las políticas europeas y americanas que les dieron un trato diverso.

La salida forzada de los republicanos a lo largo de la Guerra Civil y, sobre todo, en los meses finales de la misma, fue un fenómeno dramático y precursor de lo que posteriormente serían los obligados movimientos poblacionales provocados por la ocupación nazi en los años de la Segunda Guerra Mundial. Francia, México, la URSS y otros estados iberoamericanos y europeos conformaron los nuevos lugares de residencia del casi medio millón de personas que no podían seguir en España si querían sobrevivir a la furia represora desencadenada por la dictadura. A lo largo de la primavera y verano de 1939 hubo muchos retornos, pero un número importante decidió continuar fuera de la España de Franco.

Junto a estos hombres, mujeres y niños se exiliaron también las instituciones republicanas. Las Cortes se instalaron primero en México y luego en París, preparadas para un retorno que se calculaba inmediato tras la derrota de los ejércitos nazi-fascistas aliados de Franco. Cuando la Segunda Guerra Mundial acabó y nació la Organización de las Naciones Unidas (ONU) el gobierno de la República en el exilio presidido por José Giral vio la ocasión de entablar relaciones diplomáticas con algunos países que habían mostrado simpatías hacia esta opción política. Algunos países como México, Guatemala, Polonia, Hungría, Checoslovaquia y algunos otros reconocieron al gobierno de la República como el único legítimo. Fue el momento del envío de diplomáticos a los países de Europa Central y Oriental bajo la órbita soviética desde que el mundo había quedado repartido entre los dos bloques de poder: capitalista y comunista.

Tanto los diplomáticos de la República, llegados a las antiguas democracias socialistas en los años 1946-197, como los exiliados pertenecientes al PCE y al PSUC, instalados en esta geografía europea en distintas oleadas, pero, sobre todo, a partir del otoño de 1950, pasaron de ser héroes de guerra a víctimas de los acontecimientos nacionales, internacionales, así como de las dinámicas internas de sus organizaciones políticas.
En primer lugar, como víctimas de acontecimientos nacionales, sufrieron la dura represión franquista que les obligó a huir rápidamente si querían salvar sus vidas. Especialmente dura fue la persecución contra los miembros del PCE que habían sido protagonistas en su condición de militares, como el general Antonio Cordón, presente en el frente de Aragón y la batalla del Ebro, o Manuel Tagüeña, comandante del XV Cuerpo de Ejército del Ebro. Contra ellos pesaba todo tipo de cargos que iban desde los comprendidos en la Ley de Responsabilidades Políticas de febrero de 1939, hasta los incluidos en la Ley de Represión de Masonería y Comunismo de marzo de 1940 o la Ley de Seguridad del Estado de abril de 1941.

En segundo lugar, como víctimas de los acontecimientos internacionales, es necesario mencionar que sufrieron el estallido de otra guerra, la Segunda Guerra Mundial, que a muchos republicanos les cogió en Europa luchando con los ejércitos aliados, y a los comunistas en la URSS, luchando también con los aliados, pero bajo la bandera comunista, un posicionamiento que sería profundamente negativo para los años posteriores, cuando el mundo se partió en dos bloques irreconciliables y ellos quedaron en la órbita soviética.

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La Guerra Fría supuso un duro revés. Para el gobierno republicano en el exilio significó el reconocimiento definitivo del franquismo como el único en el que las potencias occidentales confiaban como un sólido baluarte anticomunista, eje fundamental de la política de Washington. Las sospechas de simpatías hacia la URSS con motivo del apoyo que había recibido la República en tiempos de la Guerra Civil y el reconocimiento oficial que le habían concedido los países del Telón de Acero fueron argumentos utilizados en contra de los republicanos. Para los exiliados comunistas asentados en Francia, la financiación del Plan Marshall norteamericano a Occidente, animó al gobierno de París a su expulsión a través de la operación policial denominada Bolero-Paprika, y a sufrir un segundo exilio con destino a la Europa socialista. Allí se encontraron con la realidad de las penalidades de la vida cotidiana, donde comprobaron los procesos de depuración contra los antiguos brigadistas internacionales, las restricciones alimentarias, la escasez de viviendas, el control de sus movimientos o la vigilancia estrecha por parte de los dirigentes de su Partido. Una forma de vida que contrastaba con la situación que habían experimentado en Toulouse, París y otras ciudades francesas donde llevaban ya años de residencia. Es necesario señalar, sin embargo, que fueron atendidos por el PCE y los partidos hermanos de los correspondientes países en las necesidades básicas de alojamiento, puesto de trabajo o educación, un soporte que les permitiría una mejor y más rápida adaptación.

Entre otras circunstancias internacionales podríamos citar la desestalinización, con la consiguiente sorpresa que se llevaron al conocer lo que habían sido las políticas represivas de Stalin. Pero también la ruptura Stalin-Tito de 1948, que obligó a posicionarse al grupo de los militares enviados a Yugoslavia para adiestrar al Ejército de Tito, por no mencionar la revolución húngara de 1956 o la invasión soviética de Checoslovaquia de 1968 de las que también fueron testigos. Sintieron y vivieron, por tanto, varias expulsiones o exilios forzados: no sólo el de España, sino también, el de Francia y el de Yugoslavia, con los correspondientes cambios de residencia y adaptaciones a las nuevas lenguas y costumbres.

Una tercera circunstancia, en este caso interna del PCE, fue la dura disciplina a la que sometió a los afiliados, que favoreció un ambiente tenso regido por una estrecha vigilancia y control, así como la expulsión del Partido de muchos militantes destacados acusados de burgueses o de alejamiento de los principios del marxismo-leninismo.

El exilio en general es una de las expresiones más evidentes del carácter dictatorial, reaccionario e intransigente del franquismo, de sus reducciones biopolíticas y de sus relatos nacionalistas de un españolismo rancio y reaccionario anclado en el fascismo, en el tradicionalismo y en el carlismo. Desgraciadamente no es un fenómeno exclusivo de la época franquista, sino de todos los gobiernos reaccionarios y absolutistas que han dominado la historia de España. De hecho, parece existir una tradición hispánica de exclusiones que remite a un lugar común a la hora de reconstruir el pasado heterodoxo de la cultura española y que desgraciadamente lo integran un largo listado de colectivos: judíos, moriscos, conversos, erasmistas, herejes, ilustrados, librepensadores, liberales, anarquistas, socialistas, republicanos, comunistas, por citar algunos de los grupos más representativos de aquellos que desarrollaron una visión crítica del mundo.

Es curioso, sin embargo, que estos expulsados hayan mantenido fuera de las fronteras su apego a España, a las costumbres, la lengua o el folklore, configurando un modo muy especial de ser español fuera de España, transmitiendo la añoranza incluso a segundas y terceras generaciones que nunca habían pisado territorio nacional y cuyo recuerdo personal era inexistente.

En todo caso, el exilio de 1939 tanto por su dimensión cuantitativa como cualitativa, por la guerra que la precedió y la violencia que le envolvió, constituye la expresión culmen de esa tradición excluyente, algunas de cuyas referencias originarias se hicieron muy presentes en la dictadura de Franco, como la unidad de pensamiento y de religión impuesta por el absolutismo de los Reyes Católicos y de Felipe II, que se convirtieron en una pieza básica del imaginario fascista y nacional-católico antes, durante y, especialmente, después la Guerra Civil con la construcción del denominado Nuevo Estado.

Sin embargo, este exilio debe enmarcarse no sólo en la tradición hispánica de las expulsiones, sino también en el resultado de la geopolítica de los estados europeos. En estos momentos, si España era el problema, Europa no fue la solución, contradiciendo así la célebre frase de Ortega y Gasset. No solo fue el gobierno de la República española el que se organizó fuera de las fronteras; también hubo un gobierno polaco, checo o húngaro en el exilio como resultado de un contexto internacional de división del mundo que favoreció estas intransigencias. Países democráticos como Francia tampoco supieron gestionar bien la presencia de este contingente de personas a las que se consideró peligrosas o molestas para su posicionamiento político internacional.

Es un colectivo que fue silenciado, estigmatizado y olvidado en el discurso oficial del franquismo, aunque en la actualidad tampoco es muy conocido. Obviamente constituyó un grupo reducido y minoritario frente a los exiliados a México, Francia e incluso a la URSS. Pero no es riguroso prescindir de ellos cuando se aborda el fenómeno de los transterrados de la Guerra Civil española. En algunos casos se menciona a los líderes del PCE como Santiago Carrillo o Dolores Ibarruri, incluso Alberti o Jorge Semprún -en su calidad de antiguo Ministro de Cultura-, pero las referencias a este grupo son prácticamente nulas, tanto a los esfuerzos políticos fallidos de la Republica en el exilio como a los miembros del PCE que fueron los emisores de Radio Pirenaica, o los promotores del hispanismo en las universidades de Europa del Este.

Mientras que en Europa el antifascismo constituyó la columna vertebral de la refundación nacional de los estados tras la Segunda Guerra Mundial y la derrota de los nazi-fascismos, en España ese puntal ha sido apenas perceptible en la construcción de la democracia y esa es una carencia que se siente en la actualidad. Lástima que la transición política no diera prioridad al elemento del antifascismo como base fundacional de la democracia de nuestro país. Pero ese es otro debate.

PARA SABER MÁS: Matilde Eiroa, Españoles tras el Telón de Acero. El exilio republicano y comunista en la Europa socialista, Marcial Pons, Madrid, 2018.


¹ Matilde Eiroa. Profesora Titular de la Universidad Carlos III (Madrid).

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