“Por la noche, en las barracas, las mujeres cantaban…” Supervivencia y resistencia femenina durante los primeros años de exilio en Francia (1939-1941)

Por Alba Martínez Martínez¹.

No era yo la única en soñar con la libertad. Prueba de ello es que algunas intentaban evadirse. (…) una mujer de mi barraca se había escapado ayudada por otras compañeras. Al anochecer logró saltar las alambradas. Poco le duró la libertad, la detuvieron en la estación cuando intentó tomar el tren. Al día siguiente, cuando la trajeron al campo, agotada, le dio un ataque de nervios (…). (Oliva, 2006: 99).

Remedios Oliva, exiliada española en Francia tras la guerra civil, evocaba con estas palabras cómo ella “no era la única en soñar con la libertad” durante su internamiento en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer (Pirineos Orientales, Francia). Y es que fueron muchas las mujeres que, con sus escasos medios, hicieron todo lo posible para remediar la miseria física y emocional que padecieron durante los primeros años de exilio en Francia. Los refugios y campos de concentración improvisados en los que el gobierno francés internó a los miles de exiliados republicanos que llegaron, exhaustos, a sus pasos fronterizos, se convirtieron en auténticos espacios de coerción en los que fue necesario agudizar el ingenio para resistir y garantizar la supervivencia propia y del grupo familiar. En este contexto, las estrategias de supervivencia desarrolladas por las mujeres fueron un ejemplo más de su agencia y su capacidad de acción para alterar en algún grado realidades que sintieron injustas. Estrategias que se materializaron a través de las redes de ayuda mutua y solidaridad por ellas tejidas, de las pequeñas rebeldías cotidianas por ellas protagonizadas, así como a través de la búsqueda incesante de horizontes y futuros posibles en el difícil territorio del exilio. Algo que pasaba indiscutiblemente por la salida del campo en el que estaban internas, un sueño de libertad por el que muchas lucharon.

El exilio que se produjo al término de la guerra civil española estuvo compuesto por casi medio millón de mujeres y hombres de toda clase y condición social. Ellas representaron cerca del 45% del conjunto de los exiliados, sin embargo, sus experiencias del destierro se van abriendo paso, muy poco a poco, entre los grandes nombres y las grandes vivencias políticas y militares, fundamentalmente masculinas. Y es que el paradigma androcéntrico en el que ha estado inserta la historiografía tradicional, las ha concebido sólo como acompañantes de, quedando desprovistas de historia y de voz e impidiendo reconocerlas como sujetos históricos. De manera que resulta necesario estudiar y analizar sus formas de vivir, pensar y afrontar el exilio, para enriquecer nuestra mirada hacia este episodio de nuestra historia contemporánea y proyectar otras dimensiones sociales, emocionales, políticas y culturales del mismo.

En este breve ensayo nos acercaremos a algunas de las prácticas de resistencia y supervivencia femeninas desarrolladas durante los primeros años de exilio en Francia, especialmente en el contexto de internamiento en campos de concentración y refugios. Éstos estuvieron en funcionamiento hasta el año 1941 aproximadamente y constituyeron el primer “hogar” que los refugiados españoles tuvieron al llegar a Francia, después de tres años de guerra civil y a las puertas de un nuevo conflicto armado, la Segunda Guerra Mundial.

Redes de solidaridad y ayuda mutua.

El diálogo entre adversidad y resistencia había marcado las experiencias de las mujeres españolas desde el inicio de la guerra, sin embargo en el exilio, la sensación de desarraigo y añoranza llegó para permanecer en la vida de las refugiadas durante un largo periodo de tiempo. Quizás la derrota en términos políticos e ideológicos no ocupara un lugar central en el sentimiento de aquellas mujeres, sobre todo si tenemos en cuenta que la mayoría de ellas no estaban politizadas, pero sí lo hacía la derrota familiar, la pérdida y la separación de los seres queridos, así como la privación de su marco de referencia: la ciudad, el pueblo, el barrio, el hogar…Por ello, fue indispensable tejer redes de ayuda mutua y solidaridad; mecanismos de poder trascendentales para todos los que ingresaron en los campos y refugios. Permitieron organizar las tareas domésticas, satisfacer las necesidades de los más vulnerables, garantizar el cuidado, avivar el buen humor y hacer frente a infortunios individuales y colectivos. Luisa Carnés le dedicaba en su diario las siguientes palabras a algunas de sus compañeras de refugio:

Eran las más alegres, las más ingeniosas, las mejores compañeras de todo el refugio. Puede decirse que ellas mantuvieron firme la moral de todos los refugiados de Le Pouliguen. (…) servían de intermediarias entre los españoles y el director, apoyándolos ante este en sus modestas reivindicaciones —más abundancia de jabón para lavar la ropa, medicamentos para los críos, mantas, sábanas, etc.—. Por eso, no era de extrañar que las refugiadas las buscaran para exponerles sus cuitas. (…) ¡Maruja! ¡Lourdes! ¡Gabriela! ¡Pura! ¡Palmira! ¡Carmen! (…) Teníais una palabra de consuelo para cada caso, una solución para cada problema colectivo o individual. (Carnés, 2014: 228-230)

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Los refugios de civiles también se convirtieron en espacios de cultura popular emergente fruto de la inmediatez de los acontecimientos y de las emociones encontradas y compartidas. “Por la noche, en las barracas, las mujeres cantaban…”, recordaba un refugiado, pero ellas también crearon cancioncillas que tararearon cotidianamente, fomentaron la cohesión y afirmaron su dignidad. Así, las ingeniosas refugiadas del refugio de Aérium Marin de Brécéan (Loire-Atlantique) ilustraron con letrillas diversas realidades, donde también tenían cabida las quejas y protestas. Las patatas que —en palabras de Luisa Carnés—“era el plato invariable de aquel refugio” motivaron unos versos que terminaron cantando todas a media voz durante la comida. De alguna manera, el humor socarrón que de ellas se desprende evidencia una rebeldía atenuada que no llegó nunca a materializarse, pero que formó parte de los mecanismos de agencia y poder para gestionar las relaciones de subordinación que existieron en aquellos espacios:

(…) Míralas, míralas, míralas,
en la fuente las traen ya.
Patatas a todas horas,
y ya no queremos más. (…)
Pan pan, pan, pedimos todas.
Pan, pan, pan, ya nos lo dan.
Pero las papas, ¡no, no pasarán!
¡No, no, no, pasarán! (…) (Carnés, 2014: 228).

Además de la organización material del refugio, la higiene, la alimentación o las quejas más o menos acentuadas, aquellos inhóspitos campos no podían convertirse en un lugar apacible sin emitir y recibir noticias de los familiares de los que las habían separado. Remedios Oliva nos cuenta cómo la llegada de las cartas paralizaba y a su vez marcaba el ritmo cotidiano del refugio, quedando el ánimo de las mujeres supeditado a las noticias que de ellas emanaran. Luisa Carnés recuerda en sus escritos “la impresión que causó la llegada de las primeras cartas”: “¡Qué gritos! ¡Qué carreras! Hubo hasta algún desmayo de la emoción” (Carnés, 2014: 231). Sin embargo, había quienes no las recibían porque posiblemente no tenían a quién enviárselas. En este sentido, la comunidad creada en el refugio fue crucial para superar estas desdichas. Era entonces cuando se agudizaba el ingenio y la capacidad de gestionar el infortunio, algo que creemos queda bien reflejado en el testimonio de Luisa al relatar cómo aquellas que no recibían nunca cartas decidieron fundar el “Sindicato de las Sin Carta”. Un espacio simbólico de cohesión que les devolvía el sentimiento de pertenencia a un marco común y, de nuevo, adquirían poder individual y colectivo para sobrevivir en tan desnortada realidad.

Búsqueda de futuros posibles.

Antes de entrar en los refugios y campos de concentración, las autoridades francesas mantuvieron a los refugiados extremadamente vigilados en los pasos fronterizos del país. Ello aumentó durante días la confusión de las miles de personas que allí se encontraban, a la vez que las noticias sobre su futuro inmediato llegaban con cuentagotas pero ya contenían las palabras “campo de concentración”, lo que “excitó los nervios de la gente” (Carnés, 2014: 175). Estas desdibujadas noticias dieron lugar a las primeras reacciones en busca de alternativas, así como a las muestras de indignación constantes entre aquellas mujeres refugiadas: “Después de lo que hemos sufrido, ¿esto más?”, “Yo no voy a un campo de concentración ni atada”, “¡Que vayan el señor Daladier y su madre!”, “¡Bonito remate a la política de no intervención!” (Carnés, 2014: 175-176). Estas manifestaciones de irritación precedieron al intento de escapar de la vigilancia de las autoridades francesas que llevaron a cabo un grupo de evacuadas. Fue la primera tentativa frustrada de convertirse en dueñas de su porvenir en el país galo:

Después de mucho hablar, se llegó a la conclusión de que dos de las compañeras (…) fueran a la estación, con objeto de informarse del precio del billete para Perpiñán. (…) Así se hizo. Aquellas compañeras de fatigas se acicalaron lo mejor que pudieron —con sus toquecitos de rouge y todo— y, cogidas del brazo, se marcharon hacia las oficinas de la estación, adoptando el aire más distinguido posible. (Carnés, 2014: 185-186).

La afluencia de gendarmes en cada esquina impidió siquiera que estas dos mujeres llegaran a las taquillas de la estación, pero este acto constituyó para ellas el inicio de nuevas prácticas, de nuevas formas de hacer en el marco de una búsqueda incesante de futuros posibles que les permitieran transformar aunque fuera ligeramente su dramática realidad.

Salir del campo o del refugio donde las autoridades francesas los habían internado no fue una tarea fácil para las mujeres. Muchas intentaron evadirse, como recordaba Remedios Oliva en el extracto con el que abríamos este ensayo. Pero la mayoría tuvo que esperar a que sus maridos, padres o hermanos las reclamaran cuando hubieran conseguido un trabajo. O bien conseguir uno ellas mismas. Sin embargo, la mano de obra femenina fue mucho menos solicitada que la masculina y, además, existía otro problema y es que casi todas las mujeres que llegaron al exilio lo hicieron con hijos menores a su cargo, lo que constituyó otro principal impedimento para contratarlas. En este sentido, nos remitimos de nuevo a las memorias de Remedios Oliva quien tras reiterados intentos frustrados de encontrar trabajo para poder salir del campo de Argelès, un buen día…:

Se abrió la puerta y alguien dijo (…): «Se busca a unas sesenta mujeres que sepan coser para hacer pantalones para el ejército en una fábrica de Isère. Se admite a las mujeres con niños». (…) Enseguida se llenó de mujeres la barraca donde había que apuntarse (…). Tras una mesa estaban el jefe de los gendarmes y un señor muy serio: era el director de la fábrica de pantalones. (…) Primero apuntó a las mujeres solas, luego a las que tenían niños de cuatro o cinco años. Cuando le tocó a la madre de una niña de dos años y medio, dijo con tono nervioso que él no dirigía una maternidad sino una fábrica. La gente se enfadó y yo decidí hablar en nombre de todas las que teníamos bebés. (Oliva, 2006: 101-102).

Después de una larga conversación, Remedios consiguió que unas diez mujeres con sus niños salieran del campo al día siguiente para coger el tren con destino a Isère, a cambio, su padre trabajaría en la fábrica cortando leña y su madre cuidando de todos los bebés de aquellas mujeres. La alegría de todas fue inmensa. Su agencia y su capacidad para negociar el futuro más inmediato de sus compañeras nos muestra cómo la acción de las mujeres fue crucial para sobrevivir y resistir en estos y otros espacios del exilio. Estas pequeñas acciones convirtieron a las mujeres en sujetos políticos, quienes activamente y con sus propias armas, lucharon por una mejora en sus condiciones de vida. Sin embargo, a menudo quedan eclipsadas por las grandes historias, por lo que se hace más necesario visibilizarlas y analizarlas para situar a las mujeres en el centro del relato histórico, para entender que además de víctimas fueron agentes y supervivientes y, con ello, complejizar nuestra mirada hacia este y otros episodios de nuestra historia.


¹Alba Martinez Martinez. Departamento de Historia Contemporánea en la Universidad de Granada.

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