La guerra de la “Nueva España”. Fascistización en las trincheras de la Guerra Civil.

Por Miguel Alonso Ibarra¹.

Ordénales, te ruego, que callen. ¿Por qué siguen
gritando?
¿A quién aplauden? ¿A quién aclaman? ¿A sus
verdugos? ¿A sus muertos?
¿O querrán convencerse de que tiene manos y
pueden hacerlas sonar,
de que tienen voz y pueden gritar y oír así la voz que
tienen?

(Yannis Ritsos, Agamenón).

Mucho se ha escrito acerca del volumen de españoles que apoyó al régimen franquista durante los casi 40 años, 39 para ser más exactos, que este se mantuvo en pie. En los últimos años, el desarrollo de la historiografía ha ido desentrañando un complejo mundo de actitudes sociales que iban desde la connivencia y el apoyo ferviente a la oposición frontal e incluso violenta, pasando por otras formas de apoyo, adaptación o resistencia más sutiles, variables y acontecidas en la escala de lo cotidiano. El estraperlo, los hurtos, la participación en los programas e iniciativas del régimen como medio de supervivencia, la colaboración y la delación como mecanismo de medra personal o la implicación activa en la forja de la comunidad nacional de la “Nueva España” fueron algunas de las formas con las que los españoles lidiaron con el escenario político y social construido por la dictadura. Un escenario surgido de la “Victoria” de 1939 y cuyo momento de conformación ideológica se remite precisamente a los tres años que duró la contienda bélica.

De este modo, la Guerra Civil no fue sino la partera del régimen franquista y, como tal, constituyó un escenario de renacionalización en clave contrarrevolucionaria – y, más específicamente, fascista– que sentó las bases de los posteriores apoyos de los que disfrutaría la dictadura. Frente y retaguardia asistieron a un proceso de socialización de una serie de principios e ideas-fuerza que componían la base doctrinal de la ideología del bando sublevado y que fueron adaptados, en su forma transmitida, a los diferentes receptores a los que iban destinados –en función de su origen social, nivel de estudios y otros factores–, de tal modo que consiguiesen el mayor efecto posible. Un proceso que, merced a la conscripción masiva necesaria para sostener una guerra total como la que se libró en España, transformó el espacio del frente en un inmenso e idóneo laboratorio de fascistización. Así, en tanto que la experiencia bélica de tantos cientos de miles de españoles se desarrolló dentro un marco plenamente controlado, encuadrado y monitorizado por los dirigentes sublevados, el frente se convirtió en un escenario de crucial importancia para comprender cómo se construyeron los cimientos que sostuvieron al posterior régimen franquista.

El fracaso del golpe de estado de julio de 1936 y la apertura de una larga contienda militar, fundamentalmente a partir del fracaso de las fuerzas rebeldes en la toma de Madrid a finales de ese mismo año, forzaron a ambos bandos a adoptar una política de movilización total de cara a sustentar el esfuerzo bélico. En este sentido, dicha movilización requería de un proceso paralelo de homogeneización ideológica en ambas retaguardias y frentes, no solo por el trasfondo netamente ideológico del propio conflicto en sí, sino también por la necesidad de hacer converger los esfuerzos y energías hacia un proyecto y objetivos comunes y no diversificarlas en disputas paralelas al propio devenir de la guerra, algo que a la postre se demostró letal para la República. En el espacio del frente esto se tradujo en la implementación de una serie de mecanismos de propaganda y adoctrinamiento en ambos bandos, pero que el sublevado supo y tuvo la capacidad de explotar mejor. Ya en la instrucción a la que eran sometidos los soldados movilizados, escasa y precaria por los pocos medios que los rebeldes tenían a su alcance, una parte de las horas de teoría estaban destinadas a la educación moral del combatiente, algo que tenía que ver tanto con la inculcación de valores militares –también permeados de contenido ideológico– como con la familiarización con ciertos conceptos clave, tales como la Patria, el Movimiento Nacional o el significado de la guerra que se estaba librando. De este modo, el primer contacto que estos individuos tenían con el ámbito militar –al menos en lo que a la guerra de 1936-1939 se refiere, ya que no debemos olvidar las experiencias castrenses anteriores de muchos españoles, incluso en contextos tan duros como el africano– marcaba claramente una parte del objetivo de dicho encuadramiento, el de renacionalizar en clave fascista a estos jóvenes para convertirlos en apoyos sociales al régimen que se pretendía construir tras la guerra.

 

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Franco se dirige a sus tropas tras tomar el Alcázar de Toledo.

 

 

Una vez los soldados eran destinados a las distintas unidades, la maquinaria del ejército sublevado ponía en marcha una serie de procesos por los cuales se aseguraba de ofrecer una constante instrucción ideológica a sus combatientes, ya fuese de forma directa a través de las denominadas “charlas patrióticas” en el frente, precisamente impartidas por militares y no por falangistas o requetés –lo que hacía la transmisión del mensaje mucho más efectiva, al tratarse generalmente de oficiales y suboficiales respetados por la tropa–, o indirecta mediante la provisión de prensa a los soldados, la cual presentaba una versión filtrada del conflicto. El contenido de toda esta maquinaria de ideologización no solo tenía que ver con la socialización de los principios doctrinales de la “Nueva España”, sino que se presentaba también en un plano mucho más pragmático, el de la familia –preocupación constante del combatiente y un vector de penetración ideológica altamente efectivo– y las ventajas tangibles que traería consigo la victoria bélica. De esta forma, los soldados veían cómo, por su condición de combatientes, el incipiente Estado franquista proveía a su familia de una seguridad económica crucial en tiempos tan convulsos, al tiempo que se les ofrecía un futuro de –aparente– seguridad laboral, de orden y de estabilidad. Esto conseguía explotar los mecanismos de generación de lealtades y afinidades con el nuevo Estado, haciendo al mismo tiempo a los combatientes más proclives a la asimilación de los principios ideológicos del franquismo por una vía más relacionada con el pragmatismo que con el simple y pleno convencimiento político.

Sin embargo, este proceso de confluencia con el naciente régimen franquista también se basó en un mecanismo que fue mucho más común para la retaguardia rebelde, el de la participación directa en la construcción de la comunidad nacional mediante la purga o la denuncia de los “elementos indeseables”. Una toma de partido que se realizaba en base a múltiples factores y motivaciones, bien por convencimiento, por oportunidad de contraer méritos, por imposición o como forma de supervivencia personal o familiar. Por un lado, la participación en episodios represivos contra los definidos como enemigos de España comportó la creación de lealtades sobre la base de un pacto de sangre, de una experiencia de violencia colectiva que unía al individuo con el nuevo Estado. Las sucesivas directivas militares emanadas desde el escalafón más alto de los líderes militares rebeldes, a partir de finales de 1936 el Cuartel General del Generalísimo, dieron carta de naturaleza a este proceso de violencia masiva, el cual tuvo una dimensión muy relevante en el propio frente de batalla, tal y como evidencian los múltiples episodios de saqueos, violaciones, robos, exacciones y ejecuciones en caliente. Es decir que, por ende, implicó a un número considerable de los cientos de miles españoles que pasaron por las filas sublevadas.

En segundo término, hemos de entender que la otra gran función del ejército sublevado, además de la de constituir una fuerza militar capaz de ganar la guerra, era el control y encuadramiento de la población civil, tanto para el establecimiento de una retaguardia segura –libre de individuos en edad de combatir– como para la implementación de la profilaxis social asociada al proyecto fascista, algo que tenía una dimensión muy importante en seno de las propias unidades militares. Esta estructura de control interno hacía uso de la delación, el espionaje entre compañeros y la constante vigilancia como formas de medrar y obtener credenciales en el nuevo escenario político-social, sobre todo para aquellos individuos que debido a sus antecedentes políticos, conocidos o por conocer, debían purgar su pasado. De esta forma, el incipiente régimen franquista, aún en su dimensión campamental, se sirvió de la destrucción de las redes de sociabilidad y solidaridad elementales que regían en la sociedad hasta el momento para generar un espacio arrasado por la sospecha, la violencia y la muerte, el cual colonizó con sus propios mecanismos y formas de interacción y relación social. Esto, que tuvo su reflejo en el frente mediante esa experiencia colectiva de violencia y delación, pero que se desarrolló especialmente en la retaguardia, fue un potente vector de construcción de lealtades a la dictadura, de nuevo haciendo gala más de pragmatismo, de cálculo de oportunidades y de la obtención de beneficios personales que del simple convencimiento de los individuos, algo que indudablemente también existió.

En definitiva, tanto en las trincheras como en la retaguardia sublevada aconteció un proceso de socialización ideológica que permeó, para el caso del frente, las percepciones de muchos de los individuos que combatieron en las filas rebeldes. Una permeación potenciada por el carácter límite de la experiencia bélica, marcada por la constante presencia de la muerte, y que se articuló en base a la adaptación de esas ideas-fuerza antes mencionadas a la realidad cotidiana de cada uno de los individuos, tal y como se evidencia con la propaganda sobre el apoyo a las familias de los soldados o la promesa de un trabajo estable en el futuro. Sin embargo, no debemos olvidar tampoco el hecho de que todos estos procesos no dieron como resultado un apoyo unánime, homogéneo y absoluto al régimen franquista por parte de la masa combatiente. El ejército rebelde era un conglomerado de muchísimos individuos cuya actitud hacia el mismo, como sucedió posteriormente con el régimen, oscilaba por todo el rango de grises entre el apoyo ferviente y la firme oposición. Un amplio abanico en el que incluso la aparente aquiescencia podía no ser sino una mera fachada dentro del inmenso baile de máscaras que fue la España de la guerra y la posguerra. Un asenso que, como evocaba Ritsos, podía no ser sino la voluntad de demostrar que aún se tenía voz.


¹ Miguel Alonso Ibarra. Departamento de Historia Moderna y Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona.

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