El campo de concentración de Reus: exclusión y estigmatización (1939-1942)

Por Jordi Carrillo¹.

El régimen franquista convirtió 1939 en el “Año de la Victoria”, pero ese año también fue el “Año de la Derrota”, y aunque se suele decir que en una guerra ambos bandos pierden, la realidad fue que un bando salió victorioso, muy victorioso, sobre el otro. El Año de la Victoria no significó el inicio de la reconciliación, ni de la paz, ni siquiera del perdón, la fecha de 1939 se convirtió en el inicio de una larga pesadilla para unos y un gran sueño para otros. Vencedor y vencido, honra y humillación, represión y libertad o poder y sumisión se convirtieron en vocablos y términos cercanos entre sí, pero muy lejanos a la vez, separados por una barrera, un muro simbólico de hormigón y alambre que separó una sociedad rota, pero también un muro físico y tangible para hombres y mujeres que no tuvieron otro remedio que ver, vivir y sentir los primeros años del nuevo régimen a través de unos barrotes en centros penitenciarios o campos de concentración.

Los campos de concentración, las instituciones penitenciarias o los batallones de trabajadores, surgieron y se crearon como no podría ser de otra manera después de la conquista de un territorio, – exceptuando las instituciones penitenciarias, que ya tenían vigencia de carácter permanente años atrás. – Los campos de concentración tal como lo definió un informe del CGM nacieron de la “necesidad dimanante de la guerra, siendo la clasificación de los mismos formula obligada para la utilización de aquellos sobre los que se carecía de antecedentes o resultaran tenerlos desfavorables.” De esta manera, en el caos de la guerra, su primera función fue la de reunir, vigilar y clasificar a los presos políticos que capturaban en los territorios ocupados, erigiendo e imponiendo desde el primer momento la segregación y la exclusión social que llevarían marcados, como si de ganado se tratasen, los soldados y milicianos republicanos. Un estigma y una señal que les identificaría durante lo que les quedaba de vida con un bando y sobre todo con una guerra que sería la base legitimadora por excelencia de un régimen que como dijimos anteriormente nació matando y murió matando.

Enero de 1939 se convirtió en un mes caótico para el ejército franquista, no por los posibles problemas suscitados en enfrentamientos militares, ya que prácticamente no existieron, más bien por la problemática que ocasionaron las cantidades ingentes de soldados que capturaron o preveían que podían apresar, provocando que en algunas ciudades de interés estratégico se fundaran, de manera improvisada, una serie de campos de concentración. Este fue el caso de las ciudades de Reus, Tarragona y Lleida, fundados a finales de mes a raíz de una orden del CGM a la Inspección de los Campos de Concentración de Prisioneros (ICCP) – órgano responsable de los mismos – cuyo mandato fue enviar un batallón de guarnición a la 5a Región Militar para que pudiese atender a las necesidades que precisaran para la consolidación de los mencionados campos. 2 Debido a la rapidez y a la gran cantidad de presos que debían de organizar y controlar no pudieron construir edificios o pabellones específicos, sino que tuvieron que aprovechar y adaptar edificios o infraestructuras que pudieran ser óptimas para albergar a esta gran amalgama de prisioneros. En el caso que tratamos, el de la ciudad de Reus, hubo distintos cambios de ubicación, a razón de la cierta longevidad del campo y específicamente tal como destaca Aram Monfort, a causa del cierre de otros campos catalanes y la movilización de las quintas de 1936 a 1941, ocasionando que Reus fuera el centro receptor de los mozos clasificados como desafectos por las cajas de reclutas.

La rápida conquista de Cataluña por parte del ejército franquista trasladó grandes beneficios a los intereses de los sublevados, pero, así como se adentraban victoriosos y laureados a las ciudades, el problema ocasionado por la gran cantidad de prisioneros que acarreaban en cada territorio obligó a las autoridades militares a actuar rápidamente. En un conflicto bélico dónde la guerra iba más allá de los enfrentamientos militares y se aplicaba una política violenta y punitiva contra el enemigo, era necesaria una enumeración, evaluación y clasificación de estos para una posterior actuación sancionadora. Debido a la sobrepoblación reclusa y la carencia y escasez de medios, tal como ha señalado Javier Rodrigo fue necesario utilizar los campos de concentración de nueva creación situados en la retaguardia como Barbastro, Cervera o Reus, a modo de centros de evacuación de mozos y soldados que no podían ser clasificados.4 De esta manera los soldados fueron enviados a los campos de concentración en la retaguardia para posteriormente, y después de clasificados, ser destinados a centros penitenciarios, Batallones de Trabajadores y si reunían los avales necesarios, a la libertad.

Las primeras ubicaciones del campo de concentración de Reus no han podido ser confirmadas, pero todo parece indicar, tal como ha señalado Montserrat Duch, que uno de los primeros emplazamientos provisionales estuvo situado en la Boca de la Mina, un espacio situado a las afueras de la localidad.5 Que fuera una ubicación provisional y empezaran a necesitar espacios más grandes para albergar a los soldados lo demuestra el hecho que, a partir de los meses de abril y junio el Gobernador Militar de Tarragona ordenara la búsqueda de edificios deshabitados por la demarcación, haciendo hincapié en la importancia de conocer la capacidad de los mismos. Después de tantear algunos edificios situados fuera del término municipal, el campo de concentración se situó en el Instituto Pere Mata, una institución psiquiátrica situada, también como la anterior, a las afueras de la ciudad, habilitada para que los pacientes con enfermedades mentales tuvieran suficiente espacio exterior para el esparcimiento y, además unos pabellones lo suficientemente amplios para albergarlos. Los beneficios de poseer un espacio ya creado y adaptado para controlar a los enfermos mentales facilitaban en gran medida las tareas que tenían encomendadas de clasificación, vigilancia y castigo hacia otros tipos de “enfermos mentales” es decir, hacia los vencidos que hacía falta reeducar. Aun así, los anteriores inquilinos del hospital psiquiátrico pudieron convivir en un espacio suficientemente amplio, no lo fue en el caso de los prisioneros de guerra, que pronto hubieron de sobrevivir hacinados y en malas condiciones debido a la cada vez más frecuente llegada de soldados pendientes de clasificar, provocando dificultades de sostenibilidad. Miquel Royo, un preso madrileño dio cuenta de la sobrepoblación y la represión del campo de concentración durante su estancia en el campo situado en el Pere Mata:

“Nos daban por la mañana un café muy malo, y para el resto del día un panecillo y una lata de sardinas. Estábamos todos llenos de piojos. Dormíamos en el suelo, todo estaba lleno de prisioneros, el manicomio estaba de bote en bote de prisioneros de guerra”. Todos los días de fiesta, especialmente los domingos, nos formaban para oír misa, y antes se leía una lista con la gente que debía salir de la fila y después oíamos como los fusilaban en la parte de atrás”

Huyendo a Francia

A diferencia de otros campos de concentración que, si tuvieron más de un emplazamiento a la vez, el campo de Reus ocupó diferentes espacios, pero siempre después de cerrar y entregar el edificio anterior. Así, creemos que el exceso y acumulación de población en el psiquiátrico Pere Mata fue una de las razones por las que se optó por un cambio de infraestructura. En septiembre de 1939, la propia exigencia de buscar otro enclavamiento con mejores aptitudes, y la necesidad por parte del Ayuntamiento de volver a reutilizar el edificio para la función por la que se había creado, ayudaron e impulsaron a que la misma alcaldía buscara y ofreciera otro espacio para reubicar el campo. La gestora ofreció, de buena gana, el edificio de la Escuela del Trabajo, formada por un pabellón grande y tres anexos al mismo, posibilitando también el uso de dos pabellones más que había que adaptar. Con la concesión, aceptación y posterior entrega del mencionado edificio a las autoridades militares se obtuvo una infraestructura que durante la Guerra Civil sirvió como fábrica de materiales de guerra aparte de un importante taller de aviación, siendo uno de los principales objetivos de los bombardeos durante la contienda. Parece ser que la utilización de la Escuela del Trabajo fue breve ya que a partir de octubre de 1939 se cambió la ubicación hacía la que ya sería la última, el edificio Cuartel de la Plaza de José Antonio, o lo que es lo mismo, la antigua caserna de la caballería situada en la Avenida de los Mártires, actual Plaça de la Llibertat, dónde fue a parar Miquel Morera desde el campo de concentración de Horta en Barcelona. Morera destacó en su testimonio la apariencia abandonada del Cuartel y la ubicación del campo, situado a seiscientos metros en dirección al centro de la ciudad. Creemos interesante destacar la importancia de que la última ubicación estuviera situada cerca del centro, y por tanto de la población civil, ya que respondía a la lógica y evolución de los campos de concentración que no era otra que desaparecer poco a poco. A finales de 1939 gran cantidad de campos ya habían desaparecido, el de Reus continuó todavía dos años más pero variando su funcionalidad y recibiendo cada vez menos mozos por lo que a ojos de la visión pública, si alguna vez le importó al régimen, el cambio del carácter del campo posibilitó una mayor adaptación del mismo al espacio municipal, de esta manera podemos entender que Miquel Morera y su padre pudiesen salir con un pase a comprar materiales por las tiendas de la ciudad para la reparación de algunas estancias del campo de concentración.

Los campos de concentración se convirtieron en una herramienta muy útil para controlar a todas las personas que en algún momento u otro formaron parte del ejército republicano. De esta manera, aunque un soldado acabara en libertad poco tiempo después, su ficha y su pasado serían una pesada losa que lo acompañaría en su reintegración en la vida pública y social después de la contienda. El franquismo, en una de las máximas representaciones de lo que podríamos entender como guerra total, se encargó de someter y subyugar, incluso después de la contienda bélica, a una parte de la población que por motivos políticos e ideológicos fue apartada, desestimada y condenada a vivir en los márgenes de la sociedad.

Según se dispuso por el Cuartel General del Generalísimo el 13 de abril de 1939 10 un Tribunal formado por el Jefe de Campo, como presidente, un Oficial, como vocal y un secretario que debería de ser el Capellán o un Facultativo adecuado habrían de ser los responsables en catalogar y clasificar al soldado. Que el Capellán formara parte del Tribunal nos indica hasta qué punto la institución católica tenia poder decisión y actuación dentro de los campos de concentración. Ante este Tribunal se acababa presentando toda una serie de información muy detallada sobre los antecedentes políticos, sociales y militares del capturado con información recogida a través de interrogatorios, delaciones de los compañeros o informes sobre los antecedentes de Comandantes de la Guardia Civil, Comandantes Militares, Alcaldes, Párrocos, Autoridades y por los Jefes y Presidentes de Entidades Patrióticas de solvencia. Como podemos observar no era poca la información con la que contaban los mandos militares, toda indagación era útil y necesaria ya que, tarde o temprano, si el mozo no era considerado “desafecto grave” volvería de nuevo a la sociedad por lo que debían de garantizar la completa reeducación para su futura reintegración en la nueva España de Franco.

Que las condiciones higiénicas y saludables estaban en muy mala condiciones lo confirma un informe realizado el 13 de junio de 1940 que afirma que tanto los alojamientos como los suministros eran muy deficientes, destacando en el “rancho” bastantes diferencias entre los diferentes batallones debido a la ubicación de los mismos, ya que los peores situados no tienen acceso a la misma cantidad y calidad que los otros, provocado también por la falta de transporte entre las diferentes compañías. En julio de 1942, y después de varios años de dedicarse primero a recoger y clasificar prisioneros, ya no solamente evacuados sino también refugiados españoles que cruzaban la frontera pirenaica de vuelta a España, y después a crear, formar y enviar a los lugares predeterminados a los diferentes BDST, el campo de concentración de Reus fue clausurado. Las razones, tal como señala un informe:

“…puede prescindirse del depósito de concentración de Reus (Tarragona), el cual, por existencia en el mismo de tifus exantemático, se encuentra ya virtualmente clausurado desde hace tres meses, no efectuándose en el mismo ingreso alguno, y quedando como únicos depósitos de concentración el de “Miguel de Unamuno”, en Madrid, destinado a la recepción y clasificación de los individuos procedentes de toda España… y el de Miranda de Ebro…

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Ser prisionero de guerra en la España “liberada” de los años 30 y 40 significaba ser “fichado” y clasificado de por vida. En un ambiente bélico como el que vivió el país, ya no solamente durante la guerra sino también durante la posguerra, los campos de concentración y los batallones de Trabajadores a los que fueron enviados se convirtieron en una especie de lugar situados en una dimensión cerrada donde el cautivo debía de ser castigado pero transformado, un trámite por el que habían de encaminarse para reformar y “purificar” el alma. La intención adoctrinadora y la reeducación comportó la creación de un propio universo dónde nada ni nadie quedaba fuera del control de las autoridades. La triple función de las instituciones coercitivas se aseguraba la detención aislada de los presos, el trabajo regular y la influencia de la instrucción religiosa, tal como cita Foucault en el caso de Estados Unidos,14 pero lo cierto es que, en el caso español, tanto la Iglesia Católica, como sus representantes en los campos de concentración, los curas, tuvieron una fuerza y un poder desmesurado ante la faena reeducadora y punitiva. La vida cotidiana de los prisioneros fue una sucesión constante de charlas patrióticas, misas o castigos físicos y morales que tal como dice Javier Rodrigo no respondían únicamente a los problemas económicos u ocupacionales derivados de la guerra sino a la imposición teórica e religiosa además de, la “remodelación caudillista y nacionalista de las ideologías de los prisioneros de guerra.15 La disciplina, la humillación y la violencia convivieron con las enfermedades, las torturas, la falta de higiene y el hambre para crear en los campos de concentración unos auténticos “espacios” para el castigo, donde el prisionero era condenado en “cuerpo y alma” al abismo mental o directamente a la muerte. Pero si la imagen dantesca real que presentaban los campos era esta, muy lejos estaban de la realidad las noticias que los aludían y mencionaban. De esta manera, en el periódico Diario Español se hacen eco de un reportaje que hicieron sobre el día a día del campo de concentración de la Vidriera en Avilés. Creemos necesario mostrar partes importantes del mismo para destacar, una vez más, como la prensa intentó hacer creer a la vida pública que lo que sucedía detrás de los muros de los campos de concentración no era la humillación ni el hambre o las enfermedades sino la reeducación realizada con bondad, cariño y calor patrio.

“Nuestro primer encuentro con los concentrados es, en el llamado calabozo de castigo. Una estancia amplia… en donde juegan a las damas cinco rapados jovenzuelos. ¿Y a esto llaman pensamos sonrientes, calabozo de castigo? “y pese a tanta tortura (en las cárceles rojas), se nos ensancha el alma comprobando, como nuestros oficiales sienten el pudor de la dignidad humana sublevado, porque se vieron constreñidos a encerrar a estos simpáticos mozos…Los vimos (a los presos), atónicos, escuchar las doctrinas de redención política y social… Los observamos, en formación perfecta en brazo en alto, entonar emocionados el Himno de la Legión y el “Cara al Sol” y vitorear entusiastas a Franco….Los reclusos están todo el día al aire libre, sin que se les coarte ni obligue a trabajar… Se hace el reparto de pan, tan abundante que a algunos les sobra para enviar a sus familiares… Con tan excelente trato no puede sorprendernos que los concertados, rompan los avales, necesarios para decretar la libertad que les proporcionan sus familiares.

Es difícil saber que podía pensar una persona al leer una noticia que afirmaba que los mismos presos preferían quedarse encerrados que salir en libertad. Seguramente gran parte de la población no cayó en el engaño. Después de largos años de guerra en que acabaron de sustentarse los odios y las divisiones entre los españoles, era muy difícil de creer que unos espacios dedicados al castigo fueran más bien lugares de ocio y esparcimiento, aunado a que en el momento de miseria que vivía la población después de la guerra, la alimentación escaseaba. Las autoridades franquistas lo sabían, acababan de vencer una guerra, pero ahora empezaba la más importante, la legitimadora, la que debía de permitir que el nuevo régimen creado durase después de la muerte del Generalísimo, y esta nueva contienda, simbólica, aunque también física, se ganaba con la propaganda. Lo más seguro es que si alguno de los testimonios que vivió el cautiverio en primera persona leyera la noticia, se daría cuenta de lo vital e importante que es investigar, contrastar y dar a conocer la verdad de lo que sucedió en el pasado y especialmente en este caso en la época tan oscura del franquismo.


¹ Jordi Carrillo. Universitat Rovira i Virgili. Historia y Universidad Autónoma de Barcelona. Historia PdH.

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