Colombia y las elecciones. La izquierda también se embriaga.

Por Julián Bedoya¹.

Entre 2002 y 2010 Colombia vivió bajo el Gobierno más derechista de su historia. Después de un fallido proceso de paz con la guerrilla de las FARC, el pueblo colombiano arengado por la frustración y el miedo, elige como presidente a Álvaro Uribe con la promesa de acabar con las guerrillas. Sin embargo, pasó el tiempo y las guerrillas siguieron existiendo y desarrollando su accionar militar en el territorio nacional. En cambio, en los 8 años del Uribismo en Colombia se dispararon los asesinatos de líderes sociales, los “falsos positivos” (ejecuciones extrajudiciales de campesinos para hacerlos pasar como guerrilleros), la persecución a la oposición y la estigmatización de la protesta social. Así mismo, se aplicó a rajatabla el recetario de la política neoliberal en materia económica.

El Uribismo es un fascismo de baja intensidad, a la colombiana. Conceptos como el “Estado Comunitario”, para pretender homogenizar las directrices del Estado y la lealtad popular; el “Estado de Opinión”, como lógica supraconstitucional de justificar las reformas a las leyes nacionales en función de la “opinión mayoritaria”; y la “Seguridad Democrática”, que no es más que la doctrina de la triple A de la Escuela de las Américas, complementada con la delación sistemática, donde el vecino vigila al otro, son algunos de los componentes fundamentales del Uribismo. Y el monstruo sigue vivo.

Después de un proceso de paz exitoso, con toda su carga de errores y aciertos, la posibilidad de lograr un gobierno socialdemócrata parece cercana. El uribismo, después de 8 años fuera del poder y con el fantasma de las FARC fuera de escena, se apresta a encontrar un nuevo contrincante. Un proceso que hoy se ve ligado a que con el fin del conflicto armado se abre una nueva ventana para que todas las luchas sociales cubiertas con la basura contrainsurgente salgan a la luz en toda su magnitud. Es por ello que la extrema derecha ha intentado y seguirá intentado destruir el proceso de paz, no solo para no caer en simplicidades, en un amor por el frenesí guerrerista, sino porque saben, como Orwell, que la guerra mantiene ocupado a los pueblos. Uribe, el presidente más de derechas que ha tenido el país, busca la reelección en cuerpo ajeno, utilizando un Albert Rivera a la colombiana: un pelele (Iván Duque) que le limpie la careta a la derecha más reaccionaria, ligada con los negocios de la especulación del valor de la tierra, el paramilitarismo, la ganadería extensiva y la salvaguarda de los negocios de los grandes capitales extranjeros, especialmente norteamericanos.

La extrema derecha (uribismo) inflada y arrogante después de su victoria en el referendo por la aprobación del proceso de paz sabe que no es mayoritaria. Sabe que su victoria (la del NO) contra el proceso de paz contó con la ayuda de otros actores políticos que no jugarán con ella a las presidenciales. Sola no logrará volver al poder siendo aún una fuerza poderosa en el escenario político nacional. Prueba de esta fuerza son los resultados del partido uribista en las elecciones del congreso (11 de marzo 2018), donde se convierte en la bancada más grande (19 senadores y 32 representantes a la cámara baja) sin alcanzar la mayoría matemática.

El trasfondo social es conocido: Colombia es un país mayoritariamente de derechas, conservador, cristiano y prejuicioso. Un país gobernado desde siempre por 15 familias todopoderosas. Hijos y nietos de expresidentes ocupan la primera plana entre los candidatos a la magistratura nacional. Y es sobre todo violento. La violencia lo ha permeado todo, tanto que hoy sigue siendo una reivindicación de la izquierda en democracia el derecho a participar sin temer por su vida.
El debate hoy en Colombia entre los sectores democráticos es si la ambición nos puede y queremos tomarlo todo, y por ende galvanizamos a una derecha mayoritaria en Colombia (sumando centro derecha y extrema derecha), o si damos un paso intermedio, que para un país que ha vivido toda su vida republicana en guerra (y son más de 200 años), implicaría salir de la violencia endémica y la formulación de un proyecto modernizador.
Hay un sector de la izquierda colombiana (el Polo Democrático) que entendiendo que hoy las mayorías ideológicas no son precisamente de derecha pero si anti-izquierdas y anticomunistas; se propuso construir una propuesta con la burguesía nacional, un proyecto modernizador, no revolucionario ni socialista pero de avanzada dada las relaciones feudales, de atraso y de violencia política del país. Es una izquierda que sabe que en el mejor de los casos llegaría sola al 20% de los votos. Y sus militantes se irían a tomar unas copas en un bar después del conteo, y hablarían de lo lindo que fue la campaña y tres anécdotas más. En últimas, el Polo Democrático no sueña con acompañar coreográficamente las victorias aplastantes de la derecha y quiere romper con el seudotecho del “voto de opinión” de la izquierda colombiana (alrededor de 3 millones de votos de un total de 15 millones de votantes).

El Polo Democrático generó una alianza multipartidista (Coalición Colombia) que escogió a un candidato de centro (Sergio Fajardo) con reales capacidades electorales de derrotar a la extrema derecha terrateniente y la derecha oligárquica proimperialista. Todas las encuestas así lo muestran. Sin embargo hay un candidato de “izquierda” (más símbolo que realidad) que repunta basándose en su poderosa retórica, en sus propuestas ilusorias pero efectistas en la opinión política, en su capacidad de aglutinar a todos los sectores de izquierda fuera del Polo Democrático y a la imagen construida de víctima del sistema, así en el pasado haya cohonestado con la derecha que dice combatir. Y el sistema lo ayuda: entrevistas, reportajes y primeras páginas lo propulsan a los primeros puestos y debilitan al candidato de centro.

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La fórmula estaba preparada desde la extrema derecha: Inflar al candidato de la “izquierda” (Gustavo Petro), exguerrillero, exalcalde de Bogotá (con bastante líos administrativos y pésimas ejecutorias), que no se atreve a decir que Chávez y Maduro son dictadores (y no lo son, pero le cobran su cercanía para azuzar los miedos y los paralelismos) y que logra personificar todos los temores de la Colombia retardataria. Venezuela y el chavismo son el fantasma y el trapo a agitar por la derecha mundial.
Prueba de su baja capacidad de aglutinar al pueblo colombiano más allá de las encuestas son los resultados de las pasadas legislativas, en las que obtuvo una de las bancadas más pequeñas del congreso (4 senadores y 2 representantes), mientras la Coalición Colombia lo supera con creces (15 senadores y 12 representantes).

El meollo de todo esto está en saber leer el momento histórico. Después de un proceso de paz que ha costado tantos intentos fallidos, que la izquierda que está con Petro se empecine en una especie de masturbación política, impulsando al candidato que saben que no va a ganar contra el heredero de la extrema derecha, de la persecución a las cortes, a los periodistas, de las ejecuciones extra judiciales, es una irresponsabilidad inadmisible, que demuestra que en estos sectores sigue pesando más el fetichismo de ver fastuosas banderas ondeando en el aire que mejorar las condiciones de vida del pueblo del que tanto se habla en los discursos de plaza pública, sin mayores compromisos.

Elegir un candidato hoy de centro en Colombia, que nunca se ha reclamado como de izquierda, ni más faltaba, y que no va a generar todos los cambios que el país necesita, implica una enorme generosidad de parte de los sectores más lúcidos y consecuentes del campo democrático colombiano. Se sacrifican banderas y consignas del simbolismo propio de la identidad política en aras de abrirle paso a un punto de quiebre a la historia nacional, una apertura democrática que siente las bases para procesos de transformación más profundos.

En últimas, la izquierda Petrista se embriaga en el éxtasis de su exposición pública, de estar de segunda en las encuestas, como el exhibicionista que se roba sus 15 minutos de fama en la mitad del cotejo deportivo, cuando todos están en los camerinos. Es como un fantasma, que no conocíamos antes: el fanatismo de los nuestros, de los que históricamente se han autodenominado revolucionarios y de izquierda. Entre los seguidores de Petro y los militantes del Polo Democrático todos los puentes están rotos.

La discusión argumentada y seria se ha hecho imposible. Cada uno posa de ser el macho lomo plateado, el más rojo de los rojos. Los recién graduados en izquierdismo radical califican de “tibios” a quienes procuran la apertura democrática con el centro del espectro. Viven a plenitud su éxtasis de identidad adolescente, sin sentido de la responsabilidad histórica. Ahora, quienes han resistido, por ser más viejos, la barbarie del uribismo en el poder, son tratados de inconsecuentes por no apoyar la candidatura del que pretender más puro y más rojo, olvidando sus deslices vergonzosos de antaño, al lado incluso del mismo Uribe en su perorata antiterrorista.

El nuevo fanatismo que carcome la izquierda colombiana recuerda a la guerra civil española. Una izquierda que en su momento no supo hacer una radiografía del pueblo español y se lanzó radicalmente en una lógica anticlerical, de revolución instantánea. Se galvaniza la derecha y se pierde todo, porque no se sabe leer el momento, porque nos queremos comer todo el pastel y nos atragantamos. El candidato de la Coalición Colombia tiene hoy pocas posibilidades de pasar a segunda vuelta, aunque las encuestas lo ponen como el candidato que menos rechazo genera entre el electorado de todos los sectores, dato importantísimo para segundas vueltas. Es casi un hecho, salvo una remontada digna del 4 a 0 del Barca al PSG, que la extrema derecha uribista va a pasar a segunda vuelta con el candidato de la “izquierda”, con Petro. Y la tunda será 3 a 1. El heredero del gobierno más sanguinario de la historia llegará al poder, a menos que el centro se abra paso en la última recta de la competencia y les malogre la fiesta a la propuesta hirsuta de la falsa izquierda radical. No obstante, también la derrota dará sus dividendos. La división entre la izquierda colombiana se va a profundizar mucho más. Auguro 30 años más de división antes de un nuevo intento de frente popular, de unidad más allá de los rencores y los ajustes de cuentas. Mientras ello sucede la Coalición Colombia y el Polo Democrático desde ya se prepara para la contienda electoral de carácter regional de 2019, y para encabezar las expresiones de rebeldía democrática de la sociedad colombiana. Y vamos a ver qué da un nuevo gobierno de extrema derecha. Vamos a ver cómo y a cuántos de los nuestros les van reventar los intestinos. (Hoy hay 82 líderes asesinados desde el fin del conflicto de la paz, en su mayoría defensores de derechos humanos, líderes campesinos y de sustitución de cultivos).


¹ Julián Bedoya. Ingeniero ferroviario en Francia, militante del Polo Democrático Alternativo (PDA) de Colombia y ex representante de los estudiantes en la la Universidad Tecnológica de Pereira.

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