Las Semanas Santas del franquismo. Combates por significar lo popular.

Por César Rina Simón¹.

 

En las celebraciones de la Semana Santa, la línea imaginaria que divide lo sobrenatural y lo humano desaparece y las fiestas adquieren un contenido simbólico relacionado con la perpetuación de la comunidad en el tiempo y la articulación de sus hitos identitarios. Los parámetros centrales de la celebración no cambian: culto a la primavera, a la vegetación y al fuego, personificación del dolor de la comunidad en unas imágenes dotadas de sacralidad y participación activa de toda la comunidad en el rito. La fuerza totalizadora de la celebración se explica por la participación colectiva y el intercambio de roles sociales que sus miembros experimentan durante los rituales. Debido a la importancia simbólica de la religiosidad popular, las instituciones políticas y eclesiásticas, desde las primeras manifestaciones propiciadas por el Concilio de Trento, tratan de redefinir la fiesta en función de sus intereses y convertir el rito en un medio sustentador de su poder o de su explicación del mundo.

El nacionalcatolicismo del Nuevo Estado franquista llevó a cabo un importante proceso de fascistización y militarización de las manifestaciones de la religiosidad popular, al tiempo que las autoridades eclesiásticas aprovecharon la connivencia con las instituciones políticas para purificar de impurezas folclóricas o espontáneas sus celebraciones. La connivencia política y religiosa del nacionalcatolicismo se escenificó en el campo simbólico de los rituales de la religiosidad popular en torno a tres actuaciones: recatolización del espacio público, militarización y fascistización de las celebraciones y purificación de los elementos heterodoxos y festivos. El objetivo de la instrumentalización política, militar o eclesiástica de las celebraciones era el de vincular la historia de la nación al catolicismo y a las nuevas instituciones con el pasado imperial e inherente del pueblo español. De esta forma, la apropiación de la cultura devocional de las comunidades facilitó la articulación de un consenso duradero entre las diferentes culturas políticas del franquismo, elemento clave para comprender el asentamiento de la dictadura.

Las celebraciones religiosas facilitaron la legitimación del Nuevo Estado y articularon el orden de representatividad de la dictadura en la participación de las autoridades en procesiones, cultos y romerías. Muchas imágenes religiosas recibieron títulos, honores y condecoraciones militares, en el intento de las instituciones de vincular el alzamiento, la guerra civil y la dictadura con los referentes devocionales más venerados y con una serie de hitos representativos que comenzaron a jalonar el espacio simbólico urbano de cruces y monumentos a los caídos. En el caso del General Franco, se produjo una sacralización de la actividad política del Caudillo a través de su vinculación con una serie de ritos, símbolos y manifestaciones de apoyo.

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A grandes rasgos, encontramos en la Semana Santa tres categorías de usos públicos de los rituales. Por un lado, la significación eclesiástica, que concibe las celebraciones como manifestaciones de la consustancialidad del catolicismo en el pueblo español, pero éstas, por su complejidad cultural, adquieren formas heterodoxas. El objetivo de las instituciones eclesiásticas sería el de purificar dichos ritos y conducirlos hacia un catolicismo practicante. Otro nivel es el político, caracterizado por los intentos de apropiación y «resignificación» de las celebraciones en clave ideológica, a partir de representaciones y símbolos. En este sentido, el uso político de las fiestas se diversificará entre aquellos que conectan las procesiones y el culto a las imágenes con el catolicismo ortodoxo y conservador y aquellos que las consideran como manifestaciones puras de un pueblo que ha plasmado su idiosincrasia en la religiosidad popular al margen de la Iglesia. En último lugar, nos encontramos con los múltiples comportamientos de los miembros que participan en las celebraciones, basados en sensaciones, tradiciones y memorias que tienen cabida en un abanico amplio de manifestaciones de dificultosa concreción para el método historiográfico.

Durante la Guerra Civil y la posguerra, desfiles mili­tares, himnos, homenajes a los mártires y caídos, conmemoración de efemé­rides, saludos fascistas y narrativas palingenésicas confluyeron en Franco, asimilado a la figura de Cristo, a la nación española con la Virgen María y al Nuevo Estado con la resurrección de la patria y la restauración de los principios católicos. Sin embargo, la conjunción de estos elementos no estuvo exenta de conflictos en la construcción de una cultura política fran­quista, que ligó la modernidad intrínseca del fascismo y la movilización de las masas con la apelación a la tradición y la religión. En esta resignificación de las celebraciones jugó un papel espacial la Iglesia católica, sobre todo a partir de las pastorales y discursos de sus prelados. De esta forma, la Semana Santa especialmente, aunque también romerías y procesiones patronales, se convirtieron en celebraciones de afirmación fascista y nacionalcatólica, dos elementos que comenzarían a distanciarse una vez terminada la contienda y celebrada la Victoria. El espacio urbano, sacralizado, purificado y fascisti­zado, fue el escenario del combate ideológico y de la representación del con­senso del Nuevo Estado franquista.

La representación pública de la Semana Santa sufrió a partir del 18 de julio un progresivo proceso de militarización y fascistización, favorecida por una nueva legislación más restrictiva con la participación ciudadana en las celebraciones y por la narración que presentaba a las autoridades golpistas como las perpetuadoras de las tradiciones populares de los españoles. El Nuevo Estado venía a restaurar el rito y proyectarlo hacia una dimensión más católica y castrense, alejada del horizonte casticista que había predominado en la estética celebrativa. En las ciudades nacionales, procesiones y romerías se confundieron con juras de bandera, desfiles militares y homenajes a los már­tires y caídos bajo monumentales cruces construidas exprofeso para conme­morar la muerte por la patria. La simbiosis de iconos religiosos y nacionales transformó los espacios públicos y privados, contribuyendo en la identifica­ción de la pasión y muerte de Cristo con el sufrimiento y entrega de los caídos en la resurrección de España.

La resignificación de los rituales relacionados con la religiosidad popular alcanzaron una especial relevancia en momentos clave de la guerra: el 15 de agosto de 1936, con la reposición de la bandera rojigualda y la celebración de la Virgen de la Asunción y otras patronas locales; la primera Semana Santa en el bando nacional, en 1937, en la que se representaron los imaginarios del Nuevo Estado recubiertos de unción sagrada y popular; la purificación del espacio a través de los iconos más representativos de las comunidades en aquellas ciuda­des conquistadas por las tropas franquistas; la Semana Santa de 1939, coinci­dente con la caída de Madrid, donde se reprodujo el relato de la palingenesia nacional vinculando la pasión, muerte y resurrección de Cristo representada en las calles con el martirio de España y la acción mesiánica del Caudillo; y, en último lugar, las celebraciones de la victoria, que combinaron el culto a los caídos y a los héroes del levantamiento con las procesiones en acción de gra­cias de las imágenes más señeras de la religiosidad popular.

En definitiva, las tradiciones políticas conservadoras, fascistas y católicas escenificaron en el escenario de la religiosidad popular durante la Guerra Civil una comunión de intereses que permitió consolidar la dictadura a partir de una serie de modelos de legitimación. Principalmente, la unción sagrada y popular de la sublevación representada en las procesiones, la vestimenta de los iconos religiosos y la participación eclesiástica, pero también la asimilación con imá­genes y tradiciones que enraizaban la dictadura con los imaginarios locales e identificaba la acción del Nuevo Estado con la restauración de los valores nacio­nales y metafísicos de cada comunidad. Esta comunión de intereses dejó su huella en unas representaciones en proceso paulatino de fascistización política y simbólica, a la que contribuyó el ímpetu de las autoridades franquistas y la confusión entre celebraciones religiosas, paradas militares y conmemoraciones fascistas. Constatamos dicha fascistización en la participación de las masas, en la vinculación palingenésica de la pasión de Cristo con la historia de España, en múltiples escudos y representaciones con una clara estética fascista y en la articulación de una narrativa de la Victoria en clave dicotómica: del caos repu­blicano a la regeneración patriótica. En este sentido, fue esencial la identifica­ción de las imágenes cristológicas con el Caudillo u otros héroes, personajes providenciales que garantizaban la continuidad nacional y la perpetuación del rito. Es por esto que las celebraciones de la Semana Santa constituyeron autén­ticas celebraciones del régimen y representaron el corpus de lealtades del Nuevo Estado. La consecuencia directa de la fascitización de los ritos fue la pérdida creciente de horizontalidad y cromatismo en las fiestas hasta bien entrada la década de los sesenta. Procesiones y romerías compartieron espacio y significa­dos con actos falangistas y castrenses, viéndose alterada radicalmente la estética regionalista y romántica de las celebraciones.

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Una vez concluida la guerra, la Iglesia católica, que hasta entonces había participado de la simbiosis en los horizontes de lo popular, comenzó a marcar límites con las prácticas fascistas y a reivindicar un régimen de corte teocrático en el que el poder terrenal estuviese al servicio del orden eclesiástico, enfren­tado al modelo fascista cesaropapista, en el que lo religioso estaría supeditado al proyecto de construcción de una religión política nacional. Estas disputas se concretaron en el escenario cultural de la religiosidad popular en debates sobre el significado de los rituales. El proceso de purificación de las fiestas llevado a cabo por la Iglesia restó costumbrismo y mistificó creencias locales y prácticas identitarias, alcanzado así un anhelo histórico del clero de catolizar ritos de tra­dición pagana o de espiritualidad laxa. Las manifestaciones de piedad popular perdieron su espontaneidad y se alejaron de amplios sectores de la población, que pasaron a percibirlas como actos de recatolización, de síntesis del pacto nacionalcatólico o de representación del poder y de la legitimidad de las jerar­quías políticas del Nuevo Estado. Romerías y procesiones fueron jerarquiza­das, controladas por las instituciones y reglamentadas, perdiendo sus significaciones identitarias con las comunidades que las perpetuaban.

La construcción de la memoria franquista distó de ser un proceso unidi­reccional o estático; más bien, se articuló a partir de las tensiones y luchas por el control simbólico del espacio, el tiempo y la noción de sacralidad de las diferentes familias políticas del régimen. Para ampliar la temática, remito al libro “César Rina Simón, Los imaginarios franquistas y la religiosidad popular, Badajoz, Diputación de Badajoz, 2015″.


¹César Rina Simón. Profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Extremadura.

Un comentario en “Las Semanas Santas del franquismo. Combates por significar lo popular.

  1. El nacionalcatolicismo y el nacionalsindicalismo tienen mucho que ver con el nacionalsocialismo de Hitler en Alemania y con el fascismo en la Italia de Mussolini

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