Género, religión y movimiento obrero. Las católicas de la HOACF bajo el Franquismo.

Por Sara Martín Gutiérrez¹.

En los años de la dura posguerra se habían puesto en marcha las especializaciones obreras de la Acción Católica Española (ACE) con el objetivo de consolidar su influencia en el seno de la clase trabajadora. De esta manera, bajo el manto de la jerarquía eclesial nacía la Hermandad Obrera de Acción Católica Femenina (HOACF) para aglutinar a las trabajadoras y esposas de los obreros en España durante el año 1947.

Con el objetivo de consolidar el movimiento obrero católico adulto, Guillermo Rovirosa y Tomás Malagón, fundador y consiliario asesor, habían elaborado una metodología de formación para la HOAC masculina y la HOACF: el Círculo de Estudios y la Revisión de Vida. Los movimientos se valían del método de la encuesta, basado en el llamado ver, juzgar y actuar, a través del cual las militantes valoraban las dificultades presentes en sus lugares de trabajo o en sus casas, así como las injusticias que se cometían sobre la clase trabajadora. A través de este análisis se permitía una posterior actuación de las obreras a través del compromiso individual y colectivo que conduciría a muchas a los compromisos en los barrios y en las fábricas.

Las reflexiones de las militantes en las reuniones generales fueron paulatinamente definiendo una respuesta por parte de la HOACF a problemáticas del mundo obrero. La cuestión del salario femenino, el trabajo de las obreras y la situación de los barrios humildes fueron ejes sobre los que se sustentaron la colaboración y la solidaridad de las militantes, así como sus líneas de actuación para transformar la realidad: “Nosotras tenemos que ver la forma de hacer frente a esta situación y a la de todas aquellas mujeres del barrio que conocemos. Unirnos para prepararnos y estudiar las acciones posibles a realizar por nosotras”.

Tras la puesta en marcha del Plan de Estabilización de 1959, las transformaciones económicas y sociales del país comenzarían a manifestarse ya durante la primera etapa de los años sesenta. La liberalización de la economía escondía el desarrollo del modelo industrial productivista que necesitaba incrementar su mano de obra a costa de reducir los salarios de los trabajadores y de incrementar las horas extras a las largas jornadas de trabajo. El déficit tecnológico de España se mitigaba así con la llegada de una mano de obra no cualificada procedente de las áreas rurales. El inicio de los años del desarrollismo había supuesto un cambio también en la incorporación de las mujeres al mundo del trabajo ante esta necesidad de la industria de incorporar nuevos trabajadores, hecho que se materializó de manera muy pausada por las presiones ideológicas, sociales y culturales. El porcentaje de mujeres activas situaban la tasa de mujeres activas para 1960 en el 13,49% según el censo y en un 17,9% según la EPA. Si bien la Ley de Derechos Políticos, Profesionales y de Trabajo de la Mujer de 22 de julio de 1961 vino a suponer una ruptura respecto del Fuero del Trabajo de 1938 al prohibir la discriminación de las mujeres casadas en las reglamentaciones laborales, lo cierto es que en la praxis no se apreciaron los cambios, pues la incorporación de las mujeres fue muy progresiva y lenta. Esta disposición recogía el principio de igualdad salarial entre hombres y mujeres en un amago de abrir tímidamente al mercado laboral a las mujeres pero manteniendo una discriminación que se extendió hasta 1975 con la Ley de Relaciones Laborales. Por su parte, el Decreto de 1 de febrero de 1962 ofrecía tres opciones distintas a las mujeres en el momento de contraer matrimonio, pedir una excedencia, mantener su puesto o recibir la antigua dote. Los obstáculos a superar por las trabajadoras de la HOACF pasaban también por la dificultad de adquirir una vivienda, las imposiciones del marido, “del cual, para todo necesitan autorización” y su discriminación en el ámbito laboral, según recogía la HOACF en sus planes de actuación. El movimiento denunciaba la desigualdad “a pesar de la ley del 15-VII-61”: “Y aquellas mujeres con sed de justicia y equidad que luchan por el bien común sufren vejaciones, traslados […] Faltan puestos de trabajo para la mujer”. A lo largo de toda la década la HOACF mantuvo una postura de clara oposición a la ineficacia de la Ley de 1961 sosteniendo que:

“De poco o nada sirven las leyes si la costumbre es capaz de hacerlas ineficaces. Es fácil dejar de cumplir una ley. Así tenemos por ejemplo la disposición (Ley de 22 de julio de 1961) que equipara la retribución de los trabajos «de valor igual». Y (dejando aparte otras normas de menor rango, decretos, convenios colectivos, etc, que no aplican ese principio) en la práctica muchas veces no se cumple, pues hay mil y un modos (primas, etc) de hacer de hecho superior el salario masculino”.

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Las obreras católicas presentes en el mundo del trabajo.

Las mujeres fueron conscientes de las desigualdades que sufrían los obreros en las fábricas gracias a las vivencias cotidianas y a las experiencias comunes de todas ellas, hechos que consiguieron analizar en sus revisiones de vida, en los cursillos y ponencias de la organización, y en los círculos de estudio. En sus reuniones, junto con el resto de militantes, elaboraron informes sobre el transcurso de huelgas y otras protestas con el objetivo de mantener informados a los militantes de la organización en un contexto histórico en el que las informaciones que salían a la luz, estaban fuertemente controladas. Como mujeres y obreras, protestaron por la discriminación en salario que sufría la trabajadora, denunciando situaciones en las que los patronos prefirieron anteponer la contratación de mujeres a la de varones debido al menor sueldo que éstas percibían. Asimismo, en diferentes ocasiones denunciaron que las mujeres percibieran menor salario que el varón, algo que consideraron injusto ante la menor preparación de las mujeres, en líneas generales: “Su escasa preparación hace que tenga que dedicarse a trabajos menos calificados [sic], más monótonos y embrutecedores que el hombre, con el consiguiente jornal más bajo; éste, sin embargo, a veces es inferior por el hecho de ser mujer”. El espíritu de defensa del trabajador parecía estar presente en el imaginario de los militantes de la HOAC/F gracias a la fuerte impronta obrera católica y a las experiencias cotidianas que contribuían a consolidar los lazos de solidaridad obrera.

Los testimonios de mujeres de la HOACF reflejaron una clara postura de reivindicación de los derechos de los trabajadores a través del ideal de dignidad obrera procedente del mundo católico, aunque distinto a la conciencia de clase presente en las ideologías revolucionarias. La sindicalista navarra Florentina Martínez, “Floren”, dirigente de la HOACF y participante en el I Encuentro Mundial de los Obreros Cristianos que tuvo lugar en mayo de 1961 en Roma, recordaba la complicada situación de las obreras que planteaban alguna oposición en sus lugares de trabajo:

“Mi padre conducía un camión con gasógeno, un día se intoxicó y murió. En ese momento comencé a trabajar cosiendo en una sastrería de Pamplona. Con la mísera pensión que le quedó a mi madre nos pusimos a trabajar como locos, cosiendo, cosiendo todo el día y luego a la noche llevando trabajo a casa y nos estábamos hasta las tantas de la noche, así empecé mi vida laboral. Trabajábamos ocho horas y el primer salario fue de 175 pesetas al mes. Después de mi formación en Madrid, en la HOACF, volví a Pamplona y mi compromiso militante me llevó a trabajar en una fábrica, que hacían suelas de goma que se pulían en una maquinica y te tragabas todo el polvo y un día le dije al encargado «yo aquí no puedo trabajar más porque este polvo no es legal que exista y hay que poner algo que lo elimine» y ya tuve la primera bronca. Estuve poco tiempo, pero conseguí que pusieran aspirador para el polvo de las gomas. En 1968 entré a unas oficinas y hay elecciones sindicales y me proponen para enlace, pero hubo un revuelo porque en Navidad en esas cenas que daban, yo les decía: «para qué quiero una cena si durante todo el año no puedo cenar con el salario de hambre que nos dan» y claro eso corrió la voz y yo ya no me salve. Me despacharon, me dieron 4.000 pesetas y a la calle”.

El avance de la HOACF fue una realidad para la década de los años sesenta aunque su cota de militancia no alcanzaría más allá de las 3.000 socias y simpatizantes en todo el país. Desde la ACE y a través de los compromisos en el mundo laboral se alentaba la acción consecuente de la interiorización del ideal de dignidad obrera, sustentado en el conocimiento de la situación de explotación que vivía la clase obrera y la situación específica de las mujeres dentro de su clase. Este hecho lograría el despertar de la conciencia social de estas militantes en dos vertientes, como mujeres y como obreras. Una vez hubieron desarrollado una conciencia lo suficientemente fuerte, los enfrentamientos con la jerarquía con algunos dirigentes y militantes de base no tardarían en llegar, de manera especial cuando su actividad dentro del movimiento obrero se hizo demasiado visible para los agentes católicos. La HOACF, al igual que el resto de los movimientos de especialización obrera rompían con ciertos postulados enunciados por el Vaticano y la Rerum Novarum acerca de la postura que los trabajadores católicos sostenían con respecto a ciertos instrumentos, como el derecho legítimo a la huelga como medida de presión sobre la patronal. Este aspecto favoreció que a lo largo de los años sesenta y a medida que se intensificaba la conflictividad laboral en la cuenca minera asturiana o en el cinturón industrial de Vizcaya, las obreras, y entre ellas, las católicas, apoyaran el derecho a huelga de los trabajadores y participaran en las redes de apoyo a los trabajadores despedidos y sus familias. Las obreras de la HOACF, en especial, aquellas que trabajaban fuera de casa en alguna fábrica, participarían también en los conflictos del movimiento obrero enarbolando la bandera de la triple identidad como obreras, católicas y mujeres.


¹ Sara Martín Gutiérrez. Universidad Complutense de Madrid.

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