La financiación de la primera ETA (1958-1967)

Por Gaizka Fernández Soldevilla¹.

120629110355-eta-cessation-horizontal-large-gallery

Ekin (Hacer) fue un colectivo formado en 1952 por universitarios que, considerando al PNV un partido pasivo, inoperante e incluso caduco, habían redescubierto el nacionalismo vasco en su versión más extremista. Estos jóvenes pretendían tomar el relevo de los gudaris que habían sido derrotados en la Guerra Civil, la cual interpretaban como la enésima invasión española que había sufrido Euskadi. Su horizonte era constituir un estado vasco independiente y monolingüe (en euskera), compuesto por Vizcaya, Guipúzcoa, Álava, Navarra y el País Vasco francés. Después de ensayar una efímera convergencia con las juventudes del PNV, la militancia de Ekin decidió crear una nueva organización a finales de 1958, ETA, Euzkadi ta Askatasuna (Euskadi y Libertad), que se presentó públicamente en el verano del año siguiente. Desde su nacimiento, el grupo contó con una rama de acción (luego frente militar): sus primeros atentados datan del otoño de 1959, aunque no se reivindicó ninguna acción hasta 1961. La nobleza del fin justificaba cualquier medio. Así, tras un breve debate, los etarras se posicionaron a favor de la violencia como método para lograr sus objetivos políticos. Es evidente que lo hicieron estimulados por una serie de condicionantes: una doctrina ultranacionalista que les impulsaba al odio, el deseo de emular a los gudaris de la Guerra Civil, un contexto de oportunidad favorable, el de la represora y centralista dictadura, y el influjo internacional de los exitosos movimientos anticoloniales del Tercer Mundo. Ahora bien, lo que dio comienzo a la espiral de violencia el 7 de junio 1968, cuando ETA causó su primera víctima mortal, el guardia civil José Antonio Pardines, no fueron ni las circunstancias ni un supuesto conflicto secular entre vascos y españoles, sino la voluntad consciente de los propios etarras.

El grupo tardó años en conseguir el dinero necesario para emprender la vía de la violencia. Hasta que ETA fue capaz de autofinanciarse por medio de los atracos a mano armada, la organización se nutrió de las suscripciones de sus miembros y los donativos de sus simpatizantes. Según el primer informe policial que menciona a la organización, fechado en agosto de 1961, las cotizaciones de los etarras ascendían a entre 3 y 5 pesetas semanales (entre 0,74 y 1,11 euros). Tal fuente era insuficiente. Al respecto es ilustrativo el trabajo «Hacia una estrategia revolucionaria vasca» del entonces dirigente de ETA José Luis Zalbide (K. de Zunbeltz): “Hasta 1964 inclusive, la ayuda recibida del pueblo era tan pequeña que ni siquiera las pequeñas necesidades de entonces podían ser cubiertas. Partida importante de los ingresos, en aquella primera época, era la constituida por las cuotas de los propios militantes, lo cual da idea de la escasez de recursos”.

Ahora bien, antes de 1964 ETA también recaudaba el dinero de manera directa, por medio de la visita de sus representantes. A decir de uno de ellos, Juan José Etxabe, «comenzamos a preparar listas de gente con posibilidades y, por la cara, les pedíamos dinero. […] siempre pedíamos a gente del Partido [PNV] o gente más o menos nacionalista o vasca». Gracias al órgano de expresión de ETA, conocemos el funcionamiento del sistema, que era bastante sencillo: los delegados de la organización se presentaban ante los propietarios de negocios o sus directivos, a priori solo los de ideología abertzale, y, tras informarles de sus actividades y sus apremiantes necesidades, les solicitaban apoyo financiero.

Presuntamente tales donativos eran voluntarios, pero se registra cierta ambigüedad al respecto desde los mismos orígenes de esta práctica, lo que nos hace preguntarnos hasta qué punto era así. Ya en las páginas del primer Zutik de Caracas (1960) se había anunciado que uno de los objetivos de la publicación era reclamar de todos los vascos «su aportación decidida, en todos los campos y, singularmente, en el económico». En otro posterior (1961) se podía leer este consejo dirigido al empresario nacionalista: «cuando nuestros agentes te visiten, les darás no solo tu aporte personal, sino la orientación para que visiten a más. Será tu impulso para que la obra siga. Y Euzkadi arreciará su paso». Igualmente, los etarras prevenían a sus lectores de que, «si entre los visitados alguno no es patriota vasco puede negarse a contribuir. Pero no olvide que la delación se paga con la muerte». No parece casualidad que en ese mismo número se denunciara a un tal Andrés por haberse negado «jactanciosamente a dar dinero para la resistencia. Ha sido, hasta el presente, el único patriota que ha negado su aportación a los recaudadores de la Resistencia Vasca». Incluso se publicaba la dirección de su domicilio en Bilbao, lo que más adelante se había interpretado como una seria amonestación. En aquel momento solo se trataba de enfatizar el mensaje.

Dos años después el órgano de expresión de ETA conminaba a que «todo vasco ingrese en la Resistencia. Destine gran parte de su tiempo, iniciativas, dinero, al logro que tenemos en común». Había que «ir tomando posiciones. Por o en contra. Ya se acabaron los certificados de patriotismo. Patriota es aquel que está luchando en la Resistencia o colaborando con ella». La misma sentencia se repetía en otro boletín: «el que no colabora con la Resistencia es un traidor, y como tal será tratado». Por si había dudas de lo que aquellas palabras significaban, el texto venía acompañado por el decálogo del «resistente», una de cuyas obligaciones consistía en aportar «ayuda económica a la Resistencia Vasca, y a las familias de los detenidos».

Las amenazas contra los empresarios remisos a contribuir a la causa ultranacionalista se
hicieron explícitas en 1964, año que el Comité Ejecutivo de ETA inauguró con un «Manifiesto» en el que se ordenaba que «todos contribuirán con dinero, cada cual conforme a sus posibilidades» por medio de un «Consejo Nacional de Contribuciones» que iba a entrar «en funciones en plazo breve». «Son abertzales los que colaboran con la Resistencia Vasca. Los que se oponen a ella o la boicotean serán barridos». Ese año se celebró la III Asamblea de ETA, en la que fue aprobada la ponencia «La insurrección en Euzkadi» de Julen Madariaga, quien, al igual que había hecho Federico Krutwig en Vasconia, proponía la creación de «jerarquías paralelas» a las españolas para imponer la legalidad de facto de la organización. Una pieza clave de tal engranaje debía ser la recaudación de «impuestos». Tales veleidades paraestatales tuvieron su reflejo en un par de elocuentes artículos publicados en la revista de ETA. «Si el opresor nos exige pagar las contribuciones que quiere, nosotros estamos obligados a comprender que tenemos que contribuir a la Resistencia Vasca, con nuestro dinero y el de nuestras sociedades». A renglón seguido se denunciaba a Concha Goiri por haberse negado a colaborar económicamente con los etarras, a pesar de su condición de «riquísima, millonaria» y de ser considerada abertzale. La misma amonestación recibió un tal Iñaki, al que delegados de ETA habían pedido fondos en dos ocasiones sin ningún resultado. Aquel empresario, se observaba, no había mostrado ningún reparo en pagar sus impuestos a la Hacienda española. «Tú solo apoyas a los que te aterrorizan. Lo tendremos en cuenta en nuestra visita de mañana. No somos nosotros los violentos, sino tú. Te pediremos dinero bajo amenaza; y si no das lo suficiente, la cumpliremos».

«buscarle las cosquillas a la propia familia», esto es, al PNV.

Pese a la coacción que transmitían aquellos textos, todavía faltaban años para el establecimiento del impuesto revolucionario. Según Etxabe, «naturalmente, recibimos de
todo: portazos, amenazas… y esto ya nos obligó a ir armados. Alguno del Partido intentó coger el teléfono para avisar a la policía». Todo parece indicar que se trató de un ensayo fallido, aunque tampoco se puede descartar que, como apuntaba José Mari Garmendia, los etarras estuvieran tratando de «buscarle las cosquillas a la propia familia», esto es, al PNV. Fuera o no fuera tal su pretensión, lo cierto es que, gracias a la actuación de la justicia francesa, el experimento de la cúpula de ETA acabó en desastre.

eurodiputados-evaluan-la-posible-violacion-del-derecho-internacional-con-presos-de-eta.jpg

En 1964 Ramón de la Sota Mac Mahon, nieto de Ramón de la Sota Llano e influyente empresario y político vinculado al PNV que se había exiliado en Biárriz (País Vasco francés), denunció a los líderes etarras Julen Madariaga y Eneko Irigarai por extorsión y coacción: le habían rajado las ruedas de su automóvil al negarse a donar fondos a ETA. La organización tenía una versión distinta de los hechos. En un artículo se señalaba que Sota «se contaba entre nuestros colaboradores financieros por propia decisión suya. No solo eso, sino que quiso que sus dos hijos fueran incorporados a ETA, tras un período de formación. Las cosas se desarrollaban normalmente cuando el Sr. Sota dio un brusco cambio, sin razón alguna». El texto terminaba sentenciando que «desenmascarar traidores en nuestra propia casa es la cosa más desagradable y dolorosa para un patriota». Las acusaciones de «traición» contra Sota, en las que no faltó alguna amenaza, se reprodujeron en la prensa ultranacionalista del exilio. ETA se enfrentaba a un grave riesgo, el del desprestigio. Por esa razón el grupo aclaró que no había pasado de las palabras intimidatorias a los hechos. «ETA se nutre de la aportación voluntaria de sus militantes y simpatizantes. No puede en esta primera fase permitirse el lujo de una contribución obligatoria a todos los ciudadanos. No estamos en ello. Y comprendemos que por ahora uno es libre de cotizar a la organización de sus preferencias». Dicho de otro modo, la extorsión había sido postergada, pero solo «por ahora».

A pesar de aquellas explicaciones y de la campaña de propaganda contra Sota, para la cúpula de ETA el daño ya estaba hecho. En octubre de 1964 la Policía francesa registró las oficinas de la empresa Ikar, que estaba a nombre de Irigarai, y encontró una pistola, propaganda de la banda y documentación robada. Aquellas pruebas sirvieron para encausar a Madariaga e Irigarai. El veredicto de ese juicio se vino a sumar al de otro proceso abierto anteriormente. Como consecuencia de ambos, entre finales de 1964 y principios de 1965 las autoridades francesas expulsaron de los departamentos fronterizos con España a cuatro de los fundadores de ETA: José Luis Álvarez Enparantza (Txillardegi), Benito del Valle, Julen Madariaga y Eneko Irigarai.

Como era de prever, el episodio supuso un nuevo motivo de desconfianza entre ETA y el PNV. Al mismo tiempo hubo una secuela inesperada que, a la postre, tuvo una repercusión crucial en el devenir de la organización. La obligada ausencia de la vieja guardia creó un vacío de poder en ETA, que llenaron dos jóvenes dirigentes que residían al otro lado de la frontera, en España: José Luis Zalbide, referente de la línea tercermundista, y Patxi Iturrioz, cabeza de la corriente obrerista. Su impronta quedó patente en la IV Asamblea (1965), en la que ETA optó por el modelo de la «guerra revolucionaria» basada en la espiral de acción-reacción-acción: provocar, mediante sus atentados, una represión indiscriminada por parte de la dictadura que incitase a la sublevación de la acomodaticia población vasca. Por otra parte, en la citada asamblea se aprobó la «Carta a los intelectuales», que sumaba la construcción de una sociedad socialista a los tradicionales objetivos de ETA: el monolingüismo en euskera, la independencia de Euskadi y la anexión de sus territorios limítrofes. Ahora bien, el suyo era un socialismo sui generis. Como años después reconocía Teo Uriarte «era un marxismo cogido con pinzas: me gusta esto de Lenin y lo cojo, y no me gusta Marx y lo dejo». En cualquier caso, la «Carta a los intelectuales» ponía en la diana de ETA a la «alta burguesía vasca» por haber colocado «a los vascos bajo el control político del estado español», facilitando la imposición del «españolismo» como «un medio más de consolidar el sistema» que le beneficiaba económicamente.

Hacía falta más oro para conseguir plomo, esto es, armamento.

De acuerdo con Zutik (1965), la IV Asamblea marcó un punto de inflexión respecto a la hasta entonces paupérrima financiación de ETA. «En 1965 la ayuda popular a ETA mostró un poderoso impulso principalmente en cuanto a lugares de cobijo y dinero», reconocía José Luis Zalbide tres años después. «Gracias a estos medios pudieron empezar a cubrirse las necesidades más urgentes, que en aquel tiempo representaban la subsistencia de los militantes “liberados”, los desplazamientos y el papel de imprimir». Aunque con muchas limitaciones. En septiembre de 1965 el propio Zalbide le había confesado a Xabier Zumalde (El Cabra), responsable del frente militar: «tengo más hambre que un perro… hoy solo he comido dos croquetas y nada más. Esto va muy mal y así no podemos seguir».

Es probable que la mejora en las finanzas de ETA estuviese relacionada con, entre otros
factores, la creación del ya mencionado Consejo de Contribución a la Resistencia Vasca en América Latina en 1964, que sería complementado con la fundación de Ayuda Patriótica Vasca en 1967 y de Anai Artea (Entre Hermanos) en 1969. No obstante, esas fuentes de ingresos todavía no eran suficientes como para permitir la ampliación de la infraestructura de la banda y la captación de nuevos militantes. Tampoco los liberados mejoraron sus condiciones de vida. Mikel Azurmendi, que ocupó dicha posición de marzo a junio de 1967, cuenta que a menudo dormía en el monte y que durante ese tiempo solo recibió 500 pesetas (unos 70 euros actuales) y un automóvil. Se vio obligado a vivir de sus ahorros. La organización carecía del dinero necesario para embarcarse en la tan ansiada «guerra revolucionaria» que había sido teorizada en la IV Asamblea. Hacía falta más oro para conseguir plomo, esto es, armamento.

De manera un tanto temeraria, el Comité Ejecutivo de ETA anunció públicamente sus planes con un comunicado: «en razón del aumento de necesidades inherentes a la presente etapa, se comenzará a efectuar, en determinadas circunstancias, e independientemente de la ayuda popular, la requisa de medios necesarios a la lucha revolucionaria». En pocas palabras, ETA iba a robar. Según la división de funciones establecida en la IV Asamblea, una acción de tal naturaleza debería haber sido llevada a cabo por la sección militar de Xabier Zumalde, pero este se excusó alegando motivos laborales, así como la conveniencia de planificar la operación con más tiempo, por lo que la Oficina Política decidió actuar por su cuenta y riesgo. El 24 de septiembre de 1965 un comando extremadamente torpe (solo uno de sus miembros se había acordado de llevar pistola) atracó al cobrador del Banco de San Sebastián en Vergara (Guipúzcoa). Resultó un auténtico fiasco, ya que el robo se había realizado antes de que la víctima realizase su ruta: el botín ascendía a letras de pago (inservibles) y 2,75 pesetas (0,52 euros de 2016). Para más inri, tras tan poco memorable acción, José Luis Zalbide tuvo un accidente de tráfico y fue ingresado en un hospital, donde lo detuvo la Guardia Civil.

Un giro a la izquierda de ETA, reemplazando su «nacionalismo burgués» por un nuevo «patriotismo obrero»

Una vez más, los problemas de financiación del grupo iban a tener tangibles efectos sobre su evolución. Y es que la caída de Zalbide y la consiguiente huida de otros líderes etarras permitieron que Patxi Iturrioz tomara las riendas de ETA en solitario. Su primacía supuso la ruptura del inestable equilibrio anterior entre las diferentes tendencias de la organización. Iturrioz impulsó un giro a la izquierda de ETA, reemplazando su «nacionalismo burgués» por un nuevo «patriotismo obrero». De igual manera, propugnó un frente de clase opuesto a toda la burguesía vasca, sin distinciones. El enfoque cada vez más socialista de los Zutik soliviantó a la militancia etarra de tendencia más nacionalista.

Por un lado, el frente militar comandado por Xabier Zumalde se escindió de la organización para formar los autodenominados Grupos Autónomos de ETA, más conocidos como Los Cabras. Por otro lado, las corrientes tercermundista y etnonacionalista de ETA, actuando bajo la batuta de Txillardegi, orquestaron una campaña de difamación contra Iturrioz y sus partidarios, que fueron acusados de ser «liquidacioncitas», «comunistas», «ateos en lo religioso», «pacifistas», «españolistas», «apátridas» e infiltrados del FLP (Frente de Liberación Popular). Finalmente, la crisis interna se cerró con la expulsión de la corriente obrerista en la primera parte de la V Asamblea de ETA, celebrada en diciembre de 1966.

La teoría marxista de la «lucha de clases», que había servido de guía al derrotado Patxi Iturrioz, fue modificada por el victorioso sector tercermundista, que se decantaba por la contribución teórica de los movimientos de liberación nacional de las antiguas colonias. Siguiéndola, se clasificó al empresariado vasco y navarro en dos categorías distintas. Por una parte, la «burguesía nacional», es decir, nacionalista, con la que se podía establecer una alianza en la primera fase de la lucha revolucionaria. Por otra, la «oligarquía» o «gran burguesía», la cual, «por su misma definición son enemigos declarados del pueblo de Euzkadi». Se trataba de «los ejecutantes del imperialismo internacional neo-capitalista concretado actualmente para el pueblo de Euzkadi en el imperialismo francés y español».

En la segunda parte de la V Asamblea de ETA, de marzo de 1967, se reafirmó la estrategia de acción-reacción y se estableció que «la oligarquía de origen vasco» era «objetivamente
extranjera y opresora» y formaba parte de la «oligarquía española», la cual utilizaba el «Estado español» para oprimir a la «nación vasca». Al año siguiente Txabi Echebarrieta señaló a una de las familias que componían dicha «oligarquía de origen vasco»: los Ybarra, entre cuyos miembros nombró al empresario y político franquista Javier de Ybarra, quien sería asesinado nueve años después 3 . Volviendo al texto de Echebarrieta, en él se sentenciaba que «ETA no se conforma con decir que es anticapitalista, sino que hace cosas, es decir, lucha en la práctica por una Euskadi socialista».

Poco después de la publicación de este manifiesto el propio Txabi Echebarrieta se convirtió en el primer etarra en matar y el primero en morir. Pero previamente, en 1967, la banda había conseguido realizar sus primeros atracos con éxito. En abril de ese año un comando se introdujo a punta de pistola en el domicilio del director del Banco Guipuzcoano de Villabona (Guipúzcoa), a quien robaron las llaves de las oficinas y la caja de caudales. ETA obtuvo un botín de 1.060.000 pesetas (147.000 euros actuales). En octubre los etarras volvieron a asaltar la misma sucursal: 600.000 pesetas (83.000 euros). El Banco Guipuzcoano de Arechavaleta (Guipúzcoa) sufrió idéntica suerte en marzo de 1968. Los ladrones consiguieron 740.000 pesetas (100.000 euros). La suma del producto de los tres atracos arrojaba una cantidad equivalente a unos 330.000 euros de 2016, una cifra mucho mayor que las que ETA había manejado hasta ese momento Aquellos fondos, a los que habría que sumar los vehículos y explosivos sustraídos, permitieron a la banda adquirir armamento, organizar su infraestructura, mantener a sus liberados y, en última instancia, lanzarse a la espiral de acción- reacción que su cúpula había teorizado. Sin dinero, la ofensiva de ETA habría sido imposible. Ciertamente, no fue la causa de la violencia, pero sí se trató de una precondición indispensable para su ejercicio.


¹Gaizka Fernández Soldevilla. Área de Archivo, Investigación y Documentación de la Fundación/Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo

©Este texto es un adelanto del libro UGARTE, Josu (coord.) (2018): La bolsa y la vida. La extorsión y la violencia de ETA contra el mundo empresarial. Madrid: La Esfera de los Libros.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s