La Unión Soviética y la Prensa de la Guerra Civil: Destino y Hora de España

Por Jesús Guzmán Mora¹.

 

Rusia en España o España en Rusia

Desde 1920 hasta 1935 la Unión Soviética se convirtió, para un nutrido grupo de intelectuales españoles y extranjeros, en un destino alcanzable. Aparecieron opiniones favorables y contrarias al país de los soviets en libros y reportajes periodísticos. Algunos de esos textos, como los de Manuel Chaves Nogales, Ramón J. Sender, Luis Amado Blanco, César Vallejo, Joseph Roth o Stefan Zweig se han reeditado en los últimos años. Otros, de un interés histórico relevante, como Impresiones de un viaje a Rusia (1923), del político comunista Isidoro Acevedo, han caído en el olvido.
El 18 de julio de 1936 comenzó en España, de manera paralela, una guerra propagandística en la que participaron ambos bandos. Durante la lucha surgieron diversos periódicos y revistas afines a los partidos integrados en los sublevados y los gubernamentales. Entre estas publicaciones destacan Destino –en su primera época– en Burgos, realizada por los catalanes favorables al golpe huidos a la ciudad castellana, y Hora de España en Valencia, obra de la intelectualidad republicana refugiada en la capital levantina. Entre ambas se publican con una fecha de inicio pareja: el número uno de la primera apareció en enero de 1937 y el de la segunda el 6 de marzo del mismo año. Ambas vieron su final con la caída de Barcelona.

Más allá del antagonismo ideológico, resaltan dos diferencias formales respecto a su periodicidad –Destino era semanal y Hora de España mensual, lo que propició que la primera alcanzara 100 números y la segunda 23– y la cantidad de páginas que componían cada uno de los ejemplares editados –Destino osciló entre las cuatro y las ocho hojas y Hora de España varió entre las sesenta y seis de los números tres y cuatro y las ciento cuarenta y seis del número cinco, con una media que en 1937 se mantuvo en números cercanos a ochenta y que en 1938, menos en uno de ellos, superó la centena–. Como puede intuirse a primera vista, la imagen de la Unión Soviética en ambas revistas aparece totalmente polarizada. Para unos, el demonio; para otros, la única ayuda ante la ausencia de Gran Bretaña y Francia a la llamada republicana. En el caso de la revista que editaban los falangistas de Burgos aparece la transformación de ciudades bajo el control de la República, que se convierten en espacios totalmente sovietizados. Así sucede al seguir el texto de Un fugitivo –más claro no puede ser el sobrenombre en relación con lo que más arriba se lee de Fontana–, quien dibuja una Barcelona en la “que todo gira en torno a la imitación y apología de Rusia, sus modos y costumbres”. Así ocurriría en “la Plaza de Cataluña, en la fachada de uno de los principales edificios, aparecen dos grabados de descomunales dimensiones, con las efigies de Lenin y Stalin a los que ahora rinden culto los separatistas y marxistas, que han relevado a segundo plano a su antiguo ídolo Macia”. Pero no solo ha cambiado la ciudad, sino que ha sido literalmente invadida por “un número considerable de rusos, [que] circulan con aire de superioridad por sus calles, completamente pertrechados y armados”.

Rusia en España o España en Rusia. Al igual que existían referencias como la que acaba de leerse, se encuentran relatos acerca de la vida que se ofrece en la Unión Soviética. Baderín de Cantor –los sobrenombres en Destino son habituales para evitar la posible represión que pudieran sufrir los familiares que no se habían marchado con ellos– notifica que allí la mujer no es “más libre de lo que lo era antes”, ya que tiene, como ser “socialmente inferior, pese a quien le pese (…) sobre sí las cargas de las que legislación alguna puede llegar a librarla”. Los hijos, considerados del Estado, los deja “en la calle, pues sus asilos dan capacidad para un millón y medio de esta clase de indocumentados y quedan por lo tanto ocho millones sin amparo”, una cantidad de niños que pasarán, para el autor, a ejercer “la honrosa profesión de vagabundo primero, de maleante después y de delincuente al final”. La permeabilidad entre el Estado ruso y la España republicana hace que, para aquellos “que han pasado una temporada en la zona roja nada puede cogerles de improviso porque allí el hecho se impuso al derecho”. Pero no todas las firmas de la publicación se ocultaban. Concha Espina, al final de la guerra y pasado un año y medio del final de la misma en Santander –septiembre de 1937–, publicaba un relato sobre los niños evacuados a diferentes países, entre ellos la URSS. Desgarradora es la imagen de la niña que se encontraba en “la insensible comunidad estaliniana”, donde entre “forcejeo, codicia y barbarie, nadie escucha ese tácito andar infantil (…) acaso entre las trincheras de basura que los animales inferiores registran en solicitud de algún desperdicio comestible”. La pequeña forma parte de ese millón “de fantasmas débiles depauperados, ensombrecidos, que ambulan por el duro suelo bolchevique dentro y fuera de la patria” que se encuentra en “la adumbración tenebrosa del paisaje soviético”, donde a la escritora se le “oscurece el dibujo y el paso de la niña anémica, descalza, por los caminos rojos del mundo”.

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Entre los que jugaron al rojo y se cansaron y los que no.

En la primera época de Destino –al contrario de la segunda, en plena dictadura, para la que hay que considerarla con toda justicia como una de las más importantes referencias culturales–, las referencias literarias o artísticas reducían su presencia a la reseña de libros anticomunistas. Al hablar de la novela Falsos pasaportes (1938), en la que Charles Plisnier renegaba de la Unión Soviética, se aprovechaba la ocasión para criticar a los intelectuales que se posicionaron junto a la Rusia bolchevique, aquellos que “crearon una modalidad literaria más y por espacio de veinte años han ayudado a mantener una brillante aureola alrededor de la U.R.S.S”, que jugaron “al rojo” y se cansaron “un día del juego”.

Desde Valencia, la Unión Soviética recibió un trato totalmente opuesto. Se pueden leer reseñas de libros, conciertos y actividades culturales de contenido ruso y reflexiones sobre la politización del arte y el uso de este como arma de combate intelectual y político. También tuvo un especial trato el II Congreso de Intelectuales Antifascistas. Pero, por encima de estos factores, la firma principal fue la de Antonio Machado.

Se habla de películas soviéticas como El circo (Grigori Aleksándrov, 1936), de la que se destaca cómo “la aparición del amor, ya casi en un primer plano de la trama, nos induce a pensar en la Rusia de la amplia Constitución democrática salida de los rigores de sus años de prueba”. También se señala la presencia de una “juventud, vestida de blanco bajo las triunfales banderas, [que] pone su sonrisa de seguridad ante los ojos de los españoles, preocupados aún por su suerte”. Se tiende así un hilo entre la película y la población española que sufría las causas de la guerra.

En el plano literario, el año 1937 coincidió con el aniversario del primer centenario de la muerte del poeta Alexander Pushkin. Apareció una nota dedicada al autor de Eugenio Onegin de manera anónima, pero de la cual se puede intuir que era partícipe todo el grupo de la publicación mensual. En ella se aplaude el valor que la Unión Soviética daba a la cultura: “Se comprende cómo el país del socialismo, que se llama defensor de los valores culturales de la humanidad, en su ascensión hacia más perfectas formas de vida, honre con esos ecos que nos llegan, a Alejandro Pushkin”. Otro de los puntos más interesantes es el amplio espacio que se dedicó a la creación literaria, con poemas como “Salud, Moscú”, que Pascual José Pla y Beltrán compuso tras su viaje al país de los soviets. Dentro de las ficciones en prosa ofrecidas, aparece una firmada por O. Savitch, titulada Casa de campo, cuyo final consigue establecer una conexión entre los dos países amigos:

Un ciudadano soviético de seis años atraído por las cosas españolas hasta olvidarse de sí mismo, estudiando el mapa y repitiendo las palabras de los partes de guerra, como todos los ciudadanos soviéticos de su edad y de otras edades, cuando quiere acariciar y a veces adular a su madre la llama con las palabras para él más bonitas, más tiernas, más extraordinarias y extrañamente próximas:
– Tú eres mi Casa de Campo.

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El número 8 de Hora de España estuvo dedicado, de manera íntegra, a la reproducción de las intervenciones de los diferentes delegados en el II Congreso de Intelectuales Antifascistas de julio de 1937. o faltaron las voces de dos importantes representantes del país que sostenía en parte los esfuerzos bélicos de la España legítima.

Por la Unión Soviética hablaron Ilyá Ehrenburg –organizador del evento– y Fedor Kelyn. El discurso del primero tuvo un marcado carácter belicista y se centró en la actividad de los aliados fascistas y en cómo estos pretendían destruir de manera sistemática aquella cultura que no fuese acorde a su ideología. Destacaba el valor del pueblo como propietario único de la cultura, y como protagonista de una epopeya en su lucha. Las palabras de Kelyn establecen una sintonía entre los dos países y ofrecen un punto de vista diferente al que se podía observar en Hora de España y otras publicaciones: la percepción e influencia de la cultura española –en especial de la literatura– en la Unión Soviética. La aparición de Antonio Machado en todos los números y la dedicación concreta de varios de sus textos a la Unión Soviética invitan a centrarse en el análisis de las impresiones que el país dejó en él. En su primer artículo ya se podía leer el pensamiento que el poeta tenía sobre el concepto arte proletario: “Todo arte verdadero será arte proletario. Quiero decir que todo artista trabaja siempre para la prole de Adán. Lo difícil sería crear un arte para señoritos, que no ha existido jamás”.

De todos ellos, el texto en el que Machado deja plasmadas de manera más evidente sus impresiones sobre el país de los soviets es el titulado “Sobre la Rusia actual”. En él establece sus reflexiones sobre el momento que atravesaba dicha nación. Desde un primer momento contempla a la URSS en relación con el número de sus enemigos. Aprovecha para criticar al Reino Unido y Francia “que fueron un día el orgullo del mundo”; a la Sociedad de Naciones, que había pasado de ser “una institución nobilísima, que hubiera honrado a la humanidad entera” a “un organismo superfluo, cuando no lamentable, y que sería de la más regocijante ópera bufa, si no coincidiese con los momentos más trágicos de la historia contemporánea”; y a “esos dos hinchados dictadores que pretenden asustar al mundo y a quienes Roma y Berlín soportan y exaltan”. Para él se ha convertido en el eco de una ideología que había conseguido internacionalizarse al llegar, desde allí, el mensaje de la misma al centro del resto de los pueblos:

Mi tesis es esta: la Rusia actual, que a todos nos asombra, es marxista,
pero es mucho más que marxismo. Por eso el marxismo, que ha traspasado
todas las fronteras y está al alcance de todos los pueblos, es en Rusia donde
parece hablar a nuestro corazón.

A modo de cierre, puede decirse que las publicaciones de la Guerra Civil española tuvieron un carácter abiertamente combativo y ofrecieron dos perspectivas diferenciadas acerca de la nación. Destino y Hora de España, por su especial significado a la hora de estudiar el papel de la prensa en el conflicto cainita, son dos revistas que permiten contemplar cómo la URSS obtuvo dos lecturas en un mismo territorio. Los falangistas de Burgos convirtieron al territorio bolchevique en el hogar de cualquier tipo de mal. En cambio, los republicanos de Valencia contemplaron sus virtudes, destacaron su ayuda y promocionaron su influjo cultural como herederos directos del ambiente proclive de los años anteriores al conflicto.

En Destino, las descripciones de la URSS siguieron la línea que podía leerse respecto al papel de otros de los enemigos declarados del fascismo español. El carácter propagandístico y meramente informativo de los mismos de sus textos aleja a la revista de la calidad literaria aportada por varias de las firmas presentes en Hora de España. Como se ha podido observar en este trabajo, especialmente loable es en este sentido la labor de Antonio Machado, quien dedicó a Rusia una parte importante de sus esfuerzos en la publicación. Aunque situadas en perspectiva ofrecen dos magníficos ejemplos para contemplar la imagen del país de los soviets en la prensa de la Guerra Civil, la vocación literaria y artística de Hora de España permiten que los temas soviéticos tratados, enfrentados a los de Destino, no se caractericen por motivaciones únicamente propagandísticas.

La Unión Soviética se convirtió en un escenario más del conflicto. El tema soviético no puede entenderse en las dos publicaciones sin tender un hilo de comunicación con España. La URSS no es un tema aislado, sino que es una indeseable profecía en Destino o un admirable espejo para Hora de España. Al referirse a ella, los autores de los textos analizados hablan indudablemente de España.


¹Jesús Guzmán Mora. Universität Rostock. Institut für Romanistik.

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