La mujer Trans y la prostitución. Deconstrucción de los cuerpos.

Por Mónica Garza¹.

Actualmente podemos llegar a una complejidad al diferenciar sexo/género, ya que este se relaciona a un cuerpo, un cuerpo que ha sido modificado por un sistema patriarcal. Es decir, se considera a los genitales ‘cuerpo’ como la marca que determinará el género de las personas. Esto socialmente es lo que indicará al individuo el cómo es y será biológicamente y el cómo socialmente, cada uno cumplirá distintas funciones con respecto a sus roles de género.

El género es una categoría histórica que se edifica de diferentes maneras en diversas culturas, es una construcción cultural y es independiente del sexo con el que se nace, estas son las características no biológicas establecidas tanto para mujeres como para hombres y en donde no existe una correlación directa entre lo que designamos como el hombre y su referente: lo masculino, y la mujer a lo femenino (Lievano,2009).

¿Qué pasa cuando un individuo a pesar de tener biológicamente genitales de un sexo determinado se identifica como del sexo contrario? A esto lo conocemos como “Transexualidad”.

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La Transexualidad: desafiando al género.

La noción de transexualidad está estrechamente vinculada con la homosexualidad, ya que durante mucho tiempo, se consideraba a la homosexualidad, la transexualidad y el travestismo como una misma cosa. Es por eso, que para abordar el tema de la transexualidad de forma objetiva y que esto no lleve a confusiones, es necesario decir, que no debemos confundir la transexualidad con la homosexualidad, ni con el travestismo.

Los homosexuales, son aquellas personas que sienten atracción hacia su mismo sexo, el travestismo se refiere a aquellas personas que utilizan indumentaria del sexo opuesto, pero no rechazan su cuerpo ni sienten la necesidad de modificarlo, es decir, no tienen conflictos con su identidad sexual. En cambio, los transexuales no se identifican con su sexo biológico, sino con el sexo contrario,  por lo cual, buscarán constantemente modificar su cuerpo. Por tanto, podemos afirmar que los y las personas transexuales no son personas “disfrazadas” del otro sexo, al contrario, son personas que implican en este cambio la estabilidad de su vida social y laboral/profesional, arriesgan su salud y hasta su vida por lograr el cambio deseado al que aspiran y comprometen seriamente su bienestar. Hasta hace pocos años, nuestra “sociedad” consideraba la transexualidad como una anomalía o como un trastorno de identidad de género y/o de salud mental y este hecho hace que se discrimine a las personas transexuales. Tanto las ideas que se tienen sobre la transexualidad como las discriminaciones de las que son objeto, tiene mucho que ver con las ideas que existen sobre los géneros: sobre lo que significa ser hombre o mujer (sexo biológico). La existencia de las personas transexuales nos hace recordar que vivimos en un sistema dicotómico con dos únicas identidades de género consideradas válidas y legítimas: hombre y mujer.

La transexualidad es trasgresión social, es un desafío a la idea que solo existen hombres (sexo cromosómico XY) o mujeres (sexo cromosómico XX) y cuestiona la idea de la supuesta naturalidad de los géneros. Nacer hombre o mujer, implica sentirse como tales. Pero con la transexualidad esto cambia. A través de las tecnologías o las leyes existe un proyecto de tratar de controlar, reprimir, eliminar o limitar aquellas manifestaciones corpóreas o manifestaciones sexuales periféricas que transgreden aquello que se conceptualiza como normal.(Foucault, 1980; Rodríguez y Toro-Alfonso, 2002). De esta manera se establecen nuevas relaciones de poder entre los transgresores y los vigilantes (Foucault, 1987) que buscan controlar esas manifestaciones que no se circunscriben exclusivamente a una categoría dentro del binomio hombre/mujer, heterosexual/homosexual, vagina/mujer, pene/hombre. Es por esto, que usualmente encontramos que en el tema de la transexualidad (o todo lo no heteronormativo), suele fundamentarse desde un punto de vista patológico, transgresor, psicótico, etc.

El sujeto transgresor cuestiona el determinismo y la linealidad de estas categorías, además de la necesidad de escoger entre una categoría u otra (Fausto, 2000; Hird, 2000). Se espera que el sujeto abra paso a nuevos significados del cuerpo, el género, los genitales sexuales y que a su vez trasciendan cada una de estas categorías (Butler, 2002). Sin embargo, es cuestionable si la intervención quirúrgica es una transgresión, particularmente en lo referente a los binomios pene/vagina, hombre/mujer, pene/hombre, vagina/mujer.

El cuerpo de la mujer transexual en el feminismo.

El segundo sexo de Simone de Beauvoir, han desplegado una prolífera producción intelectual multidisciplinaria (Femenías, 2002; Dorlin, 2009) que rápidamente comenzó a configurar la denominada “Teoría Feminista”. Desde allí se dirigieron los intentos de visibilizar a las mujeres en la esfera de lo social, explicar su opresión y alcanzar el logro de relaciones más igualitarias entre varones y mujeres en todos los ámbitos. Aunque las formas de explicar la subordinación fueron diversas, todas tomaban como referencia la categoría mujer.

Posteriormente, la introducción de la categoría género complejizó el debate, instalando un análisis relacional contextualizado que permitió reformular la noción de mujer a-histórica, esencial y universal (Cangiano y DuBois, 1993). El género ofreció herramientas útiles para la comprensión del carácter relacional y del largo proceso histórico de construcción social que sostiene la diferencia entre varones y mujeres. Al mismo tiempo, denunció la lógica binaria y excluyente que ordena la distribución del poder entre varones y mujeres de forma no equitativa (Burin & Meler, 1998, 2000). En suma, la introducción del género en el campo del feminismo produjo un gran avance en la comprensión de la diferencia entre varones y mujeres como producto de normas culturales, un avance teórico significativo ya que permitió comenzar a pensar la subordinación de las mujeres por fuera del campo de la naturaleza. Entendemos que el género “es un elemento constitutivo de la relaciones sociales basado en las diferencias percibidas entre los sexos biológicos, al tiempo que una categoría fundamental para delimitar las relaciones de poder” (Scott, 1986).

¿Por qué la importancia de la relación entre el género, poder, feminismo y la mujer trans? , a pesar de que anteriormente hablamos  de años de lucha por la equidad de género,  seguimos observando en la sociedad mexicana que el sistema patriarcal, por medio de medios de comunicación, educación, injusticias, sigue violentando a la mujer, por ser considerada un sexo inferior. Y es aquí donde como “sexo inferior” no solo se engloba al sexo mujer, sino a todo lo “diferente” al hombre/masculino. Es decir, se oprime a la mujer, niñas y niños, homosex, trans, queer, intersex, etc. Y es aquí donde la problemática de la discriminación incrementa en lxs sujetos que se identifican como trans y además como mujer, ya que a pesar de nacer biológicamente con genitales masculinos, al someterse a métodos quirúrgicos y/u hormonales va “perdiendo la masculinidad. A qué me refiero con “perder la masculinidad”: un hombre femenino o una mujer varonil, un hombre disfrazado de mujer, o con una sensibilidad contraria a la tipología dominante, una mujer que se desprende del hábito  de la femineidad subordinada. Esto es precisamente la homofobia, ya que este suele operar mediante la atribución a los homosexuales  de un género dañado, fallido, afeminado, es decir, se da un terror a perder el propio género, parece que fuera fundamental mantener un aparato teórico donde se mantenga en control y la humillación del género.

Las teorías feministas tratan de abordar estudio de género y tomar parte de la transexualidad como parte de la “transgresión” entre la dicotomía de géneros, es decir, no siendo parte de este dispositivo (control y poder) del cual nos hablaba Foucault y dejar de estar inmersos en una sociedad heteropatriarcal. Si bien resulta inaceptable pensar en la existencia de una genitalidad natural como evidencia de la identidad de un sujeto (Kessler y McKenna 1978), aún ahora, las identidades de género siguen estando corporeizadas. Cualquier tipo de cambio físico del llamado proceso transexualizador se efectúa sobre el cuerpo en tanto soporte y es espejo de las construcciones de género. Toma de hormonas, cirugías estéticas o construcción de vaginas (vaginoplastias) forman parte del abanico de posibilidades para que cada una en función de sus intereses y expectativas pueda representar y actuar su propia noción de género. Incluso aquellas identidades que se presentan como más transgresoras y desafían la bipolaridad sexual de nuestra sociedad a partir del rechazo de cualquier tipo de modelo estereotipado de mujer o de hombre (ni intervenciones quirúrgicas ni patrones de belleza) necesitan al cuerpo como reflejo de ese posicionamiento político, social y personal. Por consiguiente, el cuerpo asume un lugar de importancia para las transexuales debido a que se convierte en un elemento privilegiado para llevar a cabo el cambio que deciden efectuar.

Las personas transexuales experimentan una discontinuidad entre las partes corporales, las  identidades y los placeres sexuales que creen deberían asociarse con ellos. Los sentimientos de alienación producidos por esta disonancia entre partes corporales y significados de género a menudo se expresan con un tópico que pone en juego nociones dicotómicas mente y cuerpo. La coherencia normativa cuerpo-género va ligada a la obediencia a una apariencia prescrita para cada género con el fin de evitar dudas en la atribución de los “genitales culturales”, es decir, las apariencias observables, como la ropa o la postura (Kessler y MacKenna 1978).

Soley-Beltran (2009) señala que la construcción de la identidad de género comenzaría en la primera infancia a través de la repetición de los roles de género social. Esta identidad de género se desarrollaría a través del sentimiento de pertenencia a uno u otro género y la observación del cuerpo sexuado, consolidándose finalmente con la designación social de género que se brinda a través de los otros, siendo que los demás pueden dar una respuesta de aprobación del género/cuerpo o de rechazo. Butler (1990) indica que este proceso sería completamente cultural y que no existiría un núcleo biológico o una naturalidad en la emergencia del género. El cuerpo constituye el escenario en el que se materializan el juego de las relaciones de poder que inciden en la asignación del sexo y las manifestaciones del género y la sexualidad (Butler, 2002). La ciencia, las leyes, la Iglesia y el Estado, e incluso el contexto histórico socio-cultural, regulan cada una de estas relaciones, estableciendo las definiciones de lo que es normal y anormal en cuanto a las conductas sexuales y el género/sexo se refiere (Foucault, 1987).

En el caso de la transexualidad el desarrollo del género sería igual que en la heterosexualidad, esto es, a través de las performances del género, pero con la diferencia que en el caso de la persona transexual, se desarrollaría una incongruencia entre la identidad de género y el sexo genital que surge en el momento de la observación del cuerpo sexuado con la comparación de otros cuerpos, junto con la respuesta social de rechazo, donde la sociedad enviaría un claro y fuerte mensaje: cuerpo erróneo.

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El cuerpo transformado como máquina de placer.

La cuestión del cuerpo en una mujer transexual, va más allá de implicaciones médicas, principalmente debería retomarse como una cuestión social. Debido a que socialmente se rechaza su cuerpo, por no ser un “totalmente” hombre y/o mujer. Al escuchar la palabra “transexual” o “travesti”, se suele atribuir a temas de prostitución y drogas. Y aunque existan índices altos en donde la mayoría de las personas trans se dedican a la prostitución, esto no es cuestión solamente de ellxs, sino de ese mismo dispositivo de control, donde como sujetos inferiores (así como la mujer),  caen en estas redes, debido al escaso apoyo social y económico que se les otorga. Muchxs de ellxs al no tener una congruencia entre su sexo biológico y su sexo “actual”, suelen no ser reconocidxs ante la ley. Esto lo cual ocasiona que se les deslinde aún más como sujetos.

Refiriéndome al caso de las mujeres trans, hay dos cuestiones que las sitúan en condiciones de desventaja: por un lado, es muy común que al momento de dejar al descubierto su condición trans, la familia las rechace e incluso ocurre que, de manera extremadamente violenta, son orilladas a abandonar la casa familiar. Como resultado de esto suelen abandonar los estudios y no es extraño que sufran depresión ya que, en general, atraviesan por momentos difíciles y tal vez de manera solitaria. Por el otro, ante la baja cualificación y discriminación imperante, conseguir un trabajo resulta una ardua tarea. En este sentido, no es raro que en América Latina el trabajo sexual figure como opción de sobrevivencia y oportunidad laboral para las mujeres trans.

Desde el feminismo, la prostitución se observa como «una institución patriarcal que refleja el ordenamiento social jerarquizado del género. El servicio sexual, afectivo o psicológico requerido por los hombres es justamente el servicio que dan “gratuitamente” las esposas en el ámbito “privado” y que las prostitutas venden en el ámbito “público”. El feminismo señala que el servicio sexual se da porque hay un sector de mujeres o trans (sean travestis, transgéneros y/o transexuales) que ofrecen sus cuerpos y actividad sexual a cambio de una remuneración monetaria. Es entonces, que el cuerpo en las trans, deja de ser un cuerpo, para convertirse en una máquina que genera dinero, sin embargo, lleva una vida de riesgos. Para la transformación de estos cuerpos en los estándares de “belleza”, suelen inyectarse de sustancias, en las cuales, las personas se encuentran entre un hilo de vida y muerte. Además de que dentro de la prostitución, hay un sinfín de enfermedades venéreas, en las cuales se enfrenta cada día, ya que no hay un registro de sanidad dentro del mundo de la prostitución.

La mayoría de lxs transexuales, se dedican a la prostitución desde jóvenes, muchos de ellxs salen de su ciudad natal para probar “suerte” en otros lugares. Enfrentándose constantemente a peligros como el secuestro, las enfermedades, la muerte, la trata de blancas y las drogas.

Conclusión.

La transexualidad es un tema que se ha abarcado desde hace años, sin embargo, actualmente aún se trata de “encajar” dentro de la dicotomía en la identidad de género. No se trata de buscar enfermar a las personas trans, sin embargo, pueden buscar beneficio dentro de la medicina, si se les atribuye a ciertos criterios y esto para que puedan ser reconocidos como tal. Con esto me refiero a qué, dentro de la psiquiatría, se tienen distintos criterios para identificar a una persona como “transexual”. La mayoría de las personas trans que quiere realizarse la operación de cambio de sexo, tendrán que aclarar que siguen esos criterios, muchos de ellos dicen que si, aunque no sea así. Y aquí entramos en un debate entre la cuestión de poder dentro del sistema biopolítico.

Mi interés al realizar este ensayo, fue principalmente en cuestiones sociales, ya que me parece que la construcción del género va más allá de conceptos psicoanalíticos. Lo importante del trabajo en cuestión de género, es conocer la apertura además de conocer el “mundo real”. Tuve la oportunidad de tener una plática amena con una adulta trans (Alejandra, 35 años) y un joven travesti (Carly, 18 años). Ellos me platicaron mucho de lo poco que hay dentro de la diversidad de género. Comprendí que estas, son aún más que la búsqueda de una feminidad y una masculinidad, ya que aquello que conocemos como femenino y masculino sigue inmerso en un discurso machista.

Una mujer transexual no significa que era un hombre que perdió la masculinidad para buscar la feminidad. Sin embargo, si se busca destruir un cuerpo “masculino” para re-construir un cuerpo “femenino”. Es decir, una mujer debe tener pechos, caderas, grandes glúteos, bonito rostro, no tener vello, tener el cabello largo, etc. Como hemos hablado, la prostitución está inmersa dentro de la transexualidad, ya que en este se utiliza a los cuerpos que han sido transformados a cambio de una remuneración monetaria.  Este dinero que es utilizado mayormente para cambiar los cuerpos. Sin embargo, esto por ser una medicina relativamente nueva y además peligrosa, suele tener alto costo. Las mujeres transexuales de bajos recursos, en su búsqueda de identidad, intenta diversos métodos, en los cuales puede ser hormonales, quirúrgicos o también inyectándose otro tipo de sustancias las cuales suelen ser nocivas para la salud. Durante mi plática con Alejandra (mujer trans), me dio a conocer que muchas de sus amigas trans han muerto debido a que se inyectan “aceites” clandestinamente y/o buscan hormonas para cambiar su cuerpo: “Las mujeres trans, así como las ves, tienen un cuerpazo, pero no sabes lo que sufren”. Es entonces, que debemos cuestionarnos la corporeidad dentro de la transexualidad, ya que para el sujeto trans, no es fácil renunciar a su cuerpo, y con llevar además todo lo inmerso a esto. Porque más que una transformación, será parte de su cotidianidad.

Como psicólogos, debemos asumir la realidad de un debate social en torno al cambio de sexo y de la existencia de las identidades de género, y poder dar nuestra opinión al respecto, para contribuir a clarificar puntos de vista simplistas que abogan únicamente por la libertad de la decisión individual de liberarse de un sexo que les es ajeno. La realidad es que en general la cirugía, ni las hormonas, resuelven los problemas y es aquí donde podemos trabajar con las personas trans para una vida mejor y además dejar de fuera los estereotipos sexistas y dejar de ver a la transexualidad como una enfermedad, si no como una diversidad.


Mónica Garza¹. Psicología en la Universidad Autónoma de Nuevo León (México).

 

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