El género como pegamento simbólico

Por Weronika Grzebalska, Eszter Kováts y Andrea Pető.

Cómo el término “género” se convirtió en un protector para el rechazo de orden neoliberal.

En sus consideraciones sobre ciencia política en Liberalism Ancient and Modern (1968), Leo Strauss describió la condición de esta ciencia a través de referencias mordaces al emperador Nerón, quien supuestamente jugueteaba mientras Roma ardía. La analogía metafórica es una reflexión acertada de las élites progresistas de las eras post-Brexit y post-Trump; dichas élites mantienen una actitud negociante-como-siempre mientras las fundaciones de democracia liberal son desafiadas. Entre estos grupos están políticos conservadores, movilizando el sentimiento público para sostener el status quo oculto detrás del eslogan “defensa de la democracia”; activistas de derechos humanos, proclamando la justicia de su acercamiento; expertos en política, prescribiendo soluciones tecnocráticas tales como el conservadurismo del género; y, estudiantes feministas, defendiéndose contra la intromisión de lo nuevo y lo desconocido al declarar la necesidad de rechazar llamados al compromiso, al entendimiento, arraigándose con ellos en categorías y valores rígidos. Dichas reacciones se basan en la convicción de que, por su naturaleza, los progresistas están en la derecha histórica y, por tanto, negociantes-como-siempre no es un “jugueteo” vano. Al mismo tiempo, la élite progresista ignora el hecho de que Roma ya está ardiendo. Parafraseando a Gramsci, el orden democrático neoliberal globalizado está en crisis, y mientras un nuevo paradigma lucha por nacer, se permite el surgimiento a la superficie de varias morbideces.

Un síntoma tan mórbido de este periodo transitorio es la intolerancia (illiberalism),[4] un sistema que se basa en el rechazo del liberalismo cívico (verificaciones y comprobaciones, libertades civiles), aunque socava la democracia en sí en el proceso.

Las políticas de género han jugado un papel crucial en establecer el nuevo modo de gobernanza, aunque todavía no en la manera en que análisis previos habían sugerido. Es simplista creer que Kaczynski, Orbán y Trump han alcanzado el poder tan solo al inmiscuirse en el extendido y profundamente arraigado odio hacia las mujeres y los homosexuales. Más bien fue porque, para tantos votantes, las políticas de equidad (tanto en el sentido limitado de aquellas que pretenden erradicar diversas formas de desigualdad, como de un símbolo de una visión positiva y progresista del futuro) han venido a significar todo lo que está mal con el estado actual de la política.

La aparición de la “ideología de género” como una figura enemiga.

En años recientes, numerosos países alrededor del mundo han atestiguado la aparición de poderosos movimientos sociales trasnacionales que se oponen a un enemigo conocido como la “ideología de género” (el “marxismo cultural”, en la mayor parte del mundo occidental; “Gayropa” en países exsoviéticos o lo “políticamente correcto” en el contexto de América). Dichos movimientos han movilizado con éxito a la gente contra varios derechos humanos y problemas de equidad tales como los derechos reproductivos de las mujeres, cuestiones lésbico-gay-bisexual-transexuales (LGBT), políticas de género equitativas y el conservadurismo de género, educación sexual, estudios de género en ámbitos académicos y en lo políticamente correcto. En la cima de estas campañas, no fue extraordinario que la “ideología de género” o lo políticamente correcto hayan sido representados como la nueva encarnación del nazismo y el leninismo (Beata Kempa en Polonia), señalados como esclavizantes de personas (Archbishop Sviatoslav Shevchuk en Ucrania), presentados como una amenaza para los niños rayana en la pedofilia (Pavol Gorisak en Eslovaquia), o culpados por convertir a los campus estadounidenses en “plagas norcoreanas” (el intelectual estadounidense William Lind).

La evidencia de la “charla de género” en el discurso político ha creado una inédita situación para los estudios académicos de género y para los activistas, quienes durante décadas se han quejado de la guetización.[5] La perspectiva crítica, vista como marginal, no estuvo presente en otras disciplinas; sus departamentos o programas fueron relegados a las bodegas o a los áticos de las universidades, y sus metas políticas recibieron menos presupuesto y se colocaron hasta el final de los manifiestos institucionales. Esta situación ha cambiado de manera sustancial con la actual ofensiva populista intolerante que pugna por un cambio en el paradigma. El término “género” ahora es usado con frecuencia por la derecha para movilizar a sus simpatizantes contra la democracia neoliberal. Muchos comentaristas políticos han manejado dichos movimientos intolerantes como un problema per se, ya que utilizan los conceptos de género y equidad como su núcleo; los entienden como un látigo retórico contra las políticas emancipatorias, una movilización de extremistas contra los logros del feminismo y de los derechos sexuales de las minorías, así como un estallido de odio reprimido hacia las mujeres. No obstante, creemos que lo último no sucede en los casos que presentamos.

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El género como pegamento simbólico.

Para comprender los fenómenos enlistados y resaltar el papel crucial de las políticas de género en el actual cambio del paradigma, hemos propuesto la noción de género como “pegamento simbólico”. Para los grupos intolerantes, afirmamos, el concepto de la “ideología de género” se ha convertido en una metáfora de la inseguridad y la injusticia derivadas del orden socio-económico actual. Dicha metáfora les ha permitido acceder a los sentimientos de las personas acerca del mundo que los rodea, y dirigirlas hacia los problemas de equidad. Esto se ha realizado de numerosas maneras.

Primero, al construir una dinámica interna en la que la noción de “género” es percibida como un concepto amenazante, puesto que la derecha ha combinado cuestiones opuestas atribuidas a la agenda progresista bajo este término protector. La “ideología de género” ha venido a significar la falla de la representación democrática, y la oposición a dicha ideología se ha convertido en sinónimo de rechazo de las diferentes facetas del orden socio-económico actual, desde priorizar las políticas identitarias sobre cuestiones materiales y el debilitamiento de la seguridad socio-político-cultural de las personas, hasta la indiferencia de las élites sociales y políticas y la influencia de instituciones trasnacionales y de la economía global en los estados-nación.

Segundo, la satanización de la “ideología de género” se ha vuelto una herramienta retórica clave en la construcción de una nueva concepción de “sentido común” para una amplia audiencia; una forma de consenso sobre lo que es normal y legítimo. Es importante destacar que la movilización social, la cual está basada en una oposición a la “ideología de género” y lo políticamente correcto no solo sataniza la cosmovisión de sus adversarios y rechaza el paradigma de los derechos humanos (el cual ha sido durante mucho tiempo objeto de un consenso relativo en Europa y Norteamérica), sino que ofrece una alternativa llevadera y viable centrada en la familia, la nación, los valores religiosos y la libertad del discurso, una alternativa que resulta atractiva porque se basa en el reconocimiento obligado de las propias decisiones de un individuo, y una alternativa que promete una comunidad a salvo y segura como remedio del individualismo y la atomización.

Tercero, la oposición a las “políticas de género” y el “marxismo cultural” ha posibilitado a la derecha de crear amplias alianzas y unir a varios actores que no necesariamente habían estado ansiosos de cooperar en el pasado: diferentes iglesias cristianas, judíos ortodoxos, extremistas musulmanes, conservadores, grupos derechistas extremos, grupos intolerantes y, en algunos países, incluso los hooligans futboleros.

Tomar la crítica en serio.

Es claro que el éxito de la intolerante revolución populista, la cual utiliza la retórica de la equidad de género como “pegamento simbólico”, no puede ser entendido solo como el efecto de un discurso influyente y una ingeniosa estrategia política de movilización. Tiene una larga historia y es un resurgimiento del legado oscuro de ideologías y prácticas excluyentes y de marginación en Europa que el orden mundial liberal después de 1945 ha esperado amansar para siempre. Y mientras Roma está ardiendo, las políticas progresistas necesitan reconocer que hay, en efecto, un incendio. Debemos concienciar que el creciente apoyo popular a la visión intolerante parte de las fallas reales de las políticas progresistas.

Una manera de evadir el punto muerto de lo negociante-como-siempre es tomar la crítica de la nueva derecha populista en serio y entender que, mientras estos actores seguido ofrecen las soluciones erróneas, también, al exponer promesas incumplidas de equidad y representación, evidencian problemas pertinentes que resuenan en el público.

La autocrítica en la izquierda, sin embargo, ha sido posible solo dentro de la estructura de los dogmas comunes en la sociedad, tales como las narrativas establecidas del progreso lineal y la conciencia incipiente del público, y, luego, muchos pensadores progresistas no se han atrevido a plantear las preguntas anteriores. Rita Felski dijo ya en 1995 que visto a sí mismo como la vanguardia de la modernidad, destacando sobre las masas aún aletargadas, el movimiento femenino se ha convertido en un prisionero del progreso. El alcance de lo que las ideas liberales se han vuelto integrales en la noción (cargada de valor) de progreso lineal es especialmente problemático hoy, cuando la experiencia vivida de precariedad e inseguridad continúa contradiciendo las promesas. Dicha posición integral también conlleva el riesgo de la falsa conciencia y la calificación binaria de las personas al estar en la derecha o el lado equivocado de la historia, creando así falsas dicotomías basadas en valor (tanto en favor como en contra de la equidad). Es más, no solo dicha dicotomía resulta falsa, sino que ha sido explotada por la derecha de manera más exitosa que por los denominados actores progresistas.

Uno de los conflictos señalados con crítica por la “ideología antigénero”, o grupos irracionales, y conectado de manera íntima al legado de la Ilustración, es el carácter tecnocrático y despolitizado de las políticas de equidad. Este es el precio que las políticas emancipatorias han pagado por su institucionalización académica. Cuando se aborda la equidad mediante el lenguaje de la política, se presenta como un problema despolitizado, luego requiere conocimiento técnico y soluciones basadas en pruebas, ya no como valores por los que valga la pena luchar, o como un asunto político debatible. Hasta cierto punto, dicha despolitización también ocurre cuando las cuestiones de equidad se formulan en un lenguaje basado en derechos o en una estructura de políticas identitarias. Aquí, de nuevo, los conflictos se tornan apolíticos, presentados como un asunto de derecho inherente o identidad individual que es discutible fuera de una organización dada.

Las etiquetas de los oponentes de las políticas liberales como “retrógrados”, “prejuiciosos” y “sexistas”, son consecuencias evidentes de los acercamientos mencionados. Dichas denominaciones son una reacción que surge de la convicción de que la oposición podría detenerse si las personas entendieran de qué se trata el género en realidad o si fueran más abiertas a las complejidades de la sexualidad humana. La movilización populista intolerante puede ser entendida, por tanto, como un ataque a la actitud “ilustrada” y como un desencanto de las políticas conservadoras en el sentido de Max Weber, una reacción a la supuesta autoridad de los expertos y al lenguaje descontextualizado de políticos quienes con mayor frecuencia no están a la altura de la experiencia del pueblo al expresar sus preocupaciones mediante un lenguaje atractivo, y con la promesa de un cambio sustantivo.

Otro conflicto refutado ha sido por lo general enmarcado en el “elitismo” por su crítica y se refiere a la percepción de que ciertos grupos sociales se benefician de las políticas de equidad más que otros. Muchos autores han destacado que el modo en que dichas disputas por la justicia social han cambiado su enfoque, de un paradigma más bien materialista a un reconocimiento y representación (inclusive la lucha contra la barrera de las minorías o el mejoramiento de la visión de la mujer en los medios), ha convertido a algunas feministas en “sirvientas del neoliberalismo” y, al mismo tiempo, en la voz de una minoría privilegiada. Dicho cambio ha dejado ciegos, en gran medida, a estos movimientos para enredarse en la lógica neoliberal. En esta estructura, la representación y el reconocimiento de las minorías oprimidas, la creación simplista de más categorías que aparentemente nos liberaban de las “casillas de género”, se han convertido en el centro. De manera simultánea, se ha vuelto aún más difícil cuestionar las formas en las que sucede la opresión en el orden socio-económico actual y cómo los recursos estructurales de la inequidad pudieran ser erradicados.

La necesidad de una imaginación autocrítica.

La mencionada saturación de discusiones públicas con visiones distorsionadas de las políticas de equidad por parte de populistas de partidos derechistas, y la explotación de la confusión del término “género” en movilizaciones políticas intolerantes requieren una nueva y autocrítica estrategia por parte de los académicos en materia de género y de los activistas, así como de los partidos políticos de izquierda. La agenda progresista debe extenderse más allá de narrativas de identidad y representación y hacia una crítica estructural, así como reflexionar sobre su extensión que se incrusta en el orden neoliberal. Hay una necesidad urgente de abordar temas tales como las desigualdades económicas, el encogimiento del Estado, la precariedad de trabajo o la privatización de servicios, todas las cuales tienen sus consecuencias en materia de género que no pueden ser entendidas de manera eficaz dentro del sistema del reconocimiento y la representación por sí sola. Si los progresistas no se toman en serio, dichos conflictos estructurales que estaban en la agenda de movimientos feministas previos serán abordados por la derecha populista intolerante en forma de políticas excluyentes y terroríficas para atraer un apoyo mayor. Es tiempo de revivir la crítica estructural porque Roma en verdad está ardiendo y el tiempo de juguetear ha terminado.


Weronika Grzebalska¹ es socióloga y doctoranda en la Escuela de posgrado en investigación social de la Academia Polaca de Ciencias en Varsovia. Su investigación se enfoca en el militarismo polaco desde la perspectiva de género.

Eszter Kováts² es maestra tanto en Estudios franco-alemanes como en Ciencia política y licenciada en Sociología. Desde 2009 ha trabajado en la oficina húngara del Instituto Friedrich Ebert, y desde 2012 ha sido responsable por el programa sobre género de dicha fundación para la Europa media oriental.

Andrea Pető³ es profesora del departamento de Estudios de género en la Universidad Central Europea en Budapest, Hungría. Ha editado trece libros en inglés, siete en húngaro y dos en ruso. Sus trabajos han sido traducidos a trece lenguas distintas.

Traducción del inglés al español de Andrés Guzmán Díaz de la Revista Engarce.

 

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