El carácter revolucionario del Carnaval de Cádiz

Por Mario Guillamó¹.

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En pleno carnaval, Nietzsche escribió un poema titulado Venezia, en el que canta cómo el alma se le había transformado en un instrumento de cuerda y que el alma, las góndolas, el puente, las luces, la música, el agua, todo … se deslizaba, ebrio, hacia el crepúsculo. (Julio Quesada, 1990).

Coincidiendo con las fechas del Carnaval de Cádiz (2018), realizo este ensayo en busca de conocer el carácter revolucionario intrínseco y que expresa el Carnaval de esta ciudad, respecto a otras festividades del mismo espectro. Un análisis breve de elementos históricos, simbólicos y sociológicos que componen esta festividad, cuyo discurso se sostiene sobre la palabra libertad

Jerarquías y rupturas sociales

Centrándonos en que el análisis tiene por objeto de estudio una fiesta, es necesario comprender tal y como lo hace Havey Cox (1983) una fiesta como el momento en que abandonamos nuestras tareas y quehaceres e imaginamos por un momento que vivimos en el mundo de nuestras esperanzas y fantasías, del deseo, donde queda al descubierto el elemento de arbitrariedad existente en las jerarquías sociales. Una fiesta que tal y como define Alberto Ramos Santana “rompe el orden social, enfrenta las clases sociales, libera los instintos y rompe las represiones”. En ese punto comienza el análisis de la fiesta, el Carnaval de Cádiz.

Respecto a sus raíces históricas, es muy importante señalar cómo se aparta del carácter primigenio de corte religioso, ligado a cuaresma católica y pasa a una liturgia pagana y popular. Estas festividades ofrecen un tiempo de permisividad que brinda a la gente común a burlarse de la prohibición de la sexualidad y la severidad de la religión cristiana durante la cuaresma. Posee un carácter de inversión, como señala Julio Caro Baroja, en cuanto a la expresión de abundancia en festines colectivos que no forman parte de la situación cotidiana de las capas bajas de las sociedades fuertemente estratificadas y jerárquicas. Por sus raíces cercanas a la Saturnalia, fiesta pagana de origen romano, se comprende como aquella época del año en la que todos los hombres eran iguales y habían aprendido una forma de vivir casi sin trabajar, en una gran abundancia. Una de las características de la Saturnalia era la inversión de roles y jerarquías sociales que tenía lugar entre los patronos y los esclavos. Estos últimos se apoderaban de la calle durante la noche al grito de ¡Saturnalia!; y gozaban de la libertad. Llegado el cristianismo, persiste el carácter de hostigamiento a las altas jerarquías y clases sociales e incluso se recoge en fragmentos bíblicos como “el señor derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes. A los hambrientos los llenó de bienes y a los ricos los despidió vacíos” (Lucas 1, 52-53). Según M. Bakhtine (1970) implica la ruptura de normas, la inversión de privilegios y la burla de los tabúes establecidos, generando, a su vez, un nuevo lenguaje de comunicación social que, liberado de las etiquetas y la decencia, permitía alcanzar la imaginaria Edad de Oro, es decir, el reino utópico de la universalidad, la igualdad y la abundancia.

Ese espacio donde la población se desliga de la institución, de la jerarquía y se apodera de la calle, su espacio natural. Donde el concepto gramsciano de hegemonía se encuentra con lo simbólico de la apropiación del espacio público de un modo desbordante para los poderes públicos. Se convierte en una revolución que busca invertir la sociedad y que, a modo de burla y parodia de la vida ordinaria, expresa los anhelos y deseos de un pueblo, enfrentando así la cultura popular a la cultura dominante. En el pasado, la Iglesia y el Estado.

Es una revolución en tanto en cuanto rompe con todo, no asume ningún poder sobre sus expresiones, no admite censura y cuestiona sus bases, desde la ironía y la crítica social. Tan sociológico que se autoanaliza y tan político que sabe a dónde apuntan sus palabras. El carnaval de Cádiz posee una esencia distinta a la de otros carnavales y festividades parecidas, como el de Venecia, debido a que se aleja de los elementos de exhibición y ostentación de riqueza y poder de las clases burguesas urbanas del Renacimiento y de la Edad Moderna. Gobierna lo simbólico, el nexo común entre las gentes, una significación que construye o perfila a la clase trabajadora del lugar. Isidoro Moreno (1993) señala la capacidad de la fiesta de reproducir y crear una unidad social diferenciada, un nosotros, que la hace muy atractiva para los poderes políticos. Cabe destacar el caso de Florencia bajo el mandato de los Médici, que invirtieron su fortuna en un carnaval ostentoso y espectacular, que servía de pantalla para la ciudad y su poder. Este carnaval, conocido en la actualidad como el Carnaval de Viareggio, se convirtió en un instrumento del poder sin contenido político y social alguno. Isidoro Moreno (1999) también destaca que el capitalismo, en su necesidad de mercantilización, busca transformar la fiesta en espectáculo, principalmente para foráneos, con la consecuente pérdida de significados y reduciendo sus símbolos y expresiones a elementos exóticos.

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El Carnaval de Cádiz en la Historia

El Carnaval de Cádiz, en un continuo ensayo y error, ha creado su propia historia a raíz de la palabra libertad, teniendo a la ciudad de Cádiz como cuna de la misma. Bajo su amparo y acuñando distintas luchas, desde los trabajadores de Astilleros y trabajadoras de Tabacaleras hasta la igualdad con las mujeres en la actualidad. Esta vocación reivindicativa, de lucha social y de ansias de libertad se expande a campos como el derecho de autonomía en referéndum de Andalucía o el reconocimiento de la identidad andaluza. La esencia de libertad que posee esta festividad ha generado malestar, desconfianza y desprecio por parte de las distintas jerarquías gobernantes y regímenes de corte dictatorial que se han sucedido.

En 1937 es ilegalizado el Carnaval de Cádiz por parte de la dictadura franquista y fue apodado de distintas formas con la intención de arrebatarle el significado colectivo y su contenido y simbología revolucionaria. Aun así, los gaditanos se resistieron a dicha censura e institucionalización banal, siendo conscientes de su fiesta, de sus orígenes y de su esencia fundamentada en la palabra Libertad, “La palabra es el elemento central de la fiesta gaditana” (María Luisa Páramo, 2017). Aún con penas coercitivas, persecuciones, condenas y penas de muerte, el Carnaval se mantuvo latente bajo la dictadura, aunque son muchos los autores y estudiosos del Carnaval que confirman el vacío generado por el Franquismo respecto al Carnaval, su desorientación y la pérdida de una esencia conformada a lo largo de tres siglos.

El franquismo no sería el único régimen ni escenario histórico de conservadurismo extremo que intentaría limitar esta fiesta. En los siglos XVII y XVIII, numerosos antecedentes históricos muestran como la Iglesia Católica o la monarquía intentaban rebajar el tono del Carnaval que, por aquel entonces, se vivía con gran intensidad en toda España. Una autoridad que se veía burlada por el velo de esta fiesta, capaz de desmembrar toda la legitimidad del poder. Tal era su carácter y el miedo que generaba en las instituciones que cita un periódico gaditano del siglo XIX “las mujeres estaban en sublevación: el diablo andaba suelto”. En otros lugares del mundo también se produjeron serias revueltas y rebeliones populares en torno al Carnaval, como la que tuvo lugar a finales del siglo XVI, protagonizada por Jean Serve, el rey del Carnaval de la pequeña ciudad de Romans, rebelión que fue ahogada a sangre y fuego (Le Roy Ladurie, 1978). En estos escenarios y acontecimientos se revela el carácter revolucionario que el Carnaval posee intrínsecamente como festividad.

Desde un punto de vista filosófico, la idea de Carnaval, en torno a la crisis de la subjetividad, característica de la conciencia filosófica moderna, se propone, frente a la noción tradicional de sujeto, como un entramado de máscaras a través de las cuales puede pensarse, críticamente, lo que, dentro de la tradición de la modernidad, se entendía por sujeto humano. (Eugenio Trías, 1970).

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En la Transición española se introducen en el Carnaval de Cádiz perfiles socioeconómicos distintos a los que hasta entonces formaban las agrupaciones, esencialmente, las clases populares. Los nuevos perfiles son universitarios y profesionales liberales cuya intencionalidad es recuperar lo tradicional, ahondar en su historia para no olvidar el periodo gris de la dictadura. Se consideran años de explosión popular con una participación en masa y el apoyo de sindicatos y partidos como el PCE.

Para recuperar la hegemonía se necesitó generar conciencia mediante la formación intergeneracional de los que participan en la fiesta. Y se crean concursos, agrupaciones y se participa en el Carnaval desde edades tempranas. De ese modo, se retroalimenta y no cesa. Incluso aunque esté fijado el periodo de febrero para su celebración, la festividad del Carnaval alcanza todo el año, la preparación, la formación y las ganas de recuperar la hegemonía por parte del pueblo.

Una hegemonía que se materializa como espontánea, escondiendo así, los incontables esfuerzos de los aficionados y los miembros del carnaval, con el nacimiento y el crecimiento de Peñas y espacios propios donde continuar su fiesta y su lucha. Una expansión que se suma al tejido productivo y del pequeño comercio de la ciudad, que la identifica y que intenta huir como puede del partidismo al que se ha visto sometido. El sentido popular de la libertad a la hora de construir por su fiesta. Una fiesta que tiene un componente masivo con 1.500.000 visitantes en 2007, atraídos por una idiosincrasia que no se esconde.

De lo íntimo y lo local, a lo que se ha llamado el efecto Cádiz, un efecto llamada a lo popular que desemboca en la masificación por la sobrexposición del Carnaval en los medios de comunicación. En una lucha que se enfoca a mantener lo tradicional y lo propio, la identidad y la esencia de la fiesta misma, entre tanto visitante. Ahí se encuentra el debate actual, en tratar de transmitir el lenguaje, el significado común, lo simbólico y la esencia del Carnaval al recién llegado, además de paliar los efectos de la mercantilización de la fiesta. Es una fiesta “que lucha por la libertad… que lucha por su supervivencia” (Ramos Santana, 2003).

De ahí que se reivindique el papel de las agrupaciones callejeras, llamadas ilegales, frente aquellas que se presentan al concurso oficial (COAC). En ellas reside esa esencia y mensaje primigenio. En una lucha constante contra lo institucionalizado y lo mercantil. Ramos Santana destaca que el Carnaval en otras ciudades, incluyendo a Cádiz, se limitó y se le dio muerte a través de su comercialización, en busca de generar turismo; y por la municipalización, a través de campañas de adecentamiento y de refinamiento que limitaron la fiesta y su contenido.


¹ Mario Guillamó. Director de Comunicación política de La Gaceta de los Miserables.


Bibliografía:

  • RAMOS SANTANA, ALBERTO. El carnaval secuestrado o historia del carnaval.
  • PÁRAMO, MARÍA LUISA (2017) El carnaval de las coplas, un arte de Cádiz.
  • PRAT i CARÓS, JOAN. El Carnaval y sus rituales: algunas lecturas antropológicas.
  • CARO BAROJA, JULIO (1986). El Carnaval: análisis histórico-cultural.
  • GUERRERO QUINTERO, CARMEN Y AL JENDE MEDINA, ABEL (2012). En la calle nos vemos.

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