La imagen de la Revolución Rusa en el pensamiento de José Carlos Mariátegui

Por Irina Feldman¹.

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Introducción.

José Carlos Mariátegui y José María Arguedas reflexionaron intensamente sobre las realidades de la Rusia revolucionaria. Estos dos pensadores indigenistas son claves porque durante toda su trayectoria intelectual buscaban la posibilidad del cambio emancipatorio para el Perú. La necesidad de estudiarlos en conjunto se halla en esta cita de Arguedas, del año 1968 (y cito): “Fue leyendo a Mariátegui y después a Lenin que encontré un orden permanente en las cosas; la teoría socialista no sólo dio cauce a todo el porvenir sino a lo que había en mí de energía, le dio un destino y lo cargó aún más de fuerza.” (256). A partir de la genealogía de ideas, trazada por Arguedas, propongo que dentro de este amplio proyecto cifrado en los términos “porvenir” y “destino” en esta cita, la imagen de la Revolución Rusa era instrumental para teorizar sobre la deseada vía de cambio social en el Perú. En otras palabras, descubriremos como Mariátegui leía a Lenin y cómo Arguedas leía a ellos dos, y trazaremos ciertas características del pensamiento de izquierda que nace de estas lecturas.

Tesis primera. Rusia es más que Rusia;  “Rusia” deletrea “esperanza”.  

El estudioso Andrej Fedorovich Kofman ha publicado una serie de artículos que investigan la imagen de Rusia en América Latina. Kofman observa que la naturaleza de esta imagen cambia a lo largo del siglo veinte. Así, en la época soviética, y especialmente en los años de la Guerra Fría, la imagen de Rusia queda ideológicamente cargada, y, dependiendo de la orientación política del autor, queda representada fuertemente apologética o negativamente (“Советский Союз” 62). La Rusia soviética pertenece al ámbito de lo que Kofman llama “imagología”, y lleva la carga de símbolo utópico. Los literatos y ensayistas, desde Mariátegui a García Márquez, usan esta imagen como una seña de la posibilidad de un cambio socialista a nivel mundial, y específicamente, en los países de Latinoamérica. Esta dimensión ideológica intensa se pone en evidencia ad absurdum, cuando se analiza como la imagen de Rusia de post-Perestroika pierde su dimensión ideológica o cultural-filosófica (Перестройка, 48).

            De mi parte quiero añadir a la acertada tesis de Kofman una consideración: el nivel de intercambio directo de información entre Rusia y el Perú en los años 30-60 del siglo pasado era relativamente bajo, lo que determinó el nivel del esquematismo de la representación. Para tomar un ejemplo, una de las fuentes de información y valorización de la Revolución Rusa y de Lenin para Mariátegui eran los escritos del francés Georges Sorel, quien escribe en 1922 un ensayo expresando su admiración por el líder ruso. El análisis de Sorel de la figura de Lenin ya era esquemático; la interpretación “de segunda mano” de esta figura histórica que hace Mariátegui la hace tanto más adaptable a la agenda del pensador peruano, desprendiéndola en cierto grado de su verdad histórica.

Esta esquematización y la consecuente adaptabilidad didáctica va a ser un constante en nuestro excurso por las imágenes de Rusia y los rusos en el pensamiento de los dos intelectuales peruanos, quienes se interesan en esta experiencia ajena desde el lente indigenista, preguntándose: ¿cómo servirá este ejemplo para la mejora del estatus social de los indígenas peruanos? Por lo tanto, aquí toca hablar precisamente de la dimensión “imagológica” de Rusia, y para eso tomamos algunas sugerentes menciones de Rusia y su revolución en los escritos de Arguedas.

Tesis segunda. Arguedas: Perú es como Rusia.

Acordémonos de que José María Arguedas leyó a Mariátegui con igual seriedad que Mariátegui, a su vez, leyó a Sorel, y por lo tanto se observan ciertos constantes entre estos textos. En la novela de Arguedas El Sexto, publicada en 1961 pero concebida en los años treinta, leemos el siguiente diálogo entre Gabriel, el alter ego literario de Arguedas, y Camac, un viejo comunista quechua:

  “-También en Rusia había indios, ¿no?—me preguntó Camac.

-Sí. —le dije–. Pero no hablaban un idioma distinto que sus amos. Eran rusos.

-Y, ¿hablando el  mismo idioma los maltrataban como a los indios de aquí?

-Sí, Camac, como los señores de nuestras haciendas de la costa.” (74)

            Esta discusión apunta a la naturaleza similar de las relaciones de poder en la Rusia tzarista y en el Perú post-colonial, e implica que también la lucha contra la opresión debe ser afín en las dos regiones. Notemos que el paralelo, establecido entre los campesinos (крепостными) en Rusia y los indios del Perú, como hemos notado arriba, es esquemático y se vuelve funcional hacia el discurso de la esperanza que desarrolla la voz narradora de la novela. Es decir, la coincidencia entre los oprimidos en los dos países distantes , y en dos momentos históricos muy distintos, no involucra todas las características, sino sólo el duro hecho de ser brutalmente explotado dentro de las similares condiciones de modo de producción en el agro. Lo que se deja de lado, obviamente, son las especificidades del desarrollo histórico regional marcado por el colonialismo y las consideraciones étnicas, para nombrar solo dos aspectos.

Este paralelismo revela, aunque parcialmente, el mecanismo de como el evento de la Revolución de Octubre llega a ser tan importante para los pensadores de izquierda, como Arguedas y Mariátegui. Por una parte, era un ejemplo histórico, real, que contradecía la teoría de cierto marxismo clásico sobre las etapas de la revolución (la idea de que primero ocurre la revolución burguesa y luego recién la socialista). Por otra parte, la distancia, tanto geográfica como informacional, que separaba a las dos sociedades, creaba una situación propicia para el uso “imagológico” de Rusia y su Revolución en el pensamiento de los socialistas peruanos.  Por esta razón duple, el ejemplo ruso les permitía a los socialistas andinos tener la esperanza de que su patria podía “saltar” sobre la etapa capitalista y entrar directamente a la utopía socialista.

Tesis tercera.  Mariátegui: La Revolución Rusa es la salvación del Ocaso del Occidente.

José Carlos Mariátegui, el fundador del Partido Socialista del Perú, ha sido reconocido por la crítica como el pensador quien más ha contribuido a la interpretación propiamente dicho latinoamericana de la filosofía de la historia marxista (Lowy “Introducción”). Aquí analizaré unos ejemplos de reflexión sobre la Rusia revolucionaria y sus líderes, en la colección de artículos periodísticos conocida como “Cartas de Italia”.  Matiátegui escribió estas “Cartas” para la prensa limeña desde Italia en los años 1916-1922. Los artículos comentan sobre la situación política y bélica europea y mundial, sobre los personajes importantes, y sobre los fenómenos culturales prevalentes. La oposición polar entre la Rusia Soviética y los países del Oeste de Europa es uno de los temas centrales de este compendio.

            Mariátegui se pregunta: ¿cuáles aspectos de la experiencia revolucionaria rusa puede aprovechar el Perú para lograr una mayor incorporación social y política de las masas indígenas? Y ¿por qué Rusia? Su teorización propone que este país es el que tiene que señalar el camino porque es la vanguardia del Oriente que ofrece las nuevas fuerzas e ideas al decadente Occidente, cuyo ocaso proclamó Oswaldo Spengler, extensamente leído por el intelectual peruano.

            Mariátegui acude al recurso literario de personificación para teorizar sobre la Revolución Rusa, que queda representada por y de cierta manera resumida en dos personajes: el escritor Máximo Gorki, quien es descrito como un “tártaro” con “sus ojos enfermos y videntes de alucinado” (1000) y Lenin, a quien Mariátegui llama “el caudillo bolchevique” (915).

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            Veamos primero que dice el peruano sobre Gorki, el novelista encargado de la Casa de los Intelectuales en Petrogrado[1]. Mariátegui habla de la vasta y efectiva labor de Gorki en esta institución—el hecho confirmado por diferentes fuentes, incluso las que son obviamente adversas al “experimento” soviético (ver por ejemplo Herbert Wells, “Russia in shadows” [Россия во мгле]”. Tanto por sus escritos como por esta labor pública, Gorki emerge en los artículos de Mariátegui como un modelo para un intelectual comprometido quien combina en su persona las características de un intelectual y de un hombre público dedicado a la revolución. Mariátegui parece querer decir: yo sigo los pasos de Gorki en mi nativo país.

Pero, ¿qué otra característica une a Gorki y Mariátegui? Para Mariátegui, es clave la no-occidentalidad de Gorki, que es descrito como “tártaro” o “eslavo” en oposición al descriptor “europeo”. A través de esa herramienta narrativa, Mariátegui presenta su propia visión del ocaso del Occidente como si fuera vista a través de los ojos de Gorki: “Este eslavo, este vagabundo, es abstrusa y subconscientemente, un devoto, un fautor, un enamorado del Occidente y de su civilización… sus ojos enfermos y videntes de alucinado ven con angustia aproximarse el tramonto y la muerte de una civilización maravillosa” (1000).

[1] Una institución espontánea que surgió después de la Revolución para proteger el patrimonio cultural de Rusia de “la marea revolucionaria” (999). Mariátegui se entrevista con Gorky personalmente y publica su reportaje en Variedades, y luego lo agrupa con otros artículos bajo el título de La escena contemporánea (Lima 1925).

La degradación del Occidente emerge como un hecho histórico consumado. Es en los métodos revolucionarios de Lenin y en su legado oriental que Mariátegui ve la solución para la degradación de esta civilización. Uno de los artículos de las “Cartas” es titulado simplemente “Lenin” y sale publicado en Variedades de Lima el 22 de septiembre del 1923. En este texto Mariátegui reflexiona sobre la Revolución rusa enfocándose en la figura de su líder. Y dice así:

            “Lenin… está lejos del mundo occidental, en una ciudad mitad asiática y mitad europea, su figura tiene como retablo el Kremlin, y como telón de fondo el Oriente…el leader bolchevique se llama Vladimir Ilicht (sic) Ulianow, como podría llamarse un protagonista de Gorky, de Andrejew, de Korolenko. Hasta físicamente es un hombre un poco exótico: un tipo mongólico de siberiano o de tártaro” (915).

            Igual que Gorki, Lenin se describe, sobre todo y reiteradamente, como un personaje oriental. Por una parte, la rendición mariateguiana de Lenin corresponde con lo que Edward Said ha llamado el discurso de orientalismo. Lenin, el asiático, llega a representar un conjunto de lo que no es europeo. Él evoca “lo exótico”, lo que está “lejos” del mundo occidental; además es una figura inamovible, casi una estatua que “tiene como retablo el Kremlin”. Mientras esta visión exotizante es criticable,  cabe reconocer que Mariátegui aquí, en un movimiento característico de su genio que repiensa las teorías  recibidas desde la realidad histórica peruana, modifica la imagen del “Oriente” tal como esta ha sido producida en la narrativa europea en los siglos 19 y 20. Es decir, el Oriente  ruso de Mariátegui no es igual al Oriente degradado, simbólico de un permanente retraso histórico, como en un Flaubert o un Nerval. Mariátegui  invierte esta lógica de representación. En el caso de la Rusia revolucionaria, ella representa, sí, un bloque oriental exótico, pero este oriente ofrece al mundo la semilla de lo que Mariátegui ve como la auténtica modernidad, ésta construida según los principios socialistas. Lenin como líder simbólico de la revolución y Rusia soviética representan–como  él dice en otro artículo suyo—“la vanguardia para el proletariado universal” (801).

            Aunque esta representación da la vuelta a la valorización de lo oriental, sigue siendo lapidaria. Y lo es así por una buena razón. No en vano Mariátegui representa a Lenin no solo como un oriental, sino también como un personaje literario. La descripción enfatiza la totalidad de su imagen: el físico exótico de tártaro refleja y apoya su programa político, el de la modernidad que viene desde los márgenes de Europa. Como en un perfecto personaje literario, la forma y el contenido coinciden en esta figura, dotándola así de una solidez ideológica y hasta de sencillez didáctica. El nombre ordinario ruso con su patronímico suena al oído de Mariátegui a literatura, convirtiéndolo a Lenin en un posible “protagonista de Gorky”. Aquí, al visualizar al líder de la revolución como un personaje de una poderosa narrativa, Mariátegui lo eleva a la dimensión épica. Lenin de Mariátegui, tal como éste lo representa en el año 1923, ya habita fuera de la historia y mora en el campo del mito y de ejemplo.  De hecho en palabras de propio Mariátegui, (y cito): “la figura de Lenin está nimbada de leyenda, de mito y de fábula” (915). Aquí, me podría tomar todo un capítulo aparte para ligar esta declaración con la importancia de mito para la historia es estudiada por el propio Mariátegui a través de una creativa adaptación de las ideas de George Sorel para el contexto andino. Pero permítanme concluir aquí con la última tesis sobre la lectura mariategueana de Lenin.

Tesis cuarta. Mariátegui: la entrada a la modernidad requiere violencia.

Lenin de Mariátegui, a pesar del aura mítica que lo rodea: “es un hombre terso, sencillo, cristalino, actual, moderno.” (915); “No es un ideólogo sino un realizador… [y por eso] Lenin es el caudillo de la Tercera Internacional” (916). Mariátegui sabe de Lenin tan solo a través de lo que él llama la prensa burguesa—por ejemplo, del libro de G.H. Wells “Rusia entre las sombras”. Lo que le fascina en esta leyenda de hombre es su capacidad para la acción. El título de “caudillo” es clave para entender como Mariátegui ve el papel de Lenin en la Revolución. Caudillo implica la capacidad de mover las masas para un fin específico: para inspirarlas a la insurrección, al asalto violento al poder establecido.

            En otro texto mariateguiano de la misma época vemos la reiterada admiración por Lenin como caudillo, y, centralmente, como un modelo para ser imitado en otras sociedades de la periferia. Un artículo titulado “El mensaje del Oriente”, en La escena contemporánea (Lima, 1925) discute la política de Gandhi en la India. Mariátegui critica al líder pacifista con estas palabras: “Lenin habría trabajado por aprovechar la guerra y sus consecuencias para liberar a la India y no habría detenido, en ningún caso, a los hindúes en el camino a la insurrección” (1009), y después concluye este artículo con una declaración rotunda: “La revolución no se hace, desgraciadamente, con ayunos” (1010).

            Aquí escuchamos la voz del pensador peruano como aleccionando a Gandhi por haber perdido la oportunidad de asalto al poder. Notemos, además, que al hablar de la acción y de la violencia, el intelectual peruano ya habla solo de Lenin y no menciona a Gorki, quien siempre se ha opuesto a la violencia. Lenin, por otro lado, emerge como el líder visionario quien no se detiene frente a la necesidad de usar la violencia, y un modelo a seguir por los socialistas en el Perú.

Conclusión.

Para resumir, observemos que la imagen de Rusia y de la Revolución Rusa, en los textos aquí estudiados, es un tanto estática y tiene cierta dimensión utópica, adoptada en su funcionalidad al discurso indigenista. Queda ilustrada también la funcionalidad discursiva, a la vez que imprecisión metodológica, en la práctica de entender a Rusia mediante la personificación a través de los personajes como un Lenin o un Gorki. La condición de posibilidad de tal uso de estos eventos históricos fue una apreciación un selectiva de la realidad histórica rusa frente a la cual trabajaba tanto Mariátegui en los años 20-30, como Arguedas desde la década de los 30 hasta la década de los 60. Trayendo estas observaciones al nuestro presente, cabe observar que el interés por la Revolución Rusa en América Latina no cesa, y queda evidenciado por una plétora de eventos que tuvieron lugar a lo largo del año 2017 con el motivo del Centenario de la Revolución. Unos eventos culturales en México  (https://videosenglish.telesurtv.net/video/688100/the-soviet-union-in-mexico/) o el Encuentro Internacional en La Paz, Bolivia, patrocinado por la Vicepresidencia del Estado (https://revolucionrusa.bo/ ), ponen en evidencia la relevancia de este evento histórico para los países latinoamericanos.


¹Irina Alexandra Feldman. Middlebury College, Department of Spanish & Portuguese. (Vermont, Estados Unidos)

© Una versión previa de este texto ha sido publicada en la compilación de los materiales de la conferencia  “La imagología de la Revolución de Octubre en Mariátegui y Arguedas”. In Россия и Ибероамерика в глобализирующемся мире: история и современность. Saint Petersburg, Russia. September, 2014, pp.163-169.

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