La imagen de la Revolución de Octubre: Anticomunismo en España

Por Manuelle Peloille¹.

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Frente republicano en la Guerra Civil española (1936-1939).

La permanencia del discurso anticomunista.

Al principio de esta labor de investigación en proceso está la impresión de ver repetirse los argumentos y tesis del discurso anticomunista de los años veinte, tanto en Francia como en España. Dicho de forma más directa, este discurso que se amplifica después de los informes Kruschev y Suslov de los cincuenta y se suelta del todo con la caída del muro de Berlín de 1989 ya estaba configurado desde la misma Revolución y posterior institución de la URSS, si nos atenemos al análisis de fuentes tan diversas como artículos de prensa, ensayos, carteles y relatos de viaje a la URSS. Más aún, los primeros ensayos orientados hacia la socialización de los medios de producción y de la riqueza a lo largo del siglo XIX se vieron tachados con una visión despectiva y profecías de muerte, siempre contradichas por los renovados movimientos populares. Dentro del marco de esta presentación, me limitaré a estudiar el discurso anticomunista en el punto de partida, en el transcurso de los años 1917 a 1936.

Aludiendo al reciente derrumbe de la Unión soviética en el año 1991, el director de una
fábrica del norte de Francia le espetó al delegado sindical estas cuatro palabras: «Se acabó el juego ». La partida había terminado por desaparición de uno de los jugadores. Podrían resumir el alcance histórico de lo que durante más de siete decenios fue foro de unos, espantajo de otros, pero punto de referencia de la historia del siglo XX: el comunismo. Al principio denominado bolchevismo, fue punto de referencia, o mejor dicho, polo con carácter hegemónico, en el sentido en que representó un terreno en el cual tenían que situarse todas las componentes del abanico político, estuvieran en pro o en contra. Tal planteamiento vale para la España desde fines de la Restauración hasta la Guerra Civil.

El alcance histórico de la Revolución rusa, es decir el cambio del conjunto de una sociedad a partir de sus fundamentos, tarda unos años en valorarse, tanto entre los
simpatizantes como entre los enemigos. En un primer tiempo, éstos prefieren entonces la
respuesta violenta, combinada con concesiones sociales como la jornada de 8 horas en 1920 tras la larga huelga de La Canadiense. Entre 1917 y 1922, España observa a Rusia dudando, con alegría o temor según, de la estabilidad de la Revolución. En 1922 se da un cambio: los bolcheviques salieron victoriosos de los blancos y del bloqueo aliado y se crea la URSS; en España el movimiento obrero español cae unos meses antes del pronunciamiento militar, por la represión y sus divisiones internas. Es entonces cuando el discurso anticomunista de la derecha se va elaborando de cara a una lucha larga, percibiendo la necesidad de unir al combate físico nuevos cauces de captación de las aspiraciones populares.

El discurso anticomunista, como crítica abierta al socialismo ruso en su conjunto, en sus
bases o en un aspecto concreto, es con la adhesión de las masas una muestra de este lugar hegemónico que ocupa en el mundo y en España. Cualesquiera que sean las fuentes, podemos comprobar cómo el anticomunismo pondera de manera negativa el alcance histórico de la Revolución soviética: entonces, nada de servil admiración.

El anticomunismo procede de dos tradiciones opuestas. La más clara corresponde al tratamiento católico de la cuestión social que se expresaban en ABC o en El Debate y a la incipiente corriente fascista que aparece a principios de los treinta en la publicación La Conquista del Estado. La otra tradición procede del modelo de las Luces y Revolución francesas, y está presente entre los republicanos y socialistas cuyos medios de comunicación privilegiados son La Libertad y El Sol. Por muy dispares que sean estas tradiciones, con la correspondiente diferencia de juicios sobre el comunismo, también coinciden en algunos blancos. El conjunto de las opiniones y juicios anticomunistas configura una visión histórica del comunismo, que se fija desde los años veinte y casi no cambia hasta el derrumbe de la URSS a principios de los años noventa del siglo XX. Para cada parte hemos procurado abstraer lo común en el anticomunismo de las diferentes componentes sin detenernos en variantes.

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España años 50′. Fotografía de Carlos Saura.

El anticomunismo desde planteamientos católicos o fascistas

El anticomunismo de derechas tiene dos formas: una orientada hacia la acción, que se concreta en la persecución física de los comunistas o simpatizantes y en la coordinación de fuerzas a nivel nacional y mundial como la organización ginebrina Entente internationale contre la Troisième Internationale de Théodore Aubert. Lo que hoy nos ocupa es la segunda forma de este anticomunismo, vinculada a la primera, la forma ideológica. Vinculada porque primero la respuesta violenta a los intentos socialistas no pueden valer a medio y largo plazo, así que necesita legitimación en el pensamiento. Segundo porque la forma práctica puede canalizar y aprovechar el pensamiento orientado hacia la elusión del nodo de la cuestión social.

Entre católicos (de hecho divididos) y fascistas cabe recordar contradicciones que cobrarán todo su significado a principios del franquismo, cuando Falange e Iglesia luchen por el control de la sociedad. Pero los ponemos juntos porque sobre el tema del comunismo tienen un punto común fundamental. Ambos quieren evitar que las luchas sociales cobren forma política. Los dos pretenden encauzar las aspiraciones obreras, completando la lucha frontal, precediendo y siguiendo las pautas marcadas por la Encíclica De rerum novarum de 1891, que tras reconocer las desigualdades sociales reafirma el principio inamovible de la propiedad individual, proponiendo la recuperación de los gremios. Evidentemente, el fascismo asocia a esta voluntad la componente de violencia, que la Iglesia rehúsa en sus planteamientos. El fascismo, asimismo, es más reciente, mientras que los católicos echan mano de una tradición de catolicismo social desarrollada durante el siglo XIX.

Lo que ante todo se ofrece al lector de las columnas del ABC o de El Debate, pobladas por escritos de firmas en parte olvidadas (Álvaro Alcalá-Galiano, Ángel Herrera, Manuel Graña, Salvador Minguijón 4) es un par de motivos despectivos utilizados para caracterizar el comunismo: la enfermedad (con la larga lista de palabras que no cabe enumerar aquí: morbo, enfermedad, profilaxis, antídoto) y la destrucción (ruina, caos…). Estos motivos no son de uso exclusivo de los autores adscritos a la derecha ya en los años veinte. Conforme se va desmoronando el comunismo durante el siglo XX, a partir de la muerte de Stalin, se extienden a amplias capas de la opinión, saliendo del estrecho medio de la derecha tradicional y extrema.

Aparentemente, estos motivos, que aparecen de manera repetitiva, no tienen más interés
que la iteración de una idea negativa del enemigo. Pero su otra función es apoyar un ataque al nodo del problema. Lo que está en juego aparece a las claras: el anticomunismo se impone porque es destrucción de un régimen de propiedad, del capitalismo, del orden social derivado de éste. Aparece pues claramente bajo las plumas del significado histórico del comunismo. Al cambiar las bases de una sociedad, la cambia en su conjunto. No afectan tanto a los editorialistas de El Debate las conquistas sociales de los sindicatos como la reducción de jornada o los incipientes seguros adoptados a partir de 1900. En cuanto al motivo de la enfermedad, también apoya el desarrollo de estrategias de lucha indirecta para encauzar a las aspiraciones populares. Tomemos como ilustración los planteamientos de un Salvador Minguijón, a quien destacamos por analizar de manera distanciada y objetiva a la postura contraria:

«Fuerzas proletarias, que se gastaban en una lucha estéril y perturbadora, contra el orden social, pueden cambiar sus objetivos y emplear en la consecución de aspiraciones sensatas energías que antes se ofrendaba a la quimera de utopías disolventes».

En los artículos que Ramiro Ledesma Ramos escribe en su revista La conquista del Estado a partir de 1931, también está presente esta voluntad de encauzar el movimiento social. Pero a la postura católica se añade durante los primeros meses de la República un intento de captación de las ansias populares en nombre de la juventud y del revolución, puesto en primer plano. Detrás de aquello se esconde la defensa de la continuidad nacional española. Después, al fracasar este intento, la promoción de lo nacional como elemento federativo de las clases sale en primer término, en su lucha contra el comunismo, palabra usada como arma arrojadiza contra todo lo que huela a nuevo reparto:

«Frente al comunismo, con su carga de razones y de eficacias, colocamos una idea nacional, que él no acepta, y que representa para nosotros el origen de toda empresa humana de rango airoso. […] Frente al comunismo no hay sino una fidelidad de cada gran pueblo a sus destinos. […] Frente a la empresa comunista cabe la empresa nacional. El hundir las uñas en el palpitar más hondo. El sentirse llamado a la genial elaboración de elaborar humanidad plena».

La observación de las corrientes anticomunistas durante los años veinte permite al historiador o al curioso ver a la vez las conexiones entre las que compondrán la base del franquismo, y al mismo tiempo distinguirlas.

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España años 50′ “La caza”. Fotografía de Carlos Saura.

Conclusiones

Durante los años veinte, se van inaugurando dos tradiciones de anticomunismo: la liberal que toma como referencia la Revolución francesa y la católica o fascista que sale por un régimen social determinado. Más que inaugurar, continúan la tradición de antisocialismo del siglo XIX, con el mismo ideario y los mismos motivos, bien en nombre del liberalismo ideal, bien en nombre del control y mantenimiento de la hegemonía social.

Con fines de lucha, resulta que en los años veinte la derecha anticomunista toma muy
pronto la medida del intento soviético, al revés de los liberales que siguen anclados en un modelo desligado de las condiciones sociales de su tiempo. Para los primeros el anticomunismo es arma de combate directo e indirecto capaz de aglutinar en torno suyo a amplias capas de la sociedad, y no solamente altas.
Los años veinte son fundamentales para entender la creación de un modelo español de atajo de todo lo que huela a socialismo, modelo cuya plasmación encontraremos durante el decenio de los treinta, durante el cual asimismo se aglutinan en torno al polo ruso parte de los que diez años antes lo miraron con recelo. En el transcurso del siglo XX, los ataques en un primer tiempo circunscritos al ámbito de la derecha cunden hasta encontrarse en el pensamiento liberal del continente europeo, sobre todo una vez que el prestigio ruso heredado de su papel en la segunda guerra mundial empieza a decaer.


¹ Manuelle Peloille. Profesor de Estudios Hispánicos en la Universidad de Angers (Francia).

©Este texto es una versión corregida de « La imagen de la revolución rusa en España: amplificación y permanencias, años 20-años 90 del siglo xx », in Nuevos caminos del hispanismo, Actas del XVI e Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, julio 2007, 2010, vol. 2, p. 314-320. [CD-ROM]

 

 

 

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