El Racismo y las Instituciones Europeas

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Por Pablo Alías¹.

Según Michael Banton (International Action Against Racial Discrimination, 1996), la noción de racismo que ha dominado prevalentemente en el mundo occidental es la del “delito”: el concepto de que la discriminación racial tanto en el hecho como en la formalidad legislativa no son más que justificaciones de una cierta patología consustancial a la diferencia sociocultural (y jamás podrá resolverse), que puede ser esgrimida acusatoriamente como ideología lesiva o, a la contra, como derecho frente a un hecho lesivo (que la “mezcla racial” en sí). En Europa hemos vivido ambas manifestaciones ideológicas en tiempos recientes, muy recientes. Tanto, que el racismo no ha dejado de formar parte de las principales políticas sociales de los países que componen la Unión Europea; de hecho todos tienen preceptos legislativos que condenan la marginación por motivos raciales, en respuesta, dicho sea de paso, a la organización de estos sectores sociales mayoritariamente inmigrantes en la UE y que adoptan una postura comunitaria, en la que prevalece el derecho a ser tratado como un igual.

La Unión Europea, aún a día de hoy, abandera los valores ilustrados como causa y medio de su ser, en su lucha contra el tradicional supremacismo blanco, también de raíces ilustradas. Sin embargo, la aplicación de políticas antiracistas ha tenido una connotación más utilitaria, menos poética; partidos y organizaciones de todo género se han proveído del mal llamado multiculturalismo como argumento de peso a favor del derecho individual, santo y seña del liberalismo. Particularmente se ha centrado en definir el racismo como un signo delictivo, de motivaciones personales y por tanto de condenas individualizables; evitando la cuestión de fondo, el pozo desde el cual emergen esos retazos de violencia. No olvidemos que el acto de la discriminación racial no es más que el signo visible de algo más amplio, como puede ser la propaganda gubernamental contra la amenaza terrorista o los índices de empleabilidad de mano de obra extranjera.

La diferencia estriba en que a la violencia subjetiva, a la de individuo contra individuo, se le puede aplicar un protocolo legalista que reduzca, digamos, su impacto en el orden social. Mientras que a la segunda categoría, la del racismo como fenómeno político, se la somete a un interrogatorio en el cual resulta políticamente incorrecto aceptar que el racismo aún se protege institucionalmente. Esta especie de modernidad líquida, en la que los grandes valores se pierden y cada cual debe encontrar sus certezas entre mareas mediáticas y sobreinformación, ha copado de alguna manera la posibilidad de reseñar
las obviedades.

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Vivimos tiempos de estrés ideológico. La forma en que la Unión Europea como constructo liberal se ha valido de la multiculturalidad para afianzar la diferencia de clases sociales ha sido lo que denominamos “post-política”, es decir: el uso del experto, del individuo especialista fuera de toda ideología y, por tanto, “por encima de la política”. Es así como, retrocediendo en el texto, los países líderes de la UE han configurado una política migratoria que regula los perfiles inmigrantes a la vez que los barnizan con una serie de perfiles típicos del extranjero oriental, sudamericano, asiático, etc. A cambio, la consideración delictiva de la discriminación racial reviste ese aura de “radical moderación”, como expresó Blair. No obstante, esa radical moderación, esa post-política especialista, esa actitud legalista y calculadora que configura políticas sociales de integración étnica en el seno de las grandes capitales y que argumenta cuándo se puede y cómo se puede resulta, paradójicamente, ser la misma posición ideológica que justifica el genocidio en diferido de la política fronteriza y la falta de asilo político.

“(…) esa radical moderación
(…) resulta, paradójicamente, ser la
misma posición ideológica que
justifica el genocidio en diferido de
la política fronteriza y la falta de
asilo político.”

Quizás la clave para comprender el endurecimiento de estas políticas relacionadas con la xenofobia en general en los últimos años de la UE la tenga Noam Chomsky guardada en su noción de “consenso fabricado”. Hay una fuerte tendencia a relacionar el crecimiento de la extrema derecha con el auge, por otro lado, de las manifestaciones racistas. Creo,
personalmente, que es un gran error. Los fenómenos proto-fascistas que observamos (desde los comedores sociales nacionalistas a las grandes candidaturas presidenciales con promesas de purga racial) son la consecuencia de una ruptura anterior de esa máquina de generar consenso que es la democracia liberal. Los fascistas no han vuelto: ya estaban ahí, y es responsabilidad del “radical centre” socialdemócrata (aunque también de la izquierda marxista) haber fracasado al tomar el control.

El protofascismo de nuestros días se nutre de una xenofobia, de un racismo institucional, que es previo a la ultraderecha, y que está íntimamente conectado a la degradación de la calidad de vida de la clase trabajadora europea y, por encima de todo, a la falta de expectativas y al trato vejatorio mediático que de la propia Europa se hace. El racismo es una manifiesta falta de confianza, es una pulsión de muerte freudiana que surge de las
entrañas de un proyecto corrupto. El por qué el discurso racista y la actitud beligerante está aumentando es porque la post-política ya no tiene qué negociar con el pueblo, porque ahora se manejan con y contra términos ideológicos (guerra entre culturas, terrorismo islamista, amenaza rusa, separatismo o eslóganes como “Make America Great Again”, “Et Maintenant la France” o “Grenzen Sichern!”) en los que directamente no tienen cabida, por su histórica negación de posicionamiento ideológico.

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Impera la llamada “archi-política”, una suerte de militarización ideológica de la sociedad. El “radical centre” ha fracasado en su construcción de la multiculturalidad, porque ha utilizado la noción del Otro como excusa para legitimar sus legalismos, su plan de coexistencia. Pero frente a una movilización ideologizada como es la ultraderecha y su Otro definido, extraño y extranjero, apenas existen soluciones excepto la oposición, desde la izquierda, de otro programa claro y sin temores de resultar políticamente atrevido. En este instante la naturaleza democrática y por tanto el potencial racista de las potencias europeas está en manos de partidos que, a través del victimismo de clase media, son capaces de utilizar y validar lo que el sentido común post-político ha denominado típicamente delictivo, y hacerlo mediante las instituciones y la policía.


¹ Pablo Alías. Historia, Universidad de Cádiz (UCA), cooperativista en la Editorial Atrapasueños y director de la Gaceta de los Miserables.

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