África y el yugo francés

Por Mario Guillamó¹.

Francia se ha erigido guardián de sus excolonias. En una mezcla entre pragmatismo y neocolonialismo, París protege sus intereses políticos y económicos al mismo tiempo que rescata parte de su identidad perdida y se hace con un “patio trasero” en el que cabe considerarse hegemónico, algo que pocos países pueden afirmar en la actualidad. En eso se basa precisamente la idea de la Francáfrica.

Aunque desde París se promulgase con la IV República de 1946 una Constitución que parecía igualar el estatus político de las colonias respecto al de la metrópoli bajo el paraguas de la Unión Francesa, lo cierto es que muchas disposiciones o no se cumplieron o fueron retrasadas a propósito por parte de la administración colonial gala. En buena medida, la guerra de independencia argelina y la revuelta camerunesa de 1955 estuvieron motivadas por los incumplimientos metropolitanos.

Así, este proyecto francés, lejos de calmar las reivindicaciones coloniales, estimuló todavía más el independentismo africano. El rediseño del sistema político francés propulsado por De Gaulle hacia un presidencialismo fuerte dotó al país de una estabilidad que dura hasta la actualidad. En la política para con África, el nuevo presidente propuso un sistema colonial aparentemente abierto pero con un camino político muy marcado. Así nacía en 1958 la Comunidad Francesa, una confederación en la que, antes de integrarse, los territorios africanos pudieron votar su entrada.

 

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El Precio de la Libertad

Trece estados (Camerún, Senegal, Togo, Benín, Níger, Burkina Faso, Costa de Marfil, Chad, República Centroafricana, República del Congo, Malí y Mauritania) nacieron así en el África subsahariana.

Entre las condiciones impuestas por De Gaulle figuraban el acuartelamiento de tropas francesas en algunos de los nuevos países independientes; heredar las deudas de la época colonial y la aceptación de dos divisas regionales, una para los estados del África
occidental y otra para los países de África central, controladas respectivamente por bancos centrales regionales en los que Francia tendría poder de veto. En la teoría, esos nuevos estados eran independientes, aunque desde París se controlaba buena parte de la
política monetaria y militarmente seguían dependiendo de las tropas francesas. Se inauguraba así un escenario postcolonial en el que, paradójicamente, las relaciones serían semicoloniales.

Negocios forzados

Las antiguas colonias de París absorben un 5% de las exportaciones francesas, a la vez que compañías galas en el continente africano extraen las materias primas que se envían posteriormente a Europa. Y eso sin contar con los casi 300.000 nacionales franceses que
viven repartidos por las varias decenas de territorios francófonos. Metales en la República Centroafricana; petróleo en Gabón, algodón y oro maliense y uranio nigeriano son algunos de los réditos económicos que Francia obtiene por la presencia de sus empresas en África. En este escenario, clave en la seguridad energética gala es la situación en Níger, donde la francesa Areva extrae entre un tercio y un 40% del uranio que utilizan las centrales nucleares francesas para producir dos tercios de la electricidad que consume el país.

Por tanto, la ecuación es clara: una desestabilización de Níger puede suponer un serio reto para el suministro eléctrico en Francia. Por eso, Francia controla el territorio a través de los bancos. Con la independencia se crearon en el África francesa dos regiones monetarias, una en torno al Franco CFA del África Occidental y otra alrededor del Franco CFA del África Central, cada una dirigida por un banco central independiente. A pesar de las similitudes nominales, en la práctica eran y son dos uniones monetarias completamente diferenciadas, aunque en sus relaciones para con Francia los parámetros son idénticos.

La Re-colonización

Algunos expertos afirman que un repliegue sería un shock identitario para Francia y un motivo más de expansión de la ultraderecha de Le Pen. La necesidad de este saqueo a Francia se ha acentuado aún más en el periodo de crisis económica y las amenazas de los acuerdos transnacionales (CETA-TTIP).

De esta forma, el régimen francés sigue excusándose en su forma de esclavizar el continente africano, por miedo a que la ultraderecha francesa les eche en cara la retirada. Es más, el propio mantenimiento de esta política exterior se encuentra dentro del ideario fascista y rompe todas las posibilidades de desarrollo de los países africanos. Si para que exista una Europa a la altura de un Occidente omnipotente y competitivo frente a Estados Unidos o el gigante asiático, tiene que mantenerse el yugo esclavista en
África, Sudamérica o el sudeste asiático, esta Europa aún se encuentra en las cavernas de lo humano..


¹ Mario Guillamó. Ciencias Políticas, Universidad Pablo de Olavide (UPO) y director de Comunicación Política de la Gaceta de los Miserables.

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